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Es profesor de Literatura, articulista, librero y, sobre todo, novelistaRafael Reig: “Un clásico sólo lo es cuando trata de nosotros”

Entrevistamos a Rafael Reig, autor de ‘Señales de humo’. de Tusquets.

Rafael Reig (Cangas de Onís, 1963), profesor de Literatura, articulista, librero y, sobre todo, novelista, ha publicado una docena de novelas, entre ellas ‘Un árbol caído’ (Tusquets Editores). Hace diez años entregó a los lectores una divertida fábula, ‘Manual de literatura para caníbales’ (Debate), donde nos ofrecía, de forma desmitificadora e hilarante, una visión de la literatura en español desde los románticos a nuestros días. Ahora, el autor regresa a esa docencia irreverente de las letras con ‘Señales de humo’ (Tusquets Editores).  Esta vez, los personajes -los escritores- van de la Edad Media a Lope y Cervantes.

Baudelaire, el Arcipreste de Hita, Cavafis… este libro tiene más citas que una página de contactos.

Sí, pero creo que no hay “disciplina inglesa”, aquí a quien lea se le ofrece placer, no sufrimiento ni aburrimiento ni dominación. Esta novela no es una forma de penitencia para mejorar el espíritu, es algo que se lee por placer. Por otro lado, lo que quiero es transmitir la emoción que a mí me ha producido leer y no conozco mejor forma de hacerlo que contar de qué van los libros y citar algo, para que quien lea sienta el deseo de ponerse a leer aquello de lo que le he hablado.

¿Novela, clase de historia, manual literario…? ¿Qué es Señales de humo?

Es una novela sobre la historia de la literatura, sobre escritores y lo que escribían, y una novela sobre el combate entre la cultura popular y la alta cultura, que es también otra historia de lucha de clases. Es al mismo tiempo una novela sobre la lectura, que propone una forma personal y pasional de leer a nuestros clásicos. Un clásico sólo lo es cuando trata de nosotros, los que lo leemos siglos después.

Nos recuerda que Alfonso X el Sabio dice que Aristóteles mostró que todas las cosas son trabadas y reciben virtud unas de otras. ¿Algo así intenta cuando incluye elementos de filosofía, ciencia e historia en su novela?

La literatura trata de la realidad, por tanto, lo incluye todo. Como decía el gran y llorado Umberto Eco, en cada momento de la historia, las diferentes ramas del saber y de la actividad humana guardan un cierto parecido entre sí, un aire de familia, y por tanto se explican unas a otras. En el siglo XV, por ejemplo, la pareja era feudal, una relación de vasallaje. Hoy la pareja es un reflejo de nuestro mercado laboral: precaria, temporal, flexible, con recortes continuos y con despido libre, sin la más mínima garantía de bienestar y cada vez con más parados o gente que no encuentra nadie con quien compartir nada. Por otra parte, me resisto a la tecnocrática especialización: las disciplinas deben comunicarse unas con otras y enriquecerse mutuamente. Es tan penoso que haya economistas que no han leído a Shakespeare como que haya escritores que no saben hacer una regla de tres.

En ‘Manual de literatura para caníbales’ se alcanzaba el clímax con la guerra de las ‘Dos Marías’, entretenimiento frente a minorías, Fernando frente a Javier. Pero en este libro hay más descripción que batalla: ¿No echará de menos el lector una guerra entre Lope y Cervantes en este libro?

La de Lope y Cervantes es una historia de amor póstumo. Como sucede en algunos matrimonios, sólo al quedarse uno de ellos viudo se da cuenta de cuánto quería al otro y qué parecidos eran. Tras la muerte de Cervantes, el viudo (alegre, desde luego) Lope escribió el Quijote de la poesía española: sus Rimas de Tomé Burguillos. En el fondo, Lope y Cervantes son más cómplices que adversarios: se proponían hacer lo mismo, devolver la literatura a la tradición popular. Lo que hay en esta novela son batallas de la misma guerra: clerecía contra juglaría, cortesanos contra bufones, petrarquistas contra poetas malditos, intelectuales de pesebre contra pensadores por libre, teatro oficial contra cómicos de la legua… y así hasta hoy.

¿Qué autor histórico es su personaje preferido? ¿Por qué?

Siempre he sentido afinidad por Lope, pero quizá aquí haya sentido más cariño por François Villon, porque es opaco, imposible de simplificar, refractario a cualquier lectura complaciente. Es un asesino, un ladrón, un borracho y un desgraciado; es un hombre bondadoso, un sentimental, un poeta prodigioso y un bendito; es verdugo y víctima; es mezquino y generoso; y como él decía, lo conoció todo, menos a sí mismo.

¿Su libro debería estudiarse en las escuelas como libro de texto?

¿Sólo en las escuelas? Qué va, qué visión tan limitada: también en universidades, cuarteles, iglesias, burdeles, instituciones penitenciarias, campos de fútbol y en las oposiciones a cualquier puesto de la administración central o autonómica. Hablando en serio, creo que es lo que de verdad falta en nuestra enseñanza: visiones parciales, apasionadas, capaces de contagiar entusiasmo y también de provocar otros puntos de vista y una acalorada discusión.  En las escuelas y universidades se consume demasiado yogur desnatado y muy poco jamón ibérico. Mucha salud, sin duda, pero ni pasión ni placer ni lo más importante: leer por ganas y no porque vaya a beneficiar a tu espíritu.

Nos cuenta que Petrarca quiso aunar vigor histórico con vuelo poético. ¿Es este su intento?

No, el vuelo o aliento poético a mí me suele parecer halitosis. Tampoco creo mucho en el rigor histórico, me interesa más desde dónde leemos la historia y para qué la leemos. Creo que mi libro es más expresionista que documental.

Llama a Cervantes “adulador por papanatismo”. ¿Nos lo explica?

Creo que Cervantes no adulaba sólo por interés (aunque también y a menudo), sino muchas veces por la fascinación que sobre él ejercía la riqueza: pensaba con cierto candor y mucho papanatismo que los ricos eran de mejor calidad que los pobres, casi creía que en general se merecían su patrimonio. La gitanilla, en su modo de ver las cosas, al final tenía que ser de buena familia, puesto que era bella e inteligente.

Lope y Cervantes querían leer literatura de entretenimiento. ¿Y usted?

Como lector soy omnívoro, creo que hay que leer todos los días productos de todos los grupos de la pirámide literaria, como si fuera la alimentaria. Leo novelas con muchas proteínas, hidratos de carbono de best-sellers, novela negra y cosas así, vitaminas poéticas, el dulce de los clásicos y el salado de las novedades. Pero como Lope y Cervantes, creo que la literatura forma parte del entretenimiento. Y lo digo con orgullo. Lo que pasa es que hay quien se entretiene con un partido de fútbol y quien se entretiene leyendo a Tolstói. El sistema prefiere, promueve y premia a los primeros, como es notorio. Así nos va.

La primera novela moderna, nos cuenta, es el Lazarillo, y la segunda, el Quijote. ¿Qué han enseñado al escritor?

El Lazarillo casi todo: la importancia del punto de vista, la sobriedad y economía de medios, la eficacia narrativa. El Quijote, a mí, mucho menos. A mí el Quijote de 1605 me parece una novela más bien floja, llena de grasa y restos sacados de una tupper y recalentados, aunque sea muy divertida y no carezca de interés. El de 1615, como sabía de sobra Cervantes, es otra cosa, una gran novela, de la que se puede aprender lo que no enseña el Lazarillo: la gran escala, la perspectiva amplia, la ambición totalitaria de reflejar el universo, con su polifonía y sus puntos de vista en colisión.

Este es el año Cervantes. ¿Lo va a celebrar?

No es un banco ni estamos hipotecados con Cervantes. Tampoco es una taberna, donde hayamos dejado a beber un par de copas. No le debemos nada, salvo lo que ha escrito, como diría Machado. Y la única forma de saldar esa deuda es leerlo.

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