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Estreno

Un thriller poderoso y tremendamente fresco, a pesar de la aridez de los espacios temáticos y geográficosNunca es ‘Tarde para la ira’

El debut de Raúl Arévalo tras la cámara se presenta como uno de los mejores thrillers españoles de las últimas décadas.

Debut como director y guionista –junto a David Pulido– de Raúl Arévalo, Tarde para la ira (2016) se presenta como un thriller poderoso y tremendamente fresco, a pesar de la aridez de los espacios temáticos y geográficos por los que se desarrolla su historia. Una descarnada fábula sobre la venganza sin pretensiones moralistas ni secuestros emocionales, que no busca encontrar en el espectador un cómplice en el deseo –como es habitual en las películas de rape-and-revenge, y similares–, sino un acompañante en el proceso.

La historia es simple, pero efectiva. Un hombre de vida grisácea y rictus impertérrito (Antonio de la Torre) lleva esperando que uno de los ladrones (Luis Callejo) implicados en el violento robo que acabó con la vida de su novia salga de la cárcel, tras ocho años de condena. Fue el único acusado por el trágico suceso y el menos culpable de su funesto desenlace, dado que su función era simplemente conducir el coche de la fuga. Pero conoce al resto de implicados, nombres que ha evitado dar a la policía por las buenas, pero que el protagonista ha planeado sonsacarle por las malas. Y así, involucrando bajo falsos pretextos a su novia (Ruth Díaz), fuerza a que el recluso, una vez liberado, no solo delate a sus antiguos compinches, sino que le ayude a buscarlos y liquidarlos, uno a uno.

Desde luego el cuerpo del relato supura ira a través de todos sus poros. Una ira contenida, sudorosa, que se manifiesta en contadas ocasiones pero con furiosa expresividad. Una ira omnipresente y pluriforme, hasta el punto de que se podría ver la película –jugando al divertido juego de la exégesis– como una larga reflexión sobre las diferentes formas en que esta emoción primaria –en todos los sentidos–se origina y manifiesta, el modo en que entronca y se combina funestamente con otras emociones igualmente básicas e ineludibles –la sorpresa, que explica la muerte durante el robo; el dolor, que empuja la venganza; el miedo, que motiva la participación del convicto en el plan–, e incluso se articula con los discursos de género imperantes –como el del macho–.

Pero tampoco hace falta buscarle cinco patas al gato, en este caso más bien tigre. El filme es lo que es: un thriller musculoso de escenas construidas con salvaje naturalidad e hilvanadas con afilada garra. Y consigue con creces lo que se espera de él: cazar al espectador desde sus primeras imágenes, arrastrándole por una narración que se desarrolla como un largo gruñido y estalla en ocasional rugido, que modula sus diálogos para hacerlos creíbles y administra sus giros para volverlos infalibles. Con unos actores en gracia (pocas veces se ven, por desgracia, escenas de barrio tan verosímiles y carismáticas), una cámara con nervio (que contagia ímpetu), y una banda sonora sin florituras (que privilegia la ráfaga a la melodía), Tarde para la ira se sitúa, sin duda, en lo más alto del ranking de los thrillers españoles de las últimas décadas.

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