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Estreno

Whit Stillman vuelve por todo lo alto con una sencilla y encantadora obra de corte decimonónico y cuerpo parlanchín ‘Amor y amistad’ en tiempos de Austen

Adaptación de una novela de Jane Austen a manos de un director verborreico, para quien la obra original parece hecha a medida.

Rara avis entre los indies, antes dialoguista intrépido que formalista ostentoso, Whit Stillman asaltó la cinefilia occidental en los noventa con una trilogía de obras parlanchinas –Metropolitan, 1990; Barcelona, 1994; The Last Days of Disco, 1998– con las que invitaba a quienes querían escucharle a seguir los líos románticos y entuertos grupales de una serie de amigos de la alta sociedad neoyorkina. Un tríptico desbordante del que todos querían un poco más pero con el que Stillman sentía que lo había dicho ya todo, sumiéndose en un sonoro silencio que duraría más de dos décadas, y que tan solo hace unos años decidió quebrar: primero con una obra desnortada, Damiselas en apuros (2011), que más vale olvidar; y ahora con un título perfectamente orientado, Amor y amistad (2016), que bien vale alabar.

Inspirada en una novela corta de Jane Austen –Lady Susan (1794)–, la historia sigue las intrigas de lady Susan Vernon (Kate Beckinsale), una viuda de economía precaria pero lengua profusa que vive de la generosidad ajena pero se desvive por el estatus propio, cuya consecución pasa por encontrar un marido bien posicionado y un yerno sobradamente acaudalado. Para ello solo cuenta con su belleza, su oratoria y su falta de escrúpulos, que combina para manipular el universo cerrado en el que se mueve a su antojo con suficiente gracia para encandilar a quien quiere y sobrada astucia para engatusar a quien debe, consiguiendo que todos bailen a su son (que suena a clavicordio).

Y todos son muchos: su hija (Morfydd Clark), el bobalicón pretendiente que le tiene preparado (Tom Bennett), su generoso cuñado y anfitrión (Justin Edwards), la esposa desconfiada de éste (Emma Greenwell), el galán hermano de ésta (Xavier Samuel), los padres de ambos (Jemma Redgrave y James Fleet), un amante ya casado (Lochlann O’Mearáin), la desdichada esposa del infiel (Jenn Murray), el protector de la engañada (Stephen Fry) y la mujer del mencionado señor (Chloë Sevigny), que además hace las veces de cómplice de la viuda, cerrándose así el círculo. Un círculo que la protagonista hace girar y girar a su alrededor, cual marquesa de Merteuil, si bien con palabras más amables y ademanes menos incisivos que los de la peligrosa aristócrata ideada por Choderlos de Laclos.

Una historia que de antemano parece hecha a medida para el director neoyorkino, amante de los ambientes nobles, los grupos cerrados, los entuertos sentimentales y las locuacidades irrefrenables. Y que aún así consigue llevar a su terreno, quebrando los corsés habituales del cine austeniano para ofrecer una obra a la vez sólida, ágil y guasona, que se ríe de las convenciones y convicciones de la narrativa decimonónica sin faltarle nunca al respete (véase el precioso dramatis personae con que abre la obra, a la vez recreación cinematográfica de un recurso tradicional y comentario irónico de su habitual efecto contraproducente, más confuso que aclarador en su afán por listar a personajes y roles que aún no se han visto en acción).

Narración de incesante plática, donde los cuerpos –sus movimientos, sus acciones, sus consecuencias– están sujetos al verbo, al juego de confesiones, engaños, descubrimientos y determinaciones puestos en escena a través de la palabra hablada en incesante diálogo (al principio fue el Verbo, diría Stillman, si alguien no se le hubiera adelantado). Pero donde las conversaciones siempre se desarrollan en un tono ligero, elocuente y sobre todo fresco, dando lugar a un sinfín de entuertos atractivos, varios pasajes de sutil comicidad (el cinismo de la protagonista, las bobadas del pretendiente, las reiteradas alusiones al rey Salomón, las incesantes dudas sobre los Diez Mandamientos) y un sinfín de diálogos ingeniosos, a los que difícilmente algún espectador se podrá resistir.

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