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Escapadas

De Vigo a A Guarda pasando por BaionaRías Baixas (I)

Recorremos Vigo, su ría y la costa atlántica hasta la desembocadura del Miño.

Decían de México que era un país tan sumamente rico que ni siquiera el expolio de los conquistadores españoles era capaz de empobrecerlo. Algo parecido sucede con las Rías Baixas gallegas: su belleza es tal que ni siquiera los despropósitos arquitectónico-urbanísticos consiguen arruinar su encanto.

La guía Lonely Planet ha incluido Galicia en su lista de destinos europeos para 2017. Y entre sus maravillas destaca sus paisajes, su gastronomía y su cultura (gaita gallega incluida). Además del Camino de Santiago, evidentemente.

Que conste que nosotros ya teníamos previsto viajar a las Rías Baixas mucho antes de conocer el veredicto de la Lonely Planet. Ahora nos preocupa un poco que también este destino se ponga de moda, como ocurre con el vecino Portugal, y que las 700 playas (si, setecientas, sumando las Rías Baixas y las Rías Altas) acaben pareciéndose a Espalmador en agosto.

Tranquilidad. Que no cunda el pánico.

Si bien es cierto que en las Rías Baixas el marisco, el clima templado, el Albariño (con Cambados al frente como Ciudad Europea del Vino 2017), la simpatía de los gallegos, el ambientazo de Vigo, el encanto del casco antiguo peatonalizado de Pontevedra, los magníficos hórreos al borde del mar en Combarro, las playas kilométricas de arena blanca, las islas protegidas, los senderos entre viñedos, los pazos inundados de camelias, azaleas, magnolias y eucaliptos gigantes, los castros de los antiguos pobladores galaicos, un sinfín de iglesias y monasterios… despiertan nuestro deseo de viajar a las Rías Baixas, hay un fenómeno típicamente gallego que logrará mantener a raya a los nuevos invasores: el famoso feísmo. Este término acuñado, “el feísmo gallego”, tiene hasta una entrada en Wikipedia y cientos de artículos en internet.

Es posible que esta peculiaridad arquitectónico-urbanística ayude a que las Rías Baixas sigan manteniendo su marcada personalidad, a salvo de las hordas de turistas y los mega cruceros. Nos atreveríamos a decir que sin el feísmo gallego, la belleza del paisaje de las Rías Baixas sería incluso insultante. Aunque la verdad, ese casoplón dominando la colina, con torre medieval de cartón-piedra encaramada al tejado, sobraba…, lo mismo que el rascacielos en la Isla de Toralla, en la ría de Vigo.

Nuestra reciente visita a las Rías Baixas se ha centrado en su belleza y hemos descubierto tanta en tan poco tiempo que estamos francamente abrumados. Nuestro consejo: seccionar las Rías Baixas y descubrirlas por etapas. Darle al zoom de aumento en Google maps y trazar rutas cortas, dedicando varios días a recorrer la Ría de Vigo y la costa sur hasta la desembocadura del Miño en la frontera con Portugal, otros tantos a recorrer la Ría de Pontevedra y otros tantos a la ría de Arosa, con Cambados y O Grove como destinos gastro-enológicos. Tenemos tiempo: desde marzo hasta noviembre el clima acompaña y en invierno, de diciembre a marzo, la camelia, esa delicada flor originaria de China y Japón, está en plena floración.

La ciudad de Vigo

Vigo es una ciudad activa y llena de contrastes donde el mar está siempre presente: la zona portuaria se extiende a lo largo de siete kilómetros y llega hasta Bouzas, un “pueblo” dentro de Vigo que nos encanta los domingos a mediodía a la hora del aperitivo; el puerto pesquero sirve de base fija a noventa grandes pesqueros de altura y bajura; en la zona industrial se encuentran los muelles de carga de Citroën; y desde aquí salieron más de dos millones de gallegos hacia Argentina en busca de oportunidades. Hasta aquí llegaron también, en los siglos XVIII y XIX, catalanes y valencianos dispuestos a cruzar el charco, con la suerte de que encontraron El Dorado antes de zarpar, instalándose en Vigo con sus fábricas de conservas y salazones.

Un recorrido por Vigo

En la parte alta de la ciudad, en el Monte do Castro, encontramos los restos de un poblado castreño (s. III a. C. – II d. C.) rodeado de jardines, fuentes y lo que queda de las fortificaciones del XVII. Aquí se encuentra el monumento a la Batalla de Rande (1702), tres anclas que conmemoran la derrota de la Armada española a manos de la flota angloholandesa. De ahí viene la expresión tan gallega de “trabajar para el inglés”, que es lo mismo que trabajar gratis: los piratas ingleses tenían la fea costumbre de arramblar con todo. Por este monte salen hoy a correr y a pasear los vigueses y a disfrutar de unas vistas espectaculares sobre la ría y las Islas Cíes.

El centro de Vigo lo marca la Puerta del Sol o Porta do Sol, con la imponente escultura de Francisco Leiro “O Sireno”, una sirena en versión masculina que sobrevuela todos los edificios adyacentes. Nos cuentan que Paco Leiro se aseguró de que ninguna nueva construcción taparía nunca las vistas al mar a su Sireno.

Estamos en el Vigo modernista, el que se creó a finales del siglo XIX y comienzos del XX y que refleja el poderío económico de la clase burguesa industrial y mercantil de la época: armadores, conserveros, salazoneros… Muy cerca está la Alameda, elegantísima con sus fuentes, jardines, esculturas y árboles centenarios y un poco más allá el paseo das Avenidas, el Puerto Deportivo y el Club Náutico de Vigo, edificio racionalista de 1944. Los aficionados a la vela están en el paraíso: las Rías Baixas permiten salir a navegar todo el año.

Por supuesto a Vigo no le falta su casco antiguo, repleto de bares y terrazas donde tomar el mejor Albariño, la mejor empanada y el mejor pulpo a feira. O unas ostras en el Mercado de A Pedra, con sus tenderetes en plena calle. Cerca está el barrio de pescadores, O Berbés, bastante deteriorado pero al que auguramos una pronta rehabilitación: sus casitas típicas de pescadores, sus arcadas y soportales tienen un enorme poder de atracción. En la cercana Lonja de pescado se subasta de madrugada la pesca del día, todo un espectáculo.

Las Islas Cíes

Desde Vigo nos escapamos en un momento a las Islas Cíes, las tres islas situadas a la entrada de la Ría de Vigo que forman parte del Parque Marítimo Terrestre de las Islas Atlánticas de Galicia. Desde la Estación Marítima salen barcos todos los días en temporada alta (desde el 1 de junio), varias veces al día. Hay que reservar con antelación, pues hay un cupo diario de visitantes. Recomendamos ir pronto por la mañana y buscar un pequeñísimo chiringuito, algo escondido tras una bajada empinada, donde sirven las mejores nécoras del mundo.

Y por supuesto, si aprieta el calor, tenemos a tiro de piedra las playas de Samil (conocida como la playa de los orensanos) y de Canido.

Guía hedonista de Vigo

Nuestros amigos de Vigo son los mejores anfitriones. Echen un vistazo a nuestra guía hedonista de Vigo o mejor aun, acérquense a La Victoriana, un antiguo taller de coches donde encontraremos lo mejorcito en muebles y objetos midcentury traídos de Europa. Con María y Víctor la noche comienza con una charla “en la cocina” de La Victoriana, frente a un Albariño bien frío y unas empanadas exquisitas y recién hechas traídas de Casa Moncho, dos puertas más abajo. No se lo pierdan.

Otro punto de encuentro entrañable en Vigo es El Principal, un piso modernista de techos altos donde la luz y la buena energía entran y circulan a raudales. En El Principal está l’Atelier de Sandrine con los vestidos neo-hippies más vaporosos diseñados por ella y hechos en España, junto a chaquetones que son piezas únicas, bisutería, bikinis y sandalias que lo mismo nos sirven para Vigo que para Formentera. Y también están Belén, y Carmen con su taller de cocina, y Sofía y sus masajes terapéuticos… Si tenemos suerte y coincidimos con algún evento en la terraza, habremos conocido al todo Vigo de una sola tacada.

Además de las excelentes recomendaciones de La Victoriana, hemos descubierto un pequeño museo, el Museo Salinae, dedicado a la sal y a las salinas. Está ubicado en pleno centro de Vigo precisamente sobre unas antiguas salinas. Y recomendamos también visitar el espléndido Pazo Quiñones de León, el museo municipal en el magnífico Parque de Castrelos.

Dónde comer

En Vigo se come de maravilla.

Y de maravilla hemos comido en Othilio, propiedad de los gemelos Carlos y Pablo Rodal. Estos chicos trabajan sin parar y tienen lleno a diario, de día y de noche. ¿La clave de su éxito?: “Somos un equipo de compañeros y amigos. Seguimos siendo los mismos en plantilla, desde el día en que abrimos. El 100% de los contratos son indefinidos, no nos gusta la “fuga de cerebros”. Además nuestra clientela es estable, fiel a nuestro menú de mercado a mediodía, a 12,50 euros. Nuestro local es muy versátil y servimos desayunos desde primera hora de la mañana.”

La cocina de Othilio es de proximidad, aunque no se cierran a lo que llega de fuera. Carlos, chef y somelier, realiza una cocina natural, de temperaturas poco agresivas y cocciones lentas. Platos ligeros en verano y más contundentes y calóricos en invierno. Deliciosos la empanada crujiente de pulpo hecha al momento en pasta de wonton, el tartar de lubina marinada en eucalipto con perlitas de mostaza, curry y alioli, el arroz negro con carabineros de la lonja de Vigo, el canelón…. “En carta, el 90% de las verduras son ecológicas de Pazos de Borbén. Y menos el pan y los helados, todo lo hacemos aquí. Pronto esperamos montar un obrador en el piso de arriba.”

Pablo ha pasado por El Celler de Can Roca: “Llegué al día siguiente de que les nombraran mejor restaurante del mundo, y lo que más me sorprende y admira de los hermanos Roca es el trato y su humildad.”

En la bodega, Carlos selecciona sus vinos por la variedad de la uva, la región, la marca y el precio. “Buscamos pequeños productores, con precios competitivos, para que nuestros clientes puedan descubrir nuevos vinos por copas…”

Este año cerrarán quince días en agosto. Y no abren en domingo. “Necesitamos que nuestro equipo descanse y pueda tener vacaciones programadas. Que seamos felices.” Buena filosofía y buena cocina la de Othilio.

Para diseñar nuestra ruta gastro recurrimos de nuevo a un vigués, máxima autoridad en materia de bares y restaurantes: Juan Virzí, que además nos acerca los productos del mar hasta nuestra casa en Madrid cuando tenemos antojo de un buen centollo o unas cigalas…, y lo que sea que se cultive en las bateas de la ría de Vigo. Y que conste que esto no es un contenido patrocinado.

Ya hemos hablado de Casa Moncho y sus empanadas recién hechas. Al lado está la cervecería “Somos la pera”, enfrente la vinoteca “Tal como vino” y un poco más abajo el mesón El Águila, que sirve cocina gallega y está a tope a mediodía.

En el casco viejo nos encantan A Mordiscos, La Pintxoteca y La Pintxoteca Mar. Y en La Alameda, María Manuela. Además, Pepe y Mantequilla y la taberna atlántica La Exscama.

En Bouzas ya hemos dicho que nos encanta su ambiente de pueblo marinero los domingos por la mañana. Nada mejor que tomar una Estrella de Galicia al sol junto a la ría. Patouro es uno de nuestros locales favoritos, por lo bonito que es y por sus pintxos tan ricos y originalísimos. Y también el gastro-bar y restaurante La Carpintería.

Volviendo al tema del feísmo gallego, resulta que en materia de bares también los hay muy cutres pero con muchísima fama. Seguimos en Bouzas y vamos a O Peirao, donde lo mismo te tomas el mejor centollo de tu vida que te sirven de tapa una salchicha Frankfurt en plato de plástico. La Diez y sus langostinos son otra institución. Y rematamos con la bodega Mondariz y el bar Ribeiro.

Dónde dormir

El hotel Axis es funcional y está bien ubicado. El Gran Hotel Nagari es sofisticado y perfecto para una escapada a dos. Y el Hotel América tiene un aire más familiar.

Un lugar muy especial

Al atardecer nos acercamos a contemplar la puesta de sol junto al Museo do Mar de Galicia, un proyecto de Aldo Rossi que culminó el arquitecto gallego César Portela tras el fallecimiento del arquitecto italiano. En este rincón de la ría la belleza es perfecta.

Más información sobre Vigo en la web de Rías Baixas y Turismo de Galicia.

Al sur de Vigo: Baiona, A Guarda y el Castro de Santa Tecla

Desde Vigo salimos de excursión hacia el sur. La primera parada es Baiona, una de las villas más encantadoras, turísticas y marineras de Galicia, protegida de mar abierto por una preciosa bahía.

En su puerto se puede visitar una réplica de la carabela Pinta, construida para conmemorar el V Centenario del Descubrimiento de América. Baiona fue el primer puerto de Europa que recibió la noticia del descubrimiento, cuando el 1 de marzo de 1493 la Carabela Pinta, capitaneada por Martín Alonso Pinzón, atracó en estas aguas.

El paseo por la península de Monte Boi, con su recinto amurallado y ajardinado donde se encuentra el Parador Conde de Gondomar, es idílico. Y la terraza del Parador, paso obligado en nuestro recorrido por Baiona.

Obligado también es deambular por las calles angostas y empedradas del casco histórico de Baiona, con sus soportales de piedra o granito. A cada paso hay un pequeño templo, un cruceiro, una fuente o una casa nobiliaria. Podemos detenernos en el bar De Sastre, el de toda la vida y todas las edades, y en el Recuncho Mariñeiro de Pedro Villamarín, para tomar unos chipirones con pimientos y una sartén de pulpo con gambas y algas, por ejemplo.

Si queremos hacer noche en Baiona, además del Parador tenemos la opción de la impecable Pensión El Mosquito. Esta es otra de las peculiaridades de Galicia: aun existen pensiones de una o dos estrellas. En El Mosquito elegimos una de las dos habitaciones con vistas al mar y evitamos las que dan a los bares.

Hacia A Guarda y el castro de Santa Tecla

Un plan fantástico es coger la bici y recorrer por el carril-bici los 29 kilómetros que separan Baiona de A Guarda. El paisaje, a nivel del mar, es grandioso. Haremos un alto en Oia para visitar el Monasterio cisterciense, el único construido a pie de playa. Junto al monasterio hay un bar con terraza sobre el mar desde donde se contemplan los atardeceres más hermosos.

En A Guarda hay que visitar su puerto pesquero. Nos encantan las casas marineras con su colorido, observar las tareas diarias de los marineros, asistir a la venta de marisco y pescado en la lonja… Aquí se reúnen los pescadores jubilados a charlar mientras las horas discurren apaciblemente. El Museo de Mar se encuentra al final del Paseo Marítimo, en una atalaya. A los más pequeños les encantará la colección de conchas de mar provenientes de todo el mundo.

Desde el puerto parten dos rutas de senderismo que recorren la costa atlántica de A Guarda: la Ruta de las Cetáreas (viveros de marisco) hacia el norte y la Senda Litoral hacia el sur hasta llegar a la desembocadura del Miño, de 3,6 kms.

La desembocadura del río Miño es un espacio natural grandioso de gran valor ecológico. Pertenece a la Red Natura 2000 y es una Zona de Especial Protección para las Aves, con ruta ornitológica y observatorios de aves incluidos. Hay una ruta de senderismo que recorre toda la desembocadura hasta la playa de O Muiño y la costa atlántica.

En esta zona existen playas fluviales rodeadas de pinares y playas marítimas conocidas por las propiedades beneficiosas de sus aguas.

Si hemos llegado en bici hasta A Guarda y queremos descansar y hacer noche antes de emprender la vuelta a Baiona, el Hotel Convento de San Benito es una gran opción. A Guarda forma parte del Camino Portugués de la Costa y cuenta con un Albergue Municipal de peregrinos.

El Castro de Santa Tecla o Santa Trega

Este es uno de los hitos de nuestro viaje a las Rías Baixas. Desde el Monte de Santa Trega tenemos las vistas más impresionantes del estuario del Miño, con Portugal al frente y el inmenso océano Atlántico a nuestros pies. El Castro de Santa Tegra (siglo IV a.C.) es el ejemplo más importante de cultura castreña del noroeste peninsular. Se calcula que en este castro vivían alrededor de 4.000 personas.

Las Rías Baixas dan mucho de sí y merece la pena recorrerlas con calma. Otro día volveremos con Pontevedra y su ría.

Fotos de María de Sagarra

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