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KUSTURICA RETORNA A SUS PECULIARES ESTILO Y OBSESIONES CON UNA FÁBULA ROMÁNTICAEmir Kusturica continúa ‘En la vía láctea’

Emir Kusturica dirige, escribe y protagoniza un cuento a caballo entre lo mágico y lo grotesco, la comedia y el drama, secundado por Monica Bellucci y aderezado con su desbordante estética.

El galardonado cineasta serbio Emir Kusturica regresa, tras diez años de silencio fílmico, a nuestras pantallas con un relato en el que vuelven a darse cita las marcas distintivas que le han hecho acreedor en dos ocasiones de la Palma de Oro en Cannes y el León de Oro veneciano. En esta ocasión, le acompaña la sin par Monica Bellucci.

Pocos cineastas pueden presumir del reconocimiento que el ex-yugolasvo (ahora serbio) Emir Kusturica se granjeó desde finales de los años ochenta. Tras destacar en el panorama de festivales con la hermosa y desgarradora ¿Te acuerdas de Dolly Bell? (1981), que ganó muy merecidamente el León de Oro en Venecia, su cine comenzó a ser habitual de los circuitos internacionales de arte y ensayo. La conseguida Papá está en viaje de negocios (1985) le proporcionó la Palma dorada en Cannes, a la vez que abría en su cine una veta que terminaría por dominar su estilo. A saber, un gusto por lo caótico, el humor absurdo, aderezado con derivas hacia lo grotesco y el realismo mágico. Fue así como parió sus mejores películas: El tiempo de los gitanos (1989), El sueño de Arizona (1992) y, sobre todo, Underground (1995). Con esta última, probablemente su obra maestra, Kusturica se alzó con una segunda Palma de Oro. La película, una desaforada parábola política alrededor de la historia de Yugoslavia desde la Segunda Guerra Mundial hasta la guerra de los Balcanes, desarrollaba ya un estilo barroco, excesivo, en el que lo cómico y lo trágico aparecían inextricablemente entrelazados, y donde los rasgos realistas de sus inicios habían desaparecido completamente.

Tomando carrerilla en estos éxitos, Kusturica prosiguió esta línea temática y formal, al tiempo que diversificaba sus actividades como músico al frente de The Non Smoking Orchestra, grupo insoslayable para los amantes del más frenético bailoteo balcánico. Sin embargo, al calor de películas cada vez menos inspiradas, como La vida es un milagro (2004) o Prométeme (2007), y, sobre todo, de polémicas declaraciones sobre la situación política de los Balcanes, su prestigio internacional ha ido decreciendo.

Entre acusaciones de defensa de genocidas, egocentrismo catedralicio y agotamiento de la inspiración, Emir Kusturica ha vuelto sin perder un ápice de sus señas de identidad, acentuándolas aún más si cabe con En la Vía Láctea (On the Milky Road, 2016). Retomando parte de su penúltima obra, un cortometraje hecho en el marco de la película colectiva Words with Gods (2014), el cineasta serbio regresa a terrenos familiares: las tensiones bélicas en su tierra natal.

El protagonista, encarnado por el propio director, es un granjero medio alucinado y despegado de los asuntos terrenales, que basa su rutina en el reparto de leche a los soldados que luchan en una trinchera. La llegada a la región de una refugiada italiana (cómo no, Monica Bellucci) que viene para casarse con el cuñado del protagonista, despertará en él el amor y la necesidad de huir de su violento entorno. La fatalidad, desgraciadamente, hará acto de presencia y no parece abandonar a la apasionada pareja en su fuga.

Con unas premisas más o menos sencillas, En la Vía Láctea transita por las habituales maneras desbordantes de Emir Kusturica. Las escenas de masacres presentadas como si de una bacanal circense se tratase, la presencia invasiva de la música y el baile, los gags que se mueven entre la estética del cine mudo, el cómic o la charada, y una narrativa que se pierde en meandros, pequeños detalles y demostraciones de fuerza expresiva… Todo ello conforma el habitual repertorio del serbio (tampoco podían faltar la constante inclusión de animales de todo tipo en el tejido del relato, que subrayan sus matices simbólicos o grotescos).

Acercarse al cine de Emir Kusturica ha supuesto, en líneas generales, introducirse en universos festivos, carnavalescos, en los que la exageración y el “todo es posible” campan a sus anchas. En la Vía Láctea no es diferente del cine al que el maestro serbio nos tiene acostumbrados. Por ello, dará a sus fans y detractores lo que se esperan. Habrá quien quiera ver una muestra más del genio e inventiva visual de un creador de arrebatador discurso y potente personalidad. También quien quiera encontrar una prueba más del desenfreno y la autoindulgencia de un artista enquistado, hallará razones de sobra para apoyar sus argumentos.

El que esto escribe comparte argumentos con ambas facciones. Aunque, puestos a profundizar, echa de menos la faceta más sutil (y con menos presupuesto) de Emir Kusturica. La de sus primeras películas, como Guernica, Café Titanic o la maravillosa Dolly Bell. Estas evidenciaban a un cronista de los males de su país y del paso de la adolescencia a la madurez repleto de sensibilidad, melancolía y desencanto, características que aparecen algo sepultadas por el exceso (siempre reivindicable, aunque no todas las veces necesario) de su última etapa. La sencilla historia de amor entre los personajes de la Bellucci y Kusturica habría conmovido más si el nervio estético hubiese, por una vez, bajado de revoluciones. Frente al derroche de decibelios de las habituales orquestas trompeteras que pueblan los paisajes fílmicos de Emir Kusturica, se habría necesitado la más sencilla canción que cerraba ¿Te acuerdas de Dolly Bell? para contar una fábula de amor, guerra, dolor, desencanto y redención.

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