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El país produce uno de los mejores chocolates del mundoBélgica, viaje al paraíso del chocolate

Nuevos maestros chocolateros como Pierre Marcolini o Dominique Persoone revolucionan la forma de consumir cacao.

Hablar de gastronomía en Bélgica es hablar de chocolate. El alimento más preciado del país y, según los belgas, el mejor del mundo en su categoría, es sin lugar a dudas una delicia que ningún goloso debería perderse. Neuhaus o Godiva son sus fabricantes más conocidos fuera, pero artesanos como Pierre Marcolini o Dominique Persoone, al frente de su The Chocolate Line, han revolucionado la forma tradicional de consumir cacaco. Hay quien llega aún más lejos, como la firma de cosmética L’antichambre con su perfume Le chocolat, o el restaurante de Brujas Het Zwaantje y su menú en el que el chocolate es el ingrediente principal de todos los platos.

Jean Neuhaus, un emigrante suizo, fue quien puso de moda el chocolate en Bélgica en 1857. Empezó a comercializarlo en la farmacia que poseía en las prestigiosas Galerías St. Hubert de Bruselas, desde donde despachaba también caramelos para endulzar el amargo sabor de los medicamentos. En 1912 su nieto Jean II creó el primer bombón relleno, bautizado como praliné, y no mucho después su esposa Louise Agostini diseñaría un embalaje de cartón llamado ballotín, la primera caja de bombones de la historia, para sustituir los incómodos cucuruchos de papel en que se servían al público hasta entonces. Neuhaus sigue conservando aquel viejo local de las Galerías St. Hubert, aunque con los años se ha convertido en una gran industria que tiene más de mil puntos de venta en cuarenta países.

Los belgas presumen de que su chocolate es el mejor del mundo porque se sigue elaborando artesanalmente utilizando exclusivamente manteca de cacao. En el año 2000 se aprobó una directiva europea que permitía a los fabricantes añadir un cinco por ciento de grasa vegetal no procedente de la semilla del cacao para disminuir los costes de producción. Sin embargo, son muchos los artesanos que siguen negándose a introducir otro tipo de grasas en su producto. Eso encarece sus chocolates pero también los eleva a la categoría de alimento gourmet o de lujo. Uno de estos chocolateros es Pierre Marcolini. Un kilo de chocolate en cualquiera de sus tiendas de Bruselas, Brujas o Amberes puede costar unos 200 euros, pero precisamente por eso Marcolini trata, expone y envasa sus bombones como si fueran joyas. Pierre Marcolini viaja todos los años a México, Madagascar, Brasil, Venezuela, Ecuador o Java en busca de los mejores cacaos. Y luego marca bajo cada uno de sus bombones la procedencia de la materia prima con que han sido elaborados. Sus ultimas locuras son los bombones Pastel, elaborados con frutas exóticas, o los macarons de tomate, queso y albahaca.

Viajero infatigable es también Dominique Persoone, dueño de The Chocolate Line. Su cuartel general en Amberes se ubica en un palacio del siglo XVII en el que, según dicen, durmieron Napoleón, el zar Alejandro I, Guillermo I o Leopoldo II, y en el que se puede visitar la cocina para contemplar como se elaboran artesanalmente sus magníficos chocolates. Persoone es un creador vanguardista que ha introducido en sus bombones ingredientes tan peculiares como el cilantro, la Coca Cola, los Peta Zetas, el wasabi, la cebolla frita, el sake, el bacon, la soja, el té verde, el chutney de tomate, el vinagre o las aceitunas. Pero, sin duda, lo más revolucionario que ha salido de su inquieta cabeza es el cacao para esnifar, que se comercializa con una pipa de metacrilato. Un reto, el de degustar el chocolate por la nariz en lugar de por la boca, al que también se ha sumado la firma de cosmética de Bruselas L’antichambre con su perfume unisex Le chocolat. Unas gotitas en el cuello nos convertirán en una enorme tableta de chocolate andante. Irresistible.

Y si tus ansias de chocolate no te permiten aguantar al postre, en Bélgica tienen soluciones para todos los gustos. En Brujas, a pocos minutos andando del centro, el restaurante Het Zwaantje (El cisne) ofrece un premiadísimo menú elaborado íntegramente con chocolate. De primero, foie fresco de oca al chocolate; después, filet Rossini con micuit y salsa de chocolate; y para terminar, un postre con diferentes texturas de chocolate. Cada plato se marida con un vino diferente, lo único de la cena que no lleva chocolate.

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Miguel de Santos

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