El Hedonista El original y único desde 2011

“Para ser realmente grande, hay que estar con la gente, no por encima de ella.”. Montesquieu

Menu abrir sidebar

Hoteles

TIENE CASI 90 AÑOSEn el Monte-Carlo Beach Hotel: probamos su piscina olímpica y mítica

El lujo de las vistas sobre la mejor cara de Mónaco y el mar, en un enclave que invita a la evasión

No corre el tiempo, sino vuela. El próximo año se cumplirá el 90 aniversario del Monte-Carlo Beach. La de su apertura fue una de esas fiestas que ya ni por asomo tienen lugar. La organizó la tan temida como adorada Elsa Maxwell (1883-1963), y desde aquel momento figuró como uno de los enclaves a frecuentar por la elite. Desde los locos años 20, este hotel de fachada de color terracota, cuyo nombre hace referencia a la capital del Principado, su avenida a la princesa Grace y lo explota una empresa monegasca, está curiosamente enclavado en Francia, en Roquebrune-Cap-Martin. Por eso tiene la mejor vista del Principado, percibiendo desde aquí pocos rascacielos y mucho mar. Lejos del ajetreo de la plaza del casino, de las terrazas y restaurantes muy frecuentados.

Siempre incluí su piscina al aire libre en mi lista de favoritas. Segunda vez que visito el Monte-Carlo Beach, un hotel que nunca olvidaré por un exquisito desayuno que en él degusté, en buena compañía femenina, hace poco más de un lustro. Era finales de verano, pero el sol caldeaba bastante el ambiente. Allí, en la terraza, entre humeantes croissants, pains au chocolat, aromático té… y con las vistas que despiertan cada uno de los sentidos. Confieso que aquella primera vez no me bañé, y no por falta de ganas, sino de traje de baño. Ahora, mi objetivo es zambullirme en ella lo más pronto posible. ¡Zas! Para cuando me doy cuenta me fusiono con su agua de mar filtrada al ozono y depurada, a 26 grados de temperatura.

Siento el lujo del espacio, encontrándome nadando solo en sus 50 metros de largo y 18 de ancho. El astro rey calienta sin abrasar, gracias a que recién estrenamos la primavera y nos hallamos al borde del mar. Pienso en la película La piscina (1969), de Jacques Deray, protagonizada por Romy Schneider y Alain Delon. Aquella pileta, como llamarían los argentinos, era muchísimo más pequeña y la gran parte del film se desarrollaba allí… Esta es gigantesca, y por momentos me percato diminuto entre tanta inmensidad. Confieso que el medio centenar de metros parecen costar al principio pero que, luego, poco a poco, conforme me concentro en cada brazada, no resultan en absoluto imposibles.

Constantemente vigilada –nunca mejor dicho– por La Vigie, la mansión que fuera residencia de Karl Lagerfeld, en la parte más profunda, se llega a los 3,5 metros, ¡qué sería este lugar en los años 20 y 30 de la pasada centuria! Y más tarde, cuando la visitaran Marlene Dietrich, Nureyev y hasta el mismísimo Churchill. Según las imágenes que he visto en blanco y negro, era punto de encuentro de una elite ociosa y al mismo tiempo sedienta de diversión. Un lugar hoy ideal para parejas, y hasta para solitarios, como es mi caso, donde el tiempo parece que se detuvo –otro de sus lujos–.

Posteriormente, Danièle Garcelon, directora de este hotel green, me invita a recorrer las tripas de la piscina, sus catacumbas; un búnker con máquinas, entre las que no faltan, obviamente, ordenadores, y que se halla justo debajo. Es una visita excepcional, la primera vez, y como tal, impacta, a un inmenso lugar donde tres personas trabajan constantemente. Hasta el 15 de abril, la piscina está solo reservada para los clientes del hotel. A partir de entonces, se abre, pero no crean que a cualquiera: se necesita ser socio y abonar por su uso, así como el de sus instalaciones. Es el precio de la exclusividad, la de LA piscina de la Costa Azul, a la que no hace sombra ninguna otra, en cuanto a tamaño y vistas. Ya dije que figura por méritos propios en mi lista piscinera.

Hoteles

Todo esto
y mucho más
en Hoteles
+