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Tradición y aventura en las cataratas Victoria

Un viaje en el que se vive la emoción en dos direcciones: en la contemplación de un espectacular paisaje y en una aventura no exenta de riesgo.

Las circunstancias de la vida (que no vienen al caso) me llevan hasta las cataratas Victoria, en el río Zambeze, entre Zambia y Zimbabue. Me explican que el mejor momento para visitarlas es en junio, aunque os aseguro que a finales de agosto, después de 4 meses de sequía, el espectáculo sigue siendo impresionante: una caída en picado de 100 metros de altura en mitad de la planicie, a lo largo de 1,7 kilómetros de brecha profunda por donde, en época de lluvias, se precipitan una media de 7.000 metros cúbicos de agua por segundo.

Patrimonio de la Humanidad y una de las siete maravillas naturales del mundo, las cataratas son conocidas como Mosi-oa-Tunya o el humo que truena, por el agua vaporizada que asciende hacia el cielo formando preciosos arco iris y un ruido ensordecedor. Sí, aquí es donde Stanley pronunció la famosa frase “Dr Livingstone, I presume.”

Yo, evidentemente, no me topé con el Doctor Livingstone, pero sí con un grupo de mujeres estupendas que viajaban desde Namibia, atravesando Botswana por el Parque Nacional de Chobe, y con un senderista japonés en ruta desde Kenia a Ciudad del Cabo. Sea como sea, las cataratas Victoria son parada obligada si uno recorre esta parte del mundo.

Hay múltiples formas de abordar las cataratas: paseando tranquilamente desde uno de los hoteles coloniales de lujo a ambos lados de la frontera, como el clásico Victoria Falls en Zimbabue, o el Royal Livingstone y su hermano más modesto el Zambezi Sun, en Zambia, disfrutando de apacibles paseos en barco al atardecer, entre hipopótamos, cocodrilos y algún elefante que se acerca a beber al río, y rememorando tradiciones genuinamente británicas como el high tea de las 3 o el gin&tonic a la caída del sol, que para algo estamos en la antigua Rodesia.

Tanto desde el magnífico Victoria Falls, construido junto al ferrocarril en 1904, como desde el delicioso Royal Livingstone a orillas del Zambeze, se llega andando a las cataratas. Merece la pena explorarlas a ambos lados de la frontera: en la zona de Zimbabue, el caudal es mayor, hay varios puntos donde las vistas son espectaculares y uno termina empapado al finalizar el recorrido. Desde el lado de Zambia, las vistas sobre el cauce del río y los rápidos son también increíbles. En plena época de lluvias, entre finales de noviembre y principios de abril, el vapor de agua te impide ver nada, tal es la cortina de agua que se forma en torno a las cataratas. Aunque esto no es, ni de lejos, el Kruger o Masái Mara, te puedes topar con un elefante o una jirafa en cualquier esquina, cruzando una carretera o de camino al hotel, así que hay que estar vigilantes.

En los últimos tiempos se ha desarrollado un turismo de aventura y deportes de riesgo, que aquí en África tiene un encanto especial. Para los más intrépidos, la oferta es interminable: bungee jumping no apto para cardiacos, paseos a lomos de elefante, vuelo en ultraligero sobre las cataratas, descensos vertiginosos por los rápidos y, algo que pensé que jamás en mi vida haría y que me inyectó un chute de adrenalina que se renueva cada vez que me acuerdo: el baño más demencial en el Devil’s Pool, la poza del diablo en el puritito borde de la catarata, junto a la isla de Livingstone.

Pues sí, están locos estos terrícolas.

2 respuestas a Tradición y aventura en las cataratas Victoria

  1. Eloisa dijo:

    Fantástica reseña!, espero poder ir algún
    día!

  2. Pilar Gil dijo:

    Es impresionante este espectáculo!!!!!! Una meta para los intrépidos. La descripción es inmejorable. Lo recomendaré a los amigos.

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