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Estreno

La quinta película de Rebecca Miller se presenta como un tragicomedia indie tramada con buen gusto y concluida con gran paladar ‘Maggie’s Plan’, buen cine indie

Quinta película de la directora y guionista Rebecca Miller, hija del gran dramaturgo Arthur Miller y la laureada fotógrafa Inge Morath. Cine indie americano hecho con todas las de la ley, en factura y temática. Lo que de antemano a muchos puede horrorizar, pero que en este caso a todos debería animar, porque ofrece lo mejor que se puede esperar de esta categoría genérica, gracias a un guion inteligente y unos actores en estado de gracia, entre los que destacan la maravillosa Greta Gerwig y los magníficos Ethan Hawke y Julianne Moore. Cine franco.

Quinta película de la directora y guionista Rebecca MillerAngela (1995), Intimidades (2002), La balada de Jack y Rose (2005), La vida privada de Pippa Lee (2009)–, que además acostumbra a escribir sus propias historias (no en vano es hija del gran dramaturgo Arthur Miller), sin ínfulas de estricto realismo pero gran apego a lo real (no en vano es hija de la gran fotógrafa Inge Morath). Cine indie americano hecho con todas las de la ley, en factura y temática. Lo que de antemano a muchos puede horrorizar, pero que en el caso de Maggie’s Plan (2015) a todos debería animar, porque además de contar con un elenco de actores en estado de gracia –la maravillosa Greta Gerwig como protagonista, dos actores de la talla de Ethan Hawke y Julianne Moore como comparsas, y una serie de estupendos secundarios como Bill Hader y Maya Rudolph–, la directora consigue desarrollar sus contenidos sin los ademanes más irritantes del cine indie más mainstream, sin peculiaridades forzadas ni embrollos incrédulos, sino con fluidez narrativa, inteligencia emocional y sobre todo mucha franqueza, lengua franca por excelencia.

A favor del mejor cine indie americano, especialmente el de corte urbanita-neoyorkino, hay que alabar su capacidad para crear fábulas poderosas a partir de planteamientos minúsculos, mundanos, que bien podrían habérsenos ocurrido a muchos en una animada charla de tasca, pero a partir de las cuales consiguen siempre estirar una trama elaborada e integrada. No en vano se inscriben –aunque sea en los márgenes– en el ámbito creativo de la intriga, el guion, la confección argumental, que encuentra en Hollywood su meca. Lo que en muchos casos les juega una malísima pasada, al verse encorsetadas sus historias por unos patrones de manual que terminan asfixiando las líneas narrativas, en exceso amoldadas a la exigente métrica de la narrativa canónica (léase giros narrativos cada X minutos, transparencia psicológica, conflictos en crescendo, etc.). Pero no es el caso.

Miller plantea una historia de premisa sencilla: una joven urbanita en buena situación laboral pero con mal historial sentimental planea ser madre soltera a toda costa, hasta que el destino la cruza con un profesor casado que fecunda su imaginación, asegurándose en adelante el embrollo. Y desarrolla su historia sin especiales intrigas pero loable ingenio, consiguiendo que la semilla inicialmente plantada germine progresivamente de forma orgánica, con algunas complicaciones peculiares pero pocas ínfulas de singularidad, evitando así otro de las lastres esenciales del cine indie: esbozar personajes marginales, diferentes, raritos que se quieren tan singulares que resultan sintéticos, que se pretenden tan carismáticos que resultan una carga. No, en esta ocasión no hay querencia por la distinción a toda costa, sino sinceridad hacia la imperfección con todos sus costes, gracias a unos personajes cariñosamente perfilados en sus confusiones y contradicciones vitales, lanzados a una historia de enredos sentimentales con panache woodyallenesco, con menos garra que el mejor cine del cómico judío, pero desde luego similar entonación.

Un relato sin aspavientos formales, donde el estilo se amolda al drama. Solo hay un plano de merecida atención, un primer plano de Hawke girándose a cámara tras tomar la decisión de abandonar la casa de Gerwig durante su primera visita, situándonos la narración en un punto mucho más próximo al personaje de lo esperado por el juego de composiciones previamente establecido, consiguiendo así abalanzarlo afectivamente sobre nosotros en un momento en que la protagonista fantasea con que se arroje cariñosamente sobre ella. Un plano sencillo pero efectivo, que destaca en una película por lo demás humilde en sus intenciones estilísticas, que simplemente busca dejar hacer, dejar contar, dejar avanzar la historia. Que no es poco.

Cine sin manierismos formales ni agendas morales, a pesar de su amable final. Porque ciertamente se puede denunciar la incapacidad de este tipo de películas a la hora de arrastrar a sus personajes por el fango, por más que los directores se lo propongan –van tres quejas–. Si el mainstream americano tiende al happy ending, donde todo culmina a las mil maravillas, el indie siempre parece inclinarse hacia el sympathetic ending, donde todo concluye en la aceptación de los imposibles y la decisión de encontrar lo encantador en los posibles. Una lección en ocasiones impostada, que generalmente hace fruncir el ceño en señal de enfado, ante lo edulcorado de la propuesta. Pero que en este caso consigue liberar una sonrisa, por la sinceridad y naturalidad con que todo se ha fabulado. Al fin y al cabo, como acusa el dictum rollingstonero por excelencia: “You can’t always get what you want, but if you try sometimes well you just might find you get what you need”. Una conclusión a la que solo se puede llegar desde la honestidad. Y Miller nos invita a ello.

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