El Hedonista El original y único desde 2011

“Si te encuentras solo cuando estas solo, estas en mala compañía.”. Jean Paul Sartre

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El Hedonista se la juega

Una buena mano en el Casino de Montecarlo

Nuestro protagonista apuesta y gana una partida imprevista, la de la seducción.

Coches, juego, lujo y una mujer embutida en un vestido en el que no cabe ni un suspiro. Nuestro protagonista apuesta y gana una partida imprevista, la de la seducción.

(*)RAFAEL DE ROJAS es periodista y escritor. twitter.com/rafaviajar.
El autor de las ilustraciones es JAIME COMPAIRÉ, pintor, escritor, compositor y guionista.

A veces todo se basa en hacer una buena entrada. Abro las puertas del Casino y abandono el estupendo día con el Mónaco me ha dado la bienvenida. Un día para ascender a los cielos. Es el día de la confusión, el humo y la velocidad, el día que comienza el Gran Premio de Mónaco. Aunque las pistas están vacías, los fantasmas fugaces de los bólidos de Hill, Senna y Prost pasan bajo la terraza en la que apuro el segundo kir royal. Dedico un último vistazo al Osca Maserati MT-4 que ganó la carrera de 1951 y que ahora me espera para que lo pilote en la de mañana.

“Este día no puede ser más que un día de suerte”, pienso a la entrada de la Salle Blanche del Casino. Saludo con una reverencia a las extravagantes figuras modernistas de Paul Jean Gervais, mi ritual de jugador, una de mis pocas supersticiones. Gervais y su decadentismo me han consolado algunas de esas frías madrugadas de Montecarlo en las que el croupier te explica con un único movimiento de ceja que no se puede ganar siempre.

Has desechado una buena jugada– me susurran al oído.

Esperando distraído la mano que me meta en la partida a lo grande, he cometido la torpeza imperdonable de no advertir a la socarrona voyeur que se inclina sobre mí como un felino a punto de jugar con un ovillo. No sabría decir si su oscuro Balenciaga largo, en el que no cabe ya ni un suspiro, ejerce de agujero negro sólo para mis ojos o está convirtiéndose en una distracción para toda la sala.

No acostumbro a jugar con mis cartas –le respondo-. Esa es la manera más rápida de perder. Lo que me preocupaba era su trío de jotas– y señalo a mi oponente más potente, un príncipe italiano con una pajarita malva que destaca como un letrero luminoso. Cambia por primera vez de gesto y casi parece humano cuando me dedica la mirada de encono de un trilero que se ve descubierto. Ahora cuento con su rencor, un sentimiento de los que ayudan a perder partidas.

He dejado al descubierto demasiado pronto que no sé jugar– insiste ella, mordiéndose el labio. Le miro a los ojos y me parece adivinar la mano que tiene y cuánto está dispuesta a apostar. Me fijo también en el italiano que, como yo, ha iniciado una caza en la que todavía no está decidido quién será el ratón y quién el gato. Me esperan horas de asedio y bombardeo en esta mesa, un montón de escaramuzas de las que salir magullado. El collar de Chopard de la desconocida me tintinea al oído y me susurra “sí, divertido, pero no tanto como esto”. Y suena convincente.

Hubiera apostado las fichas que me quedan a que era lo contrario, a que te cuesta parar de jugar -le contesto ralentizando cada sílaba. Me levanto para ponerme a su altura e igualar la jugada-. No se me ocurre un plan mejor que intercambiar trucos de tahúr.

No vas a encontrarme las trampas, no sé dónde podría llevarlas -me señala su vestido, su espalda al aire, la cola que se entremezcla con sus zapatos.

Ésa es una forma de jugar que no está mal, un farol inverso -la observo con una fugaz mirada de abajo a arriba-. A mí me parece que eres un campo de minas.

Recojo las llaves del Osca, la tarjeta del Hotel de París y le hablo de mi mesa preferida en el Louis XV. Nos basta una mirada para saber que tenemos ya todas las fichas que queríamos. Me despido de la mesa y saludo con una inclinación de cabeza al italiano. Es el “nos volveremos a ver” de dos pistoleros que se reconocen y saben que se cruzarán de nuevo, porque el tablero no es tan grande. Veo en sus ojos que entiende, que hay noches en las que la mano que estabas esperando te saca de la partida.

MONTECARLO POR DENTRO

El Gran Premio de Mónaco arranca en mayo coincidiendo con el Día de la Ascensión. El recorrido oficial pasa por el Casino de Montecarlo desde donde también se pueden observar los mejores coches de carreras históricos del mundo, que participan en la carrera bianual de exhibición Grand Prix Historique Monaco. El kir royal es un cóctel de aperitivo de origen francés que mezcla crema de cassis y champagne. costura internacional, como los vestidos de Balenciaga, reinan en los escaparates del Círculo de Oro.

Chopard tiene un espacio junto al Casino, no muy lejos de los de Bulgari y Cartier. El opulento restaurante Louis XV, de Alain Ducasse, sitúa sus tres estrellas Michelin en la misma plaza del Casino, en el Hotel de París. Cuenta con la carta de vinos más extensa del mundo, con más de 250.000 referencias y un precio a la carta que ronda los 200 euros.
El Hotel de París, decorado con mármol, grandes alfombras y cortinajes clásicos es el más lujosamente clásico del Principado. El precio de sus suites ronda los 2.000 euros por noche.

LA FRAGANCIA

Davidoff. The Game. Una fragancia que entra en juego con todas sus armas de seducción, La principal, un acorde único de gin fizz a base de bayas de enebro, que evoluciona a una nota de corazón en la que destaca el lirio y las maderas preciosas, y termina con un fondo de intenso de ébano. Sensual, refinada y vibrante.

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