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Estreno

La historia sigue los quehaceres delictivos de una larga serie de personajes“Suburra”: bajo los adoquines, el fango

Stefano Sollima ofrece con ‘Suburra’ otra dosis del mejor cine criminal a la italiana

Suburra (2015) bien podría haber sido el extenso piloto de una nueva y prometedora serie sobre la mafia –lato sensu– en la Italia actual. Producida por Netflix y dirigida por el italiano Stefano Sollima (A.C.A.B.: All Cops Are Bastards), que lleva años curtiéndose en la ficción televisiva (Roma Criminal, Gomorra), la historia sigue los quehaceres delictivos de una larga serie de personajes cuyos caminos se cruzan “abruptamente” en el centro de la telaraña que les vincula, ese submundo criminal que se teje bajo Roma y alrededores, donde los peones se sacrifican sin cesar y los reyes se suceden periódicamente en mansiones suntuosas y despachos eminentes.

Una narrativa que el director podría estirar y estirar a capricho, pero colapsa con destreza, consiguiendo una obra lo suficientemente autoconclusiva para ser sentida como una película cerrada, independiente, satisfactoria, y a la vez sobradamente dispersa para que sea percibida como un mero pasaje de la historia interminable de esta Ciudad Eterna.

La película relata, en definitiva, uno de esos episodios de crisis en el submundo mafioso, cuya estabilidad es tan cíclica como la del sistema capitalista que lo ampara. Una narrativa en red que más vale seguir de cerca que comprender en resumen, aunque aquí se intenten dar algunas pinceladas sobre las líneas argumentales que la conforman. Por un lado tenemos a un político de altos vuelos y bajos estándares (Pierfrancesco Favino), que tras una noche de farra termina compartiendo un comprometedor secreto con una familia gitana de inclinaciones criminales (Adamo Dionisi y Giacomo Ferrara), deseosa de sacar tajada.

Pero claro, el político es piedra fundamental en un macro-proyecto que pretende reformar la zona costera de Ostia para convertirla en el Las Vegas de Italia, y no hace falta haber visto muchas películas sobre la mafia para entender que a esto del juego todos le quieren hincar el diente. Sobretodo un avejentado pero temible capo local, Samurai (Claudio Amendola), que controla al político y a media Roma, pero teme perder el control de la otra mitad, a la que intenta doblegar. Mitad entre la que se incluye la pareja de ambiciosos jovenzuelos (Alessandro Borghi y Greta Scarano) que reina en Ostia, a los que no les apetece compartir el pastel con sus vecinos de la gran ciudad. Entre todos ellos bandea un debilucho rey de la noche italiana (Elio Germano), al que todos empujan de un lado a otro con talante abusón. Su amiga prostituta (Giulia Gorietti), a la que varios desean cazar. Y una decena de peones más.

El suburra que da título a la obra hace referencia a la mugrienta área de tabernas y burdeles que al parecer rodeaba la Roma antigua, y a la que acudían los nobles ricachones para satisfacer sus vicios y contratar a sus sicarios. Práctica aun de lo más actual, según Sollima, que con su filme pretende diseccionar todo el sustrato criminal de la ciudad con afán realista y pero resonancias casi bíblicas, desarrollándose la firme trama en el contexto de unas lluvias torrenciales que amenazan con desbordar el Tíber y una abdicación papal que insinúa con desbaratar la Fe. En cualquier caso, más allá de esos aires de grandeza y esos enredos vertiginosos, el director consigue controlar su narración con mano firme, gracias a un guion sólido, unas actuaciones compactas, una fotografía densa –en la mejor versión del noir digital–, un montaje robusto y una dirección concluyente, que sabe arrastrarnos de una tensa conversación entre espressos a una sangrienta carnicería entre vapores, arrastrándonos por el fango que se esconde bajo el milenario pavimento de la capital italiana.

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