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Estreno

Una obra del portugués Miguel Gomes en tres entregas‘Las mil y una noches’ portuguesas

Miguel Gomes presenta una hipnótica obra resuelta a hablar sobre vidas en crisis en clave de cuento.

Llega a las pantallas la segunda entrega de Las mil y una noches (As Mil e Uma Noites, 2015), del portugués Miguel Gomes (Aquele Querido Mês de Agosto, Tabú). Una obra sencilla pero inconmensurable, de unas seis horas y media de hipnótico metraje, que el director ha dividido en tres volúmenes: El inquieto (en cines desde el pasado viernes 3 de junio), El desolado (10 de junio), y El embelesado (17 de junio). Una trilogía resuelta a hablar sobre vidas en crisis en clave de cuento, a golpe de anécdotas, dramatizaciones y confesiones. Consiguiendo atrapar al espectador en ese juego narrativo entre la ficción y la actualidad, el mito y el documental, la lírica y el texting, la austeridad y el esplendor.

La obra se abre en flor a un sinfín de historias dentro de historias dentro de historias, como ocurría en esas mil y una leyendas que Scheherezade contaba noche tras noche al sultán Shahriar. Pero la inspiración en el clásico universal de la literatura árabe es más fantasmal que material. Se deja palpar en la retórica, en algunas derivas temáticas y sobre todo en la estructura de la película, con esos relatos enmarcados y entremezclados entre sí. Pero Gomes deja de lado las leyendas originales para narrar historias extraordinarias de portugueses comunes, en un intento de perfilar la experiencia vital de una comunidad desesperada por esta crisis presente y las crisis de siempre, sin dejar de encontrar cierta ilusión en lo mundanal, que es lo único que les mantiene a flote.

Una serie de relatos presentados para el deleite del espectador, con los que deberá negociar su interés, porque no siempre conseguirán atrapar su curiosidad. Es lo que pasa cuando te adhieres a la vida para contar tus historias, por mucho que las fabules: que te contagias de sus ritmos, con sus tedios y sus fulgores. Pero de lo que no cabe duda es de que todo espectador entregado encontrará algún pasaje a su medida, que seguro le cautivará. Como la comprometida y graciosa introducción a manos de un Gomes tan meditabundo como escurridizo. El cuento surrealista del gallo obstinado. El ardiente romance a tres de unos jóvenes cruzados por la pasión. Los mansos pasatiempos del indomable Simão. O esa muerte en vida de los dueños de Dixie. Por poner algunos ejemplos de los dos primeros volúmenes, a falta de visionar el tercero, que se augura igualmente prometedor.

La película tiene una factura impecable, a pesar de la austeridad de sus medios. Los actores aportan el discreto encanto del anonimato y la cruel fisionomía de la realidad, con unas carnes y unas miradas que revelan los surcos que la vida han dejado sobre ellos, por los que el espectador está invitado a pasear. La fotografía siempre resulta abrumadora, con unas composiciones sugerentes que nos invitan a imaginar el mundo que se extiende mucho más allá de los confines del plano, y se muestra obsesionada por esos cuerpos lacerados que presenta, por sus apariciones, acciones y ausencias, hasta convertirnos en partícipes de su obstinación. El diseño de los textos que aparecen en pantalla es impecable, en su elegante sencillez, y los títulos de cada nuevo segmento siempre suelen aparecer tras una potente imagen a modo de gancho scheherezadiano de la narración por venir. La seductora voz de la narradora resulta narcótica, meciendo tiernamente al espectador con su recitar, y las palabras que declama son profundamente poéticas. Y la bizarra selección musical en ocasiones juega al contraste, extrañando el material que puntúa, y generalmente persigue el énfasis, animando unas imágenes que nunca dejan de vibrar.

 

Una película que trasciende cualquier mensaje, porque en última instancia, por encima del coctel de emociones que produce, persigue establecer una relación de intimidad y embeleso con esas vidas a las que se adhiere, a pesar de sus rugosidades y dobleces. En su deambular narrativo, el director transita un vasto continente de tonos, desde la sátira y la comedia del arte al cuento exótico y la escena surrealista, aunque generalmente se adhiere a la realidad más imperante, basculando entre lo romántico y los descarnado. La remisión al pasado por la vía literaria lleva a que el texto en ocasiones caiga en salvajes anacronismos, especialmente en cuestiones de género, que el  director pone en escena con vocación a la vez lúdica y crítica; pero también sumerge esa realidad sórdida del presente en la magia del sueño, venciendo la miseria con candor. Y todo ello para terminar entretejiendo una larga serie de descubrimientos, decepciones, resignaciones, esperanzas, primeras veces y últimas voces, que se suceden y solapan infatigables, hasta dibujar una cartografía de la vida, con sus luces y sus sombras.

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