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Estreno

Otro estupendo thriller patrio dirigido por Alberto Rodríguez, ahora centrado en las peripecias de Francisco Paesa.‘El hombre de las mil caras’ y los mil quinientos millones

El español Alberto Rodríguez nos pasea por las opacidades de uno de los episodios más escabrosos del quehacer político de los noventa.

Nueva entrega de la saga de thrillers patrios dirigidos por Alberto Rodríguez, decidido a explorar desde el cine criminal las cloacas de la sociedad española del pasado más reciente, por desgracia más presente de lo que nos gustaría. Si en la notable Grupo 7 (2012) nos arrastró a los fangos sobre los que se construirían los pabellones de cartón piedra de la Expo de Sevilla del 92, nunca del todo saneados. Y en la exitosa La isla mínima (2014) nos sumergió en los pantanos de una Democracia donde todavía eran palpables las huellas del régimen anterior, nunca del todo erradicadas. Ahora, con la laudable El hombre de las mil caras (2016), nos pasea por las opacidades de uno de los episodios más escabrosos del quehacer político de los noventa, para recordarnos que esto del trato a puerta cerrada, el sobre bajo la mesa y la escucha tras el teléfono tampoco es del todo nuevo.

La historia gira en torno a la fuga de Luis Roldán (Carlos Santos) y su mujer (Marta Etura) de España, desde su huida, con un maletín repleto de secretos y una cuenta colmada de pesetas, hasta su posterior detención, que –como la Transición– poco tuvo de conquista y mucho de pacto. Pacto fáustico, claro, con un diablo que responde al nombre de Francisco Paesa (Eduard Fernández), ese “hombre de las mil caras” que da título a la obra y protagoniza su trama, junto a Jesús Camoes (José Coronado), su mano derecha. Una trama que en la vida real él mismo ideó, atrapando en ella por igual al corrupto exdirector de la Guardia Civil, al que cobija, administra y acaba vendiendo, y al por entonces superministro de Justicia e Interior, Juan Alberto Belloch (Luis Callejo), con quien ultima un negocio que terminará por explotarle en la cara.

A pesar de las complejidades de la historia real, Rodríguez esbozada con claridad la trama de su historia de ficción, cuyas partes más inverosímiles probablemente sean las más reales. Mediante una narración ágil, a la que le gusta recurrir al ralentí en las presentaciones y a la voz en off para las exposiciones, consigue que su enrevesado relato avance con mucha inteligencia y suficiente garra, manteniendo orientado a su espectador mientras le empuja por el sinfín de corredores, despachos y cafeterías en los que se desarrolla su historia, verdaderos epicentros del espionaje internacional, más dado a las palabras con dobleces que a los tiros entre ceja y ceja. Cine de tratos e intercambios, donde todo circula, desde el mechero y el falso Modigliani de Paesa al dinero, el maletín y el mismísimo cuerpo de Roldán, variando sus efectos y significados en cada nueva iteración.

Araña con traje de corte ancho y gafas de montura alta, Paesa pasará a la historia como una de esas figuras que se mueven en las sombras del poder Ejecutivo, acometiendo oscuros proyectos a cambio de unas comisiones que a más de uno iluminarían el rostro. Empresas ignominiosas financiadas por el erario público, claro, al que por la época muchos parecían meter mano para engrosar sus cuotas de poder y engordar sus cuentas de banco, siempre y cuando se compartiera parte del pastel y se limpiaran meticulosamente los cubiertos tras haber pegado la mordida. Un quehacer político infame, que encuentra en la cultura de la picaresca y la opacidad a la vez su principal aliado y su máximo aliciente. Recurriendo al pasado para hablar del presente, mediante una película tan entretenida como penetrante, Rodríguez nos recuerda que esa España del mueble de formica y la pared de gotelé aun está muy vigente.

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