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Restaurantes

La Tasquita de Enfrente

Juanjo López se atrevió. Dejó su anterior vida y, aunque muchos dicen que no cocina, borda la oferta de su restaurante.

En la vida, hay tipos de personas. No vamos a realizar un profundo análisis, para nada; tan sólo diremos que algunos pueden tildarse de kamikazes y, en realidad, son los más sensatos. Probablemente, Juanjo López pertenezca a esta categoría. Tenía otra vida como directivo de seguros y un sinfín de tareas en las que era el número uno, pero hace 15 años, tomó el relevo del restaurante familiar. Y su fiel clientela le da la razón: fue una sensata decisión.

Conversando con él, no desvela un tono cabreado ni quejumbroso. Todo lo contrario, le importa más bien poco que algunos digan que no es cocinero ni sabe cocinar. Sea lo que sabe hacer, lo borda y su restaurante sigue siendo uno de los favoritos de crítica y público.

Como él, el establecimiento que ahora cumple 50 años, tiene carácter propio. No atiende a modas y sí al ecléctico gusto de su propietario. Hay infinidad de libros, las paredes están llenas de obras de arte, entre otras, porque lo son, esas dedicatorias del libro de visitas que hacen que las penas del día a día se olviden. Son palabras de satisfacción y agradecimiento. Y a nosotros, que nos quedamos con esas pequeñas cosas en las que quizá otros son reparan, nos gusta que en las mesas haya pequeñas lámparas. Porque a veces, las cenas, incluso rodeados de gente, merecen intimidad.

Juanjo López quizá no sepa cocinar pero lo que está claro es que no necesita experimentar. Con dos ó tres ingredientes, tiene más que suficiente. En su casa, se siguen comiendo las patatas bravas como las cocinaba su padre: con pimentón, cebolla, guindilla… Porque, dice, la cocina son recuerdos. Y con ellos hay que vivir. Si es en armonía, mejor.

En La Tasquita de Enfrente se degustan croquetas que no lo son porque parecen buñuelos; anchoas tan delicadas que apenas precisan un suave tartar de tomate y la compañía de un trocito de atún. Se come, cómo no, su mítica ensaladilla de bogavante, con pequeñas huevas de truchas y pan sardo, así como setas de temporada que precisan poco más.

Como postre, una panacotta con arrope, obra de Abraham Maciñeiras, un maitre atípico, y ante la cual, toca cerrar los ojos y disfrutar. Menos mal que Juanjo López no sabe cocinar… y que pertenece a la categoría de los kamikazes.

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