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A una hora y media de Petra, en JordaniaWadi Rum, planeta rojo

Si puedes prescindir tres días de una ducha en condiciones, adéntrate en el desierto. La recompensa: paisajes alucinantes solo para tus ojos.

Hay dos formas, básicamente, de abordar Wadi Rum. Como todo el mundo, entrando en el espacio protegido al atardecer para recorrer en jeep varios kilómetros de dunas gigantes, desfiladeros rocosos, valles de arena infinitos, mientras la tierra y el cielo se tiñen de rosa, anaranjado, rojo carmesí y violeta. Y como hacen pocos: inmersos en Wadi Rum durante varios días en compañía de los beduinos y sus camellos y acampando en tiendas cuando cae la noche.

Wadi Rum, conocido también como el Valle de la Luna, es mágico en cualquiera de sus dos versiones. Pero el que solo experimenta la primera se quedará con ganas de probar la segunda. Que es exactamente lo que nos ha ocurrido a nosotras.

Wadi Rum forma parte de un territorio limitado por dos fallas que discurren de norte a sur en Jordania y albergan valles de arena suave y sonrosada rodeados de montañas de granito, basalto y arenisca, atravesadas por empinados cañones y aguas subterráneas. El viento y la erosión a lo largo de miles de años han ido creando formas caprichosas en las rocas: cúpulas, arcos, crestas. Es el paisaje soñado por los que amamos el desierto. Aquí precisamente se rodó la película “Lawrence de Arabia”, de David Lean, a comienzos de 1960.

A Wadi Rum se puede llegar desde el sur, desde la ciudad costera de Aqaba en el Mar Rojo, a una hora/60 kms de distancia, o desde Petra, a una hora y media/100 kms. A nuestra llegada, nos alojamos en el Captian’s Desert Camp, un campamento con muchísimo encanto justo a las puertas del área protegida de Wadi Rum.

Captain’s Desert Camp

Captain’s Desert Camp está gestionado por beduinos. Como manda la tradición, nos reciben con un té. Ya de entrada, el sitio nos encanta: el campamento está protegido tras una pequeña colina de arenisca color melocotón, donde destacan unas palmeras y un precioso árbol de hojas malvas, una especie de jacaranda, algo que nos parece un milagro tras haber atravesado kilómetros y kilómetros de secarral sin un solo arbusto a la vista.

Nos sentamos a tomar nuestro té junto a las brasas, a la sombra de una enorme jaima rectangular que hace las veces de patio interior y donde se reúnen los huéspedes a cenar, desayunar, escuchar música tradicional en directo. También algunos beduinos a echar una siestecilla en los bancos de obra cubiertos con colchonetas y cojines tapizados en kilim rojo.

Salimos a dar una vuelta para explorar los alrededores: hay jardincillos con muebles de madera reciclados y pintura desconchada de aire hippy destartalado, diferentes áreas con tiendas beduinas formando corrillos, saludamos a algunos huéspedes holandeses que leen frente a sus tiendas, sentados en sillas rudimentarias y con los pies descalzos sobre la arena… Enseguida nos aclimatamos nosotras también y nos descalzamos.

Nos han asignado unas tiendas con baño y ducha individual, todo un lujo en mitad del desierto. La decoración…, cómo describirla… Las paredes de gruesa y tupida lana de cabra color gris oscuro están forradas en raso dorado, la colcha es una manta en tonos leopardo, el suelo está completamente revestido de alfombras color granate y en el techo, más raso. Curiosamente, nuestra habitación nos parece de lo más acogedora. Sin duda, en nuestras buenas sensaciones influye más el espíritu beduino que nuestra obsesión por el ethnic chic.

La excursión al atardecer

Llega el momento álgido de nuestra visita: la excursión para ver la puesta de sol en pleno desierto de Wadi Rum. Ahmed nos recoge en un jeep, bordeamos nuestro campamento y enseguida entramos en el área reservada, territorio beduino en estado puro donde solo habitan estas tribus semi-nómadas con sus rebaños de cabras, sus camellos y su jeep. El sol aún está alto y los tonos del paisaje aún no arden, son rosa suave, albaricoque, salmón…

Atravesamos por un desfiladero entre dos imponentes rocas y llegamos hasta los pies de una duna gigante salpicada de puntitos negros: son los primeros turistas en llegar, que ya han iniciado el ascenso. Luego bajarán chillando como niños, dando volatines, riendo a carcajadas, con arena hasta en las orejas. Les adelantamos buscando esa paz y ese silencio que nos tenía prometido el desierto. Avanzamos por valles de arena inmensos, donde el viento ha ido dibujando surcos en forma de pequeñas olas. No hay otra huella aparte de la de nuestro Mitsubishi.

Nos detenemos junto a una colina cuando el sol empieza a descender. Trepamos por ella hasta el punto más alto. A derecha e izquierda, montañas de arenisca y granito rosa que torna al anaranjado, al rojo pasión. El cielo se tiñe de amarillos y violetas en el oeste. Sobre nuestras cabezas se va imponiendo el índigo. Si, realmente Wadi Rum es pura magia. Otro planeta.

Y desgraciadamente, al cabo de un rato no nos queda más remedio que regresar a nuestro confortable campamento.

En el desierto con los beduinos

 En el desierto es vital ir bien acompañado. Es complicado orientarse e imposible sacarle el mayor partido a la expedición si uno va por libre. La mejor forma de visitar Wadi Rum es con un guía beduino de los pueblos cercanos de Rum y Disi, profesionales muy capacitados y experimentados. Es recomendable contactar y reservar con antelación. En la Rough Guide hay una buena lista de guías beduinos recomendados. Generalmente, cada guía tiene un campamento en el desierto que gestiona con su familia. También Captain’s Desert Camp tiene opciones para pasar varios días en el desierto. Incluso hay fórmulas VIP que te permiten retirarte en soledad, con el campamento en exclusiva para ti. Todo es cuestión de precio. Deberíamos al menos reservar una noche en pleno desierto: los atardeceres son extraordinarios, por la noche la temperatura refresca (en invierno puede hacer incluso mucho frío), el aire límpido del desierto permite observar un cielo cuajado de estrellas y la tranquilidad de la noche, oscura como un pozo o brillante en luna llena, es simplemente mágica.

En el área protegida, los campamentos están en zonas aisladas accesibles en 4×4, con tiendas beduinas que pueden acoger hasta 10 o 12 personas. Aquí, uno se asea de manera bastante precaria; en algunos campamentos hay duchas más o menos en condiciones, pero son la excepción. Por experiencia lo decimos: no hay nada que no puedan solucionar una toallitas húmedas para bebés. Y cuando regresemos a la “civilización”, nuestra habitación forrada en raso dorado nos parecerá la suite presidencial del Ritz.

Aparte del tema aseo, algunos quizá no soporten pasar varios días sin cobertura ni electricidad. Y sin embargo, es una bendición.

Actividades y diversión en Wadi Rum

 Wadi Rum se está especializando en turismo sostenible y de aventura: caminar, trepar, escalar montañas, recorrer el desierto a caballo sin ver a nadie durante horas o días. Uno de los hits en Wadi Rum es dar un paseo en globo al atardecer. O en ultraligero.

El zarb, cocinar bajo la arena

Para sobrevivir en el desierto, aparte de llevar agua uno tiene que aprender a cocinar bajo la arena.

Durante siglos, los beduinos de la Península Arábiga cocinaban su comida en hornos bajo la arena, un sistema que no requiere mucho trasto, dato importante si uno viaja constantemente por el desierto en busca de agua y pasto para el ganado. Las cosas desde entonces han cambiado un poco y hoy se utilizan parrillas de metal de varios pisos en lugar del tradicional barro cocido y papel aluminio en lugar de hojas de palma para envolver los alimentos. Si seguimos estos pasos, en 4 o 5 horas tendremos listo el zarb, y si utilizamos pollo el lugar del tradicional cordero, también ganaremos tiempo.

Cómo preparar el zarb, la barbacoa beduina, en 7 pasos.

Paso 1: excava un gran hoyo en la arena. Coloca la parrilla en el agujero, cubriéndola por completo salvo justo la superficie.

Paso 2: prepara las brasas de carbón haciendo un fuego con madera hasta que queden solo las brasas incandescentes, sin llamas. Colócalas en el fondo de la parrilla.

Paso 3: corta la carne en trozos. Para marinarla, mezcla en un bol un poco de agua, zumo de limón, ajo machacado, sal y pimienta y deja que la carne repose durante una hora en la mezcla.

Paso 4: prepara las verduras. Fácil. Corta en trozos patatas, tomates por mitades, zanahorias, cebolla, coliflor, berenjena, pimientos.

Paso 5: coloca cada alimento en su balda respectiva, las verduras arriba, pues tardan menos en cocerse, la carne abajo.

Paso 6: coloca la parrilla sobre las ascuas y cierra la tapa de metal. Cubre todo con una manta gruesa y pon arena encima. Así no se escapa ni una sola caloría. Si estás cocinando cordero, necesitas dos horas y media de cocción. Si es pollo, una hora y media.

Paso 7: prepara los acompañamientos. Arroz, ensaladas de tomate, cebolla y pepino, humus (la deliciosa pasta de garbanzo) y mutabal (exquisita también, de berenjena). Y el pan ácimo, otra delicia de la cocina de Oriente Medio. Aún nos acordamos de aquel que probamos recién hecho, calentito y super crujiente, con la familia beduina de Suleimán en Feynan Ecolodge.

Listo. Retira la arena, levanta la manta, abre la tapa y verás lo buena que te ha quedado la barbacoa beduina.

Nota para los tiquismiquis: no hemos tenido ni medio problema estomacal en Jordania, y eso que hasta hemos tomado el mejor helado casero de limón. No en el desierto, claro.

Toda la información en VisitJordan.

Información sobre Captain’s Desert Camp.

Guía locales: WadiRumNomads, MziedAtieg, WadiRum.org, FriendsofWadiRum, NomadsTravel.

Artículos relacionados: Feynan Ecolodge.

Fotos © Sonja Mikolic

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