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OBRA DE ROSA Y VIEIRALa envolvente atmósfera del Hotel Valverde de Lisboa

En plena avenida da Liberdade, destaca por su decoración y la amable atención de su personal

Portugal es uno de los destinos de moda, que además ha resultado ganador del último certamen de Eurovisión, gracias a la canción de Salvador Sobral. En general, el país luso goza de buena salud en el terreno de frecuentación turística. Los hoteles de alta gama son los elegidos por una parte importante de los visitantes. Uno de ellos, relativamente nuevo –abrió en 2014–, es el Valverde. Se halla en el número 164 de la avenida da Liberdade, los Campos Elíseos de Lisboa. Un edificio de 6 plantas, con veinticinco habitaciones, cuya dirección ocupa una diligente mujer, Adélia Carvalho.

El día que llego, no se encuentra en el hotel, pero todo el personal está al corriente. Es una gran casa, en todos los sentidos. Jóvenes vestidos con prendas sport chic de Lacoste –recordemos que el director artístico de la casa de moda es el portugués Felipe Oliveira Baptista–, percibo desde el primer momento un ambiente en el que se ponen de relieve la amabilidad y las atenciones, que lo acompañarán a uno durante toda su estancia.

La cálida atmósfera interior del Valverde de Lisboa es obra de los lusos Diogo Rosa Lá y José Pedro Vieira, de diseño atemporal. Un acierto el estilo por el que han apostado, con un mobiliario contemporáneo, acompañado de objetos de los años 50 y 60; un estilo, en suma, que no envejece rápido, que no da la impresión a los pocos años de que el hotel necesita una renovación decorativa. Es de algún modo “discreto y eventualmente nostálgico”, como indican. La escalera acapara gran parte de mi atención: de robusto hierro, blancamente bella, con unas formas sublimes y enmoquetada.

Se palpa que el deseo en el terreno decorativo ha sido el de crear una atmósfera que más que a un hotel recuerde a una gran vivienda privada. Para ello, en lo relativo a cuadros, han apostado por diferentes épocas, desde el siglo XVIII a las décadas de los 30 y 40 del XX. Si bien la mayoría de muebles provienen de Italia, cuna del diseño de calidad, no se percibe un ambiente italianizante, sino sobrio, que está en Lisboa, pero que igualmente podríamos encontrarlo en Nueva York o Buenos Aires, por mencionar dos ciudades. Los muebles son de colores cálidos y seleccionados para dar a cada espacio su personalidad.

Me hechiza el salón, cercano a la recepción –un espacio este en el que el huésped se sienta, algo que se agradece, cuando se llega de viaje y con maletas–, como si fuera una parte más de la casa. Si las habitaciones no son muy grandes, ganan por su comodidad, en un hotel en el que los tejidos provienen de grandes como Dedar o Manuel Cánovas, como ejemplo, y las pasamanerías de la Fundación Espirito Santo de la capital, aportando estas el gran toque artesano.

La sonrisa de Adélia la descubro a la mañana siguiente. Es luminosa, como ella, una mujer solar, generosa, atenta, como multitud de gentes del país vecino, sorprendentemente el gran desconocido para muchos de nosotros; el pequeño gran hermano, que supera crisis, por su alma trabajadora, por su industria… y, sí, ese turismo que ojalá siga por mucho tiempo haciendo de Portugal y de su capital uno de los destinos, más que de masas, de calidad.

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