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Escapadas

De Santa Margherita a Portofino por la Riviera Italiana

Una escapada de cuatro días por la Riviera italiana debería estar en el 'haber' de todo viajero. Te contamos por qué y desvelamos algunos secretos.

La expresión ‘la dolce vita’ no tiene traducción exacta a ningún otro idioma. Porque en el arte de vivir placenteramente, gozando de la existencia de forma despreocupada y un punto indolente, disfrutando del lujo exquisito, sutil y refinado, ni los españoles, ni los británicos, ni muchísimo menos los alemanes o los rusos, les llegamos a los italianos a la suela del zapato. Por mucho que algunos lo intenten. El refinamiento se palpa muy especialmente en la Riviera Italiana, destino de vacaciones tradicional de la jet set, lleno de glamour ‘a la antigua’. Donde las villas se asoman al paisaje y a los acantilados entre centenarios pinos mediterráneos, cipreses, magnolios, palmeras y buganvillas. Sin intervenciones que agredan la vista y ofendan el gusto por lo bello. Evitando el temido ‘ferragosto’, la pequeña y coqueta Santa Margherita y el delicioso y exclusivo puerto de Portofino son, todavía hoy, el paradigma de la ‘dolce vita’.

Lo siento por los nuevo ricos: no es (sólo) cuestión de pasta. De pasta gansa, me refiero, que la pasta al dente sí que tiene mucho que ver con el elevado índice de felicidad y goce de los italianos. ¡Ahhhh……, la ‘finezza’!….. como mucho se hereda, pero no se compra. Y es que los italianos llevan muchos siglos practicando, rodeados de arte y de belleza, cultivando las buenas costumbres, en un perfecto equilibrio entre clasicismo y vanguardia, sofisticación y pura sencillez.

Santa Margherita nos gusta sobre todo a primera hora de la mañana, cuando en pleno mes de julio, aprovechando el fresquito, uno se sienta en una terraza en la calle a tomar el mejor cappuccino del mundo, rodeado de bullicio, sienas, ocres, terracotas y trampantojos. Después es obligatorio pasar por uno de los puestos de los aldeanos que bajan cada día a vender sus productos junto a la iglesia de Santa Margherita d’Antiochia, y elegir un par de ramilletes de rúcola recién cortada y primorosamente atada con una cuerdita, unos pomodorini, alguna fruta de temporada deliciosa con sabor a sol, y luego hacer cola en la panadería Panificio Fiordiponte, porque merece la pena esperar para comprar su exquisita focaccia. La trastienda de Fiordiponte no da abasto, especialmente los fines de semana. Para completar nuestro almuerzo, nada como dejarse tentar en la Salumeria Seghezzo, donde preparan el mejor pesto de toda la Liguria, y que acompaña a la pasta fresca de Da Renato, que él mismo confecciona delante de nuestros ojos. Y yo me pregunto: ¿por qué será tan difícil conseguir esto que parece tan simple?

En cuanto al shopping, se nos van los ojos tras las sandalias de Maliparmi, la ropa de Aspesi, los vaqueros Seven…. Esperamos a que la tienda de Billy Ballo ponga el cartel de ‘saldi’ para llevarnos todo a mitad de precio.

También en el tema playa, los italianos marcan la diferencia. Esto lo descubrí hace muchos años en el Lido, en Venecia, donde una caseta para toda la temporada estival te puede salir más cara que el alquiler de un apartamento en la Costa Brava. Eso sí, las italianas abandonan la playa repeinadas y planchadas como para ir de fiesta. Y es que todavía hay clases, hasta en la orilla del mar.

El poco espacio disponible al borde del agua está sembrado de tumbonas y parasoles, donde gracias al respeto y la amabilidad, y al orden que los italianos no suelen mostrar en otros contextos, no se produce ni un solo altercado, a pesar de que apenas unos pocos centímetros nos separan del vecino y el sol va desplazando nuestra sombra hacia su territorio. Si a esto añadimos que los italianos siempre quieren colocarse cara al sol, con el consiguiente y constante trasiego de tumbonas, es un auténtico milagro que a lo largo de la jornada nadie se grite, ni se insulte, ni se pase por encima.

Los horarios de comidas y cenas en Italia son sagrados, así que al atardecer, antes de las ocho, la playa cierra. Como suena.

Ha llegado el momento cumbre del día: un buen ‘gelato’ y la ‘passeggiata’. La ‘passeggiata’ es el arte de ir de paseo al atardecer, un rito social italiano en el que nos encanta participar. El paseo debe ser impepinablemente a paso lento, para disfrutar de las vistas y de la conversación, y es obligatorio ir bien arreglado, para que la gente que ya está sentada en las terrazas tomando el aperitivo pueda observar y cotillear a gusto. La ‘passeggiata’ es mucho más que un paseo, es cultura italiana en estado puro.

Santa Margherita y Portofino están unidos por una carretera de litoral, bordeada por un paseo peatonal y un caminito, que sale de la maravillosa calita de arena blanca de Paraggi, y serpentea por el bosque, permitiéndonos ir descubriendo magníficas villas, aguas turquesas y esmeraldas y lujuriosos jardines repletos de hortensias, glicinias y buganvillas fucsias, anaranjadas y moradas. Esta es nuestra caminata preferida al atardecer, que nos coloca en Portofino justo a la hora del aperitivo.

Portofino es el enclave de los mega-ricos, con los que es casi imposible toparse porque permanecen replegados en sus villas diseminadas por las colinas y saltan directamente a sus yates prácticamente sin pisar el suelo.

En Portofino no perdonamos el aperitivo con spritz, otra institución sagrada para los italianos del norte heredada del imperio austro-húngaro, elaborada a base de vino blanco Prosecco con Aperol o Campari, y una rodaja de naranja que le da el toque de color definitivo. Como con el ‘marianito’ en Bilbao, cada camarero tiene su propia receta particular. Aunque donde mejor lo sirven es en La Tortuga de Santa Margherita, tomarlo en la plaza junto al puerto de Portofino tiene un encanto especial.

Aunque sólo sea para mirar, hay que pasar por la tienda Tender en Portofino. Los maravillosos bolsos de Laura B (Laura está afincada en Barcelona), y cualquiera de sus blusas y camisetas son para morirse. Claro que nos quedamos con las ganas…..

Para cenar, tres must: en Santa Margherita, Skipper, sobre todo por su pesto original e inigualable, y sus mesas instaladas sobre la plataforma flotante. Y en Portofino, Ö Magazin por la pasta con moscardini (chopitos) o con frutti di mare y, por fin, nuestro máximo favorito, Puny, por los pappardelle de la casa con una salsa amorosa e insuperable de pesto con tomate. Puny, el dueño, es un personaje indescriptible. A pesar de ser comprensiblemente caro, cenaríamos todos los días en Puny. Indispensable reservar en verano.

Por último, un consejo: si de verdad queréis ser felices durante vuestra estancia en esta parte de la Riviera, olvidaos del coche, salvo si queréis visitar Le Cinque Terre o el interior: aquí todo mejor a pie, en motorino o, más exótico aún, a lomos de una auténtica Vespa-avispa, el Ape de Piaggio.

Y es que no nos equivoquemos: por mucho que uno sea ruso, hipermillonario, propietario de un megayate de más de 100 metros de eslora y de varias rubias kilométricas y despampanantes, la ‘dolce vita’ no es eso, exactamente. Mi dispiace………

2 respuestas a De Santa Margherita a Portofino por la Riviera Italiana

  1. Raquel Otero dijo:

    Gracias, Gabi! Me acabas de transportar de vuelta a Santa Margherita y a la ‘dolce vita’ con tus palabras.Y doy por hecho que los que no han estado nunca, acaban de incluirla en su lista de deseos. Un besazo. Raquel

  2. Maribel Vives dijo:

    Gabriela, que delicia, que apetecible, dolce vita, finezza, naturaleza, casas, cmida, tiendas, todos elegantes y discretos… Mil gracias.

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