El Hedonista El original y único desde 2011

“Si te encuentras solo cuando estas solo, estas en mala compañía.”. Jean Paul Sartre

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El Hedonista se la juega

Una joroba en el puerto de Macao

La vida de Alex se mueve entre el deseo de fortuna y la atracción por los problemas.

Salir en busca de suerte y acabar en ropa interior. La vida de Alex se mueve entre el deseo de fortuna y la atracción por los problemas.

(*)RAFAEL DE ROJAS es periodista y escritor. twitter.com/rafaviajar.
El autor de las ilustraciones es JAIME COMPAIRÉ, pintor, escritor, compositor y guionista.

Me vais a permitir que os cuente una triste historia en lo que me termino esta magdalena de avión, tan rancia que no sé si podría perjudicarme más si me la como o si me cae en la cabeza. Es el relato de mi última visita a Macao, en la que terminé, literalmente, en calzoncillos. Había llegado en plena temporada de lluvias porque tenía prisa por conocer la mayor ciudad consagrada al juego, la que quintuplica a Las Vegas con sus 33 casinos. Llegaba con hambre de jugador y curiosidad por entrar en una de las partidas millonarias de Macao. Nada más llegar, bajé al puerto y lo primero que vi fue un dromedario. Lo estaban bajando de un carguero y estaba destinado a ser la atracción de alguna fiesta temática de casino. Por supuesto, os lo he contado, yo no soy supersticioso. Únicamente tengo algunos inocuos rituales de jugador. Y quién no. Así que la joroba de aquel animal apeló enseguida a mi, llamémoslo así, razonamiento ritual. No la podía dejar escapar.

Cuando estuve a su altura, a punto de rozar con los dedos su espalda, el camello y yo nos detuvimos ante la misma visión. Una oriental recién salida de la adolescencia, con rasgos ampliamente matizados por su sangre portuguesa. Se reconocía a simple vista que era una “macaense”. Con la falda levantada mostraba al completo una de sus piernas mientras se frotaba el pie con arcilla. Recuerdo que pensé, mientras el dromedario se alejaba que, a su manera, aquello era un cuadro de Romero de Torres. Intuí que la combinación de un ritual fallido y de una mujer como aquella no podían traer nada bueno.

Mi mirada poco inocente la asustó y con movimientos de cervatillo se deshizo de parte del barro de sus pies y se dispuso a correr. Vi que de entre los pliegues de la falda se le caía un enorme sobre y quise detenerla. Corrí hacia ella, tomé el sobre y lo encontré lleno de dinero, mucho dinero. Pensé que la chica se estaba metiendo en un lío, no en uno cualquiera, sino uno de los que acababan mal. Traté de detenerla. Eché a correr y, cuando ella se subió en una moto, no tuve más remedio que tomar un taxi y seguirla. Mi taxista, un tipo nervioso que escuchaba a Wagner a todo trapo, se tomaba el tráfico con calma y la perdimos. Pero en la calle en la que desapareció estaba el canódromo de Macao, un circuito en el que se apostaba con tanta fiereza como en las mesas de las partidas VIP del Wynn. La chica, el fajo de dinero y mis futuros problemas pertenecían a este sitio, sin duda.

Cuando entré, ella tomaba una cocacola con pajita en uno de los palcos más encopetados del lugar. Me acerqué con el sobre en la mano y mi mejor cara de samaritano. Fue verme y empezó a gritar con unos meritorios agudos. Pedía auxilio convincentemente. Particularmente, a un tipo que combinaba traje oscuro y camisa negra, que le hizo una señal a un tipo patibulario. En un segundo, el sansón chino reunió a un comité de linchamiento de media docena de vigoréxicos. Salté las vallas y corrí en línea recta sin apenas pensármelo, ejecutando un parkour de canódromo bastante decente. Corrí sin descanso hasta alcanzar la salida y, en cuanto doblé la primera esquina me metí de cabeza en un contenedor. En la tintorería del Sofitel me iban a odiar.

Pasó un rato largo antes de que asomara la cabeza. Lo primero que vi fue a mi amiga subiéndose de nuevo a la moto. Por pura cabezonería, por constatar que las malas ideas tiran unas de otras, como las cerezas, decidí parar un taxi y seguirla. Cuando abrí la puerta del vehículo, la cabalgata de las Walkirias estaba en su punto álgido. Empecé a esbozar una teoría sobre que las más grandes casualidades que te suceden a lo largo del día casi siempre se alían contra ti. Pero no la terminé porque antes de entrar del todo en el taxi sentí un plomizo golpe en la cabeza y un veloz fundido en negro.

No sé cuánto tardé en despertar, pero cuando lo hice estaba en un camarote de barco, posiblemente un carguero. Desde luego, aquello no era la suite de un crucero. Ya no tenía el sobre ni ninguna ropa excepto la interior. Tan dolorido en la base del cráneo como en mi amor propio, me asomé por la escotilla. Comprobé, mientras nos alejábamos de Macao que, efectivamente, los megalómanos administradores del juego, los muy faraónicos, habían instalado una reproducción bastante decente de una barriada holandesa en su puerto pesquero.

MACAO DESDE DENTRO

Macao es una anomalía política y arquitectónica. Lleva siendo china sólo algo más de una década tras 450 años de dominación colonial portuguesa. Cuenta con un régimen especial que todavía durará otros 40 años y que la convierte en la única ciudad del país en la que está permitido el juego. La cultura y la arquitectura combinan la influencia lusa, la tradición china y los servicios turísticos de nueva generación para la oleada de jugadores internacionales, en su mayoría asiáticos. Álex elige el Sofitel Macao at Ponte 16 con vistas al puerto pesquero por 100 euros la noche. El Venetian cuenta con 40 pisos, 7 resorts y el casino con la mayor superficie del mundo. Una habitación ahí ronda los 200 euros. Por su parte, el muy popular canódromo urbano se sitúa en la zona norte, cerca de la antigua frontera con China, y se llena de apostadores los fines de semana. Las partidas VIP del Wynn Macao son probablemente las más potentes de entre las de todos los casinos del mundo y tienen fama de admitir fondos de dudosa procedencia. Hace un par de años las autoridades chinas empezaron un control que ha bajado un 7 por ciento las cantidades manejadas. El traje que no quiere que le estropeen y que termina por perder es un Kiton K-50, uno de los cincuenta trajes que hace cada año el sastre napolitano d’Orsi para clientes como George Clooney o nuestro protagonista. Cuestan 40.000 euros cada uno.

LA FRAGANCIA

Davidoff. The Game. Una fragancia que entra en juego con todas sus armas de seducción, La principal, un acorde único de gin fizz a base de bayas de enebro, que evoluciona a una nota de corazón en la que destaca el lirio y las maderas preciosas, y termina con un fondo de intenso de ébano. Sensual, refinada y vibrante.

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