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Estreno

El veterano cineasta alemán prosigue su ya dilatada carrera con un otoñal melodrama románticoVolker Schlöndorff filma su ‘Regreso a Montauk’

'Regreso a Montauk' ofrece una reflexiva crónica de los devaneos sentimentales de un escritor ya maduro, a raíz del encuentro con un amor pasado en la ciudad de Nueva York.

Pocos currículos en el mundo del cine pueden sostenerse con tanto orgullo como el de Volker Schlöndorff. Ayudante de dirección de grandes como Louis Malle o Alain Resnais, colaborador del reivindicable documentalista Jean-Daniel Pollet, y realizador clave del llamado Nuevo Cine Alemán junto a compañeros de generación como Werner Herzog o Rainer W. Fassbinder, su carrera llegó a su culmen con la adaptación de El tambor de hojalata de Günter Grass, con la que obtuvo la Palma de Oro en Cannes y el Oscar a la Mejor Película Extranjera en 1979. El realizador regresa ahora “a Montauk”, pero no parece que su pasado prestigio pueda rescatar su nueva película de la mediocridad.

Regreso a Montauk (2016) supone una nueva entrega en una carrera, la de Volker Schlöndorff, que atesora tanto prestigio como reformulaciones y altibajos. Cuesta reconocer al cineasta de la seminal El joven Törless (1966)El honor perdido de Katharina Blum (1975) en el de El tambor de hojalata (1979) o las incursiones en Hollywood Muerte de un viajante (1985) o Seducción letal (Palmetto, 1998), o en de las recientes Diplomacia (2014) y la película que nos ocupa.

En su viraje desde la agresividad discursiva y formal que caracterizó a la Nueva Ola alemana de los años sesenta hasta la pulcritud estética en la que ha devenido su veta recurrente, la adaptación de renombradas obras literarias (en su haber cuenta con transposiciones a la pantalla de Marcel Proust, Robert Musil, Heinrich Böll, Günter Grass, Margaret Atwood o Max Frisch, a cuyo universo vuelve en Regreso a Montauk), Volker Schlöndorff ha transitado el camino de muchos cineastas europeos de prestigio: del riesgo y la consagración a la itinerancia y el enquistamiento expresivo.

Su bien ganada fama le ha permitido viajar por gran parte de los circuitos del cine occidental, y muchas de sus películas han sido posibles gracias a la participación de capital de países como Francia, Reino Unido, EE.UU. o Canadá. Ahora bien, si aún el cine de este veterano director es capaz de interesar al público, como atestiguó su anterior Diplomacia, que tuvo una buena buena acogida internacional, no parece que su estilo conserve la pegada de antaño.

Regreso a Montauk es una adaptación de un libro de Max Frisch (autor ya abordado previamente por Volker Schlöndorff en la insuficiente Homo faber, de 1992) a cargo del propio cineasta y del prestigioso escritor Colm Tóibin. A ello se une el trío de actores Nina HossStellan Skarsgård y Niels Arestrup en el reparto, y la participación musical de Max Richter en la banda sonora. Pero, como bien sabemos, una ristra de nombres con pedigrí no asegura un resultado de campanillas.

Es el caso. Las peripecias de Max Zorn (Skarsgård), que viaja a Nueva York para promocionar su nuevo libro, no levantan el vuelo al no ofrecer, ni argumental ni estilísticamente, nada diferente de un telefilme de sobremesa made in Austria, de los que podemos ver cada fin de semana en las tardes de nuestras cadenas públicas.

Los recuerdos del maduro escritor y su encuentro con un amor fallido (Hoss) y con un misterioso colega coleccionista de arte (Arestrup), además de con su actual mujer (Susanne Wolff), que vive y trabaja en Nueva York, resultan un conjunto de tópicos en torno a las relaciones de pareja, la infidelidad, la imposibilidad de revivir lo pasado y otros etcétera. La interpretación del elenco es correcta pero lánguida, y la escritura fílmica de Schlöndorff no pasa del más inane academicismo. A la película no solo le pesan otros títulos que han abordado las problemáticas antes citadas con mucha más originalidad y garra (pongamos que hablo de todo el Bergman de los años setenta), sino que también algunos de sus giros argumentales levantan la sospecha de cierta ranciedad: el sentimiento de culpa de la mujer que ha elegido una carrera laboral en lugar de una vida volcada en su(s) pareja(s) es, como comentábamos algunos colegas a la salida de la película, un típico tópico de raigambre machista.

Solo algunos tramos (la primera secuencia, con el protagonista recitando a cámara, o el momento en que flashback y tiempo presente se unen, merced a una explicación en off, en una misma toma) nos hacen adivinar al Volker Schlöndorff que realizó La repentina riqueza de los pobres de Kombach (1971). Apenas vemos aquí más que a un cineasta atrapado en una historia tópica y aburrida, que enfrenta con estilo simplemente correcto.

La película, incluida descabelladamente a competición en el Festival de Berlín de 2016, fue curiosamente recibida con alborozo por el público local. Puede que a este crítico se le hayan escapado algunos de los valores del filme, y que la audiencia española tenga parecida reacción a la germana. Esperemos, en todo caso, que la acogida positiva de la que aún goza Volker Schlöndorff le permita emprender proyectos de mayor enjundia y superior inspiración, de los que sabemos que es capaz de llevar a cabo.

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