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Estreno

Precioso, complejo y dura obra de cámara dirigida por el catalán Albert Serra, que recrea la muerte del «Rey Sol» ‘La muerte de Luis XIV’, entre la aceptación y las tinieblas

El catalán Albert Serra filma la muerte de Luis XIV como si estuviera firmando un certificado de defunción, ofreciendo un filme tan bello, minimalista, interesante, pretencioso, aburrido e hipnótico como sus anteriores obras, si bien en esta ocasión mucho más penetrante, merced a la participación del mítico actor francés Jean-Pierre Léaud.

Cuarto largometraje de ficción del catalán Albert Serra, tras habernos regalado la posibilidad de asistir a las treguas en el camino de don Quijote y Sancho –Honor de caballería (2006)–, a las reflexiones y los respiros de los Reyes Magos en su largo viaje hasta Belén –El canto de los pájaros (2008), o las peripecias de un Casanova convertido en Drácula en la Francia de finales del XVIII –Historia de mi muerte (2013)–. País donde se ha quedado para su nueva obra, La muerte de Luis XIV (2016), en la que dedica los 115 minutos de metraje a recrear la muerte del «Rey Sol» a causa de una pierna devorada por la gangrena, enfermedad que le fija en la cama y en la desesperación, mientras la Corte le mima y la Ciencia se tira de los pelos. Una muerte que Serra filma como si estuviera firmando un certificado de defunción, dando testimonio veraz de los agónicos días finales de la vida del rey, inspirándose para ello en las memorias históricas del duque de Saint-Simon y del marqués de Dangeau, dos de los nobles que encontramos junto al lecho monárquico durante la película.

Un filme tan bello, minimalista, interesante, pretencioso, aburrido e hipnótico como los anteriores, si bien algo más ajustado y mucho más penetrante, gracias a la participación de otro noble –esta vez del Cine– en el proyecto, Jean-Pierre Léaud, que encarna a «Luis el Grande» con majestuosa gracia. Una interpretación embriagadora e insondable, que pone a prueba los límites de la écfrasis, de la capacidad de aprehender mediante el Verbo lo que se presenta en forma de Imagen, brindándonos un recital de gestos mínimos en su extensión pero tremendamente complejos en su constitución, donde hastío, lamento, aceptación, incredulidad, conmiseración, patetismo y complacencia se dan la mano en un todo que apunta a la nada, tan acertado en su confección como inefable de cara a su descripción, que por más adjetivos movilice nunca consigue delinear adecuadamente con palabras lo que el mítico actor francés logra con las facciones de su cara y los gestos de su cuerpo. En las imágenes donde se encuentra con los perros o la escena donde saluda con el sombrero hay más verdad y misterio que en todas las superproducciones hollywoodienses contemporáneas.

Cine de cámara, en todos los sentidos. Porque el drama no sale del aposento regio, de una asfixiante habitación del inabarcable palacio de Versalles, donde compartimos sábanas y suplicios con el rey postrado, mientras la oscuridad consume progresivamente su pierna. Porque sus pesares y suspiros son recogidos al detalle por una cámara decidida a mantenerse a su lado con insidiosa determinación, como en esa Lamentación sobre Cristo muerto de Mantegna, consiguiendo a la vez dramatizar la muerte mediante una perspectiva agresiva que afirma con rotundidad su carácter definitivo, y desdramatizarla merced a una proximidad que niega su excepcionalidad, dotándola de carácter humano. Pasamos tanto tiempo en esa habitación que el hedor de la pierna putrefacta comienza a invadirnos, a asediarnos, alineándonos con el monarca en la repugnancia. Y junto a nosotros toda una corte de aduladores que recibe cada ademán real como un amanecer, lo que Serra aprovecha para convertir la fidelidad histórica en ventana al absurdo, con buenas dosis de guasa encubierta. Lo que ayuda a digerir la obra, de difícil desarrollo pero gratificantes logros.

Una cámara a la que el propio monarca dirige una mirada categórica e insistente, a ritmo del Réquiem de Mozart, con la que nos interroga sobre su propio deceso. Y cuya superficie ha tratado Jonathan Ricquebourg con radiantes consecuencias, combinando velas titilantes y penumbras infaustas para cargar unas composiciones que recuerdan los claroscuros de Caravaggio, La lección de anatomía inmortalizada por Rembrant e incluso La muerte de Marat pintada por David, en la que, como en la habitación del rey absoluto, lo más funesto de la imagen no es el cuerpo lacerado que ocupa su centro, sino ese bloque de pura oscuridad que se cierne sobre él ocupando toda la porción superior de la composición, con anhelo de conquistarla por completo. Formas que representan la nada, las tinieblas a las que se enfrenta en cuerpo y alma el soleado monarca, cuya luz se apaga poco a poco ante nosotros. Adiós.

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