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Estreno

Épica introspectiva sobre el viaje de dos jesuitas al Japon del siglo XVII en busca de su mentor y de DiosEl ‘Silencio’ de los corderos, los pastores y Dios

Una película épica intimista centrada en el viaje a Japón de dos jóvenes sacerdotes jesuitas en el siglo XVII,.

A pesar de sus 74 castañas, nadie puede negar que Martin Scorsese sigue en plena forma. Sus thrillers más mediocres de los últimos años –Infiltrados (2006), Shutter Island (2010)– destacan sobre la mayoría de obras del género producidas en la última década, ha participado en el desarrollo de dos de los proyectos –Boardwalk Empire (2010), Vinyl (2016)– más poderosos del panorama televisivo contemporáneo, y con El lobo de Wall Street (2013) consiguió pulverizar cualquier atisbo de sospecha de un posible ablandamiento septuagenario –La invención de Hugo (2011)– por el camino de la adrenalina, ofreciendo una suerte de Wall Street (1987) con el pulso de Uno de los nuestros (1990), que ya es decir. La película además se granjeó el merecido fervor tanto de la crítica como del público, consiguiendo unas abultadísimas recaudaciones de taquilla que, decididamente, le han facilitado desarrollar su último y personalísimo proyecto.

Basada en una obra del escritor japonés Shusaku Endō, adaptada al cine con anterioridad por Masahiro Shinoda y Joao Mario Grilo, y con la cual el director parece haber estado obsesionado desde la época de su primera película de temática explícitamente religiosa, La última tentación de Cristo (1988), Silencio (2016) cuenta la historia de dos sacerdotes jesuitas del siglo XVII (un inspirado Andrew Garfield y un raquítico Adam Driver) que, tras recibir la dudosa noticia de su apostasía, viajan desde Portugal a Japón en busca del que fuera su mentor (Liam Neeson, aquí dedicado a entregar hostias consagradas en lugar de hostias desangradas). Recorrido que se convertirá en un intenso via crucis físico, dada la cruel persecución a la que son sometidos los católicos por las autoridades locales, que observan en los dogmas cristianos una amenaza contra las estructuras de poder y orden feudal. Pero sobre todo en un tormentoso Calvario espiritual, al asistir a unas miserias y torturas que ponen en cuestión la utilidad y la validez de la propia fe. Porque es ahí, ante el cuerpo que sangra, llora, gruñe, traiciona e intenta resistirse, al final sin éxito, donde aparecen las dudas, las culpas, las lindes del creer.

En este sentido, Scorsese y el guionista Jay Cocks –La edad de la inocencia (1993), Gangs of New York (2002)– plantean una película que hace honor a su título. Desde el punto de vista temático, aprovechan los materiales para construir una profunda e introspectiva reflexión sobre el alcance de la fe, el valor del martirio, los límites del perdón y los abismos que obstaculizan la transferencia de ciertas ideas abstractas entre culturas con diferentes cosmovisiones, poniendo en juego una incesante circulación de preguntas que no reciben respuesta, o mejor dicho, que no reciben por respuesta más que un sentido silencio: silencio de Dios ante las plegarias de sus fieles, silencio de los pastores ante las dudas de su rebaño, silencio de los oprimidos ante las exigencias de sus torturadores, silencio de la conciencia ante el bullir de la propia identidad.

Y así durante casi tres horas, en las que se discute eternamente la trascendencia de Dios desde la inmanencia del cuerpo lacerado. Un metraje a lo largo del cual el director pone igualmente a prueba la fe del espectador en el propio relato, su paciencia, su compromiso y su resistencia, alternando una fotografía de paisajes preciosa, que hacen de Japón tanto el Paraíso terrenal como el décimo círculo del Infierno, con una puesta en escena que insiste en la corporalidad de su drama, enfatizando las facciones arrebatadas y las manos agrietadas de sus sufridos personajes, siempre abiertas a la espera de algún regalo o bendición que dé consuelo a sus.

Un filme en el que rasgos de esperanza y huellas de barbarie se dan la mano y se enfrentan cara a cara, a veces con vocación trascendente, a lo La pasión de Juana de Arco (Dreyer, 1928), en ocasiones con proclividad obscena, como ocurría en La pasión de Cristo (Gibson, 2004), pero sobre todo, a pesar de su querencia por la reflexión teológica, como un drama intensamente humano que recuerda al gran cine de David Lean, a esos enfangados trayectos narrativos por la lucha, el sacrificio, la entrega, el sufrimiento, la decepción, la aceptación y la dignidad que el director inglés tan bien supo poner en imágenes –El puente sobre el río Kwai (1957) y Lawrence de Arabia (1962)–, y que ahora el cineasta de neoyorkino nos invita a revivir.

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