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Estreno

Un drama penetrante y gélido que se desarrola en una Polonia invernal ‘Las inocentes’, entre el acto y el auto de fe

La última película de la francesa Anne Fontaine se presenta como un drama monástico sobre las dificultades de la fe religiosa y las oscuridades del alma humana

De producción francopolaca, la última película de la (antes) actriz y (ahora) directora francesa Anne FontaineNathalie X (2003), Coco, de la rebeldía a la leyenda de Chanel (2009), Dos madres perfecta (2013)–, Las inocentes (2016), se inscribe entre la serie de obras que en los últimos años vienen conformando prácticamente un ciclo de relatos monásticos, entre los que destacan la (también) francesa De dioses y hombres (Xavier Beauvois, 2010) y la (también) polaca Ida (Pawel Pawlikowski, 2013). Ciclo al que se une contando una historia que poco tiene de cuento: las desventuras reales de un grupo de monjas polacas que quedaron embarazadas tras ser retenidas y reiteradamente violadas por un destacamento del Ejército ruso, en las postrimerías de la II Guerra Mundial.

Atrocidad que esconden con celo, como si estuvieran sujetas al secreto de confesión, por miedo a que el escándalo público las suma en la humillación y desbarate la congregación, a pesar de que el mayor de los terrores resulta ya ineludible, porque no existe disimulo posible ante Dios. Un Dios al que ellas también juzgan, o cuanto menos cuestionan, por incluir entre sus designios semejante trauma, versión cuanto menos grotesca de la Divina Providencia, por algunas percibidas como una dura prueba sus creencias, por otras casi como un auto de fe.

Solo aceptan la asistencia y guarda de un ángel francés, una joven enfermera (Lou de Laâge) de la Cruz Roja que hará las veces de matrona inexperta de las hermanas gestantes y madre superiora de las hermanas restantes. Enfermera que pone en riesgo su puesto e integridad por ayudar a las religiosas, para las que el parto resulta ser el menor de sus problemas, sumergiéndonos la película lenta –quizás demasiado– pero inexorablemente en el abismo de dudas, miedos y anhelos que se abre ante las monjas, esbozando un amplísimo abanico de preguntas (sin respuesta, sin solución) sobre los límites y las perversiones de las creencias religiosas, sobre todo cuando éstas se enfrentan cara a cara, cuerpo a cuerpo, con el trauma psicológico, la naturaleza fisiológica y los horrores de la existencia. Es decir, cuando se hace palpable eso de que el hombre puede ser un lobo para el hombre. Porque aquí los lobos no solo visten uniforme de soldado sino también piel de cordero, y algunos de los gestos más bárbaros surgen de la compasión y la devoción extrema.

Un drama penetrante, gélido como esa Polonia invernal en la que transcurre la historia, inclemente como los sucesos reales que retrata y en ocasiones tan abatido como sus traumadas protagonistas, donde lo más interesante se recuerda con algún quejido pero se desarrolla en el silencio de la vacilación. Con unas interpretaciones potentes y una fotografía imponente, tanto en los desvencijados interiores como en los boscosos exteriores (cuyas hojas filtran la luz como las vidrieras de una catedral), la película se desarrolla en espíritu como una sucesión de diálogos (“en el principio era el Verbo”) de las protagonistas entre sí, consigo mismas y con Dios (que viene a ser una y la misma cosa). Pero además trama su acción con una eficacia que exige poca fe para resultar convincente.

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Gabriel Domenech

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