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Estreno

El belga Joachim Lafosse firma una preciosa película sobre la quiebra de una pareja por cuestiones de economía, economía de la parejaLa vida ‘Después de nosotros’

El belga Joachim Lafosse encuentra en 'Después de nosotros' el balance perfecto entre mostrar y contar, presentar y representar.

Cuidado drama sobre la quiebra de una pareja, firmado por el belga Joachim Lafosse –Propiedad privada (2006), Perder la razón (2012), Los caballeros blancos (2015)–, que hace las veces de director y coguionista, junto a la escritoras Mazarine Pingeot –Le locataire (2016)– y Fanny Burdino –Carole Matthieu (2016)–. Una obra que ni se ajusta a las convenciones del cine europeo más nouvellevaguero, con sus diálogos lenguaraces y sus secuencias dilatadas (lo que a muchos puede aburrir y a otros fascinar), ni a los manidos tragicismos del cine hollywoodiense, siempre en busca de la epicidad incluso en lo cotidiano (lo que a algunos puede emocionar y a otros irritar). Sino que encuentra un balance perfecto entre mostrar y contar, presentar y representar, diseccionando una intimidad ofrecida sin aspavientos pero con mucho pulso, mediante una narración decidida a señalar el enorme abismo que se abre en los pequeños detalles, en este caso detallados con toda la exhaustividad que la situación de partida permite, explorando todos sus ángulos, y ningún dramatismo de más, explotando sus derivas.

Todo comienza con un plano prolongado en un espacio acotado. María (Bérénice Bejo) llega a casa con sus hijas (Jade Soentjens y Margaux Soentjens) y comienza a preparar la comida. Una cámara casi fija sigue su deambular por la cocina y el salón, dejando que su cuerpo y sus palabras entren y salgan del encuadre con naturalidad. Lo atraviesa cargando con una mochila. Lo rebasa para atender los fogones. Lo cruza para llamar a una de sus hijas. Hasta que en uno de sus trayectos una mirada fuera de campo la deja clavada en su centro, con una mueca de recelo en su cara. Aparece Boris (Cédric Kahn) en escena, surgiendo de las profundidades del hogar como una extraña visita, a pesar de ser una figura familiar. La pareja de ella y el padre de ellas, ni más ni menos. Del que pronto descubrimos que María se quiere separar.

De ahí en adelante la película es un largo baile de posturas enfrentadas, a lo largo de las cuales vamos descubriendo los motivos de la deseada separación y las causas de la persistente convivencia, que en el fondo vienen a ser bastante parecidas: la economía de la pareja, como reza el título original (L’économie du couple). Economía romántica, por supuesto, desvelándose a lo largo del relato una contabilidad emocional de esperanzas truncadas, miedos cumplidos y pasiones fatigadas que a ella han terminado por agotar y a él por corroer, convirtiendo la relación en guerra fría, a veces con consecuencias nucleares, como en esa escena en que Boris se incorpora a una cena de los amigos de María, en la que el ambiente es tan tenso que uno incluso siente poder mascar los átomos del aire. Pero también economía financiera, dándose una contabilidad de números rojos, trabajos precarios y deudas mutuas difíciles de solucionar, que les mantiene atados a un mismo hogar del que él solo piensa partir cuando reciba la parte que le corresponde, que nadie tiene claro a quién corresponde fijar, manteniéndoles el desacuerdo en un retorcido impasse.

Y a esto se resume esta película de pocas intrigas pero estupenda trama, que trata con ternura a sus personajes. Porque muchas veces menos es más, y en este caso la obra propuesta por Lafosse resulta preciosa en tanto que precisa, sencilla en diseño pero compleja en contenido, dejando que la situación inicialmente planteada ande por sí sola durante los para crear el drama a partir de ese juego nada lúdico de reproches, enganches, querencias, suspicacias, zancadillas y sollozos que los personajes intercambian, haciendo, rehaciendo y deshaciendo lo hecho en un sinfín de pequeñas permutaciones para dar cuenta y darse cuenta de un amor en quiebra. Quizás le falte alguna escena cinematográficamente más memorable, pero ofrece una lección de cine humano digna de recuerdo.

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