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Los viajes realizados por el español Domingo Badía en el siglo XIX simulando ser musulmánAlí Bey, el viajero integrado

‘Viajes de Alí Bey por África y Asia’ es una crónica del recorrido por el norte de África y parte de Asia por la que parece no haber pasado el tiempo.

La gran diferencia de Alí Bey con los viajeros de su época es que no fue un mero observador extranjero, sino que se mimetizó con quienes visitaba, se convirtió en uno de ellos. De ahí sus privilegios para acceder a la información.

Hasta el menos aventurero de los turistas ha soñado alguna vez con emular a los últimos grandes viajeros, como Livingstone, Stanley, Burton…, esos que recorrieron el mundo cuando aún quedaban lugares por descubrir.

Los españoles también hemos contado con insignes correcaminos, no solo el mayor de todos los tiempos, Cristóbal Colón, sino otro menos conocido: Alí Bey, con una fascinante vida viajera.

Primero fue Domingo Badía
Por alguna injusticia histórica, Domingo Badía, catalán, de Reus para más señas, no es hoy recordado como se merece.

De su biografía se puede deducir que fue brillante desde pequeñito, porque a los 14 años ya estaba en plantilla del ejército. Debía de ser un chaval muy espabilado o superdotado, aunque en esa época no se hicieran tests para calificar la inteligencia. Había nacido en 1767, en una familia de clase media. Hambre de libros, una gran curiosidad por saber de todo y sus cualidades extraordinarias hicieron que Domingo Badía fuera pronto docto en astronomía, matemáticas, física, botánica, historia, geografía, navegación… Publicaba numerosos ensayos, trabajaba y estudiaba sin parar, era diputado, pero se ve que necesitaba más movimiento.

A los 24 años se casa y convence a su suegro para embarcarse en la fabricación de un globo aerostático. Para financiarlo recurre a una suscripción popular (sí, fue un precursor del crowdfunding que tanto se lleva ahora). Pero esta aventura no le salió nada bien, se le cayó hasta en cuatro ocasiones y en la última salió ardiendo.

Un hombre inquieto como este pronto traza un plan b y presenta su proyecto a Godoy, el valido todopoderoso de Carlos IV, para llevar a cabo una expedición científica y geográfica por África, un continente desconocido para los europeos de la época, casi como ahora. Su idea era explorar 18.000 km, recorrer el Atlas, el Sahara, el golfo de Guinea, el Nilo. Pero a Godoy se le enciende la luz y decide utilizarle para sacar tajada y apropiarse de Marruecos.

Luego nació Alí Bey
A Domingo Badía, empeñado en su viaje sí o sí, le da igual una cosa que otra. A esas alturas ya ha estudiado árabe y lo tiene todo planeado: se convertirá en Alí Bey, un príncipe abasí nacido en Siria, de padre turco, educado en Europa, que es la justificación para quien pudiera dudar de su acento.

Badía viaja a París y a Londres, donde compra brújulas, higrómetros, sextantes…, instrumentos científicos y de navegación financiados por la corona; adquiere también ropas turcas, aprende las oraciones musulmanas, sus celebraciones y preceptos, y lo más grande: se circuncida para no levantar sospechas.

De lo que ocurre durante sus viajes tenemos amplio conocimiento gracias a sus prolijos escritos… o al menos de lo que él quiso contar, porque el recorrido de Alí Bey ya no tiene solo carácter científico sino también de espionaje.

Viajes de Alí Bey es una descripción minuciosa desde 1803 hasta 1808. En este tiempo recorre Marruecos, Argelia, Libia, Egipto, Arabia, Jerusalén, Palestina, Siria, Turquía y también se pasa por Creta y algunas islas griegas.

Alí Bey impresiona donde llega. Es un sabio capaz de detectar que un reloj de sol va cinco minutos atrasado, lo que produce un grave error en la llamada a la oración, y arreglarlo, por supuesto. Informa de cuándo se producirá un eclipse, elabora calendarios para los mandatarios árabes. Y como no descuida las oraciones y celebraciones religiosas, muchos lo consideran un santo. Le agasajan por donde pasa.

Por supuesto también tiene sus enemigos y soporta malos tragos: tempestades, naufragios, deshidratación en el desierto, enfermedades, traiciones…

Alí Bey describe la fauna, la flora (habla del árbol del argán y sus propiedades), la arquitectura, la meteorología, la música (¡incluso incluye partituras!), la pintura, el carácter de la gente o su aspecto, por ejemplo: «Las mujeres de Chipre tienen los pechos demasiado caídos, y además se tiñen». Este viajero vocacional es el primer europeo que entra en La Meca y, no solo eso, sino que realiza precisos mapas y exquisitos dibujos de todo cuanto ve.

Humboldt, al que llaman «padre de la Geografía Moderna Universal», le dedicó abundantes elogios y se valió de muchos de sus datos para su obra. Igual hizo otro gran viajero que vino después: Burton.

Los Viajes de Alí Bey es un libro largo, por momentos con textos fríos, científicos, propios de un ilustrado, y por momentos apasionados, como toca en la época del romanticismo literario.

Tanto los que conocen estos países como los que no apreciarán las descripciones de Fez, de El Cairo, de Alepo, y sonreirán con párrafos como este sobre la música egipcia: «Nada de armonía, una melodía detestable y gritos agudos en lugar de canto: he aquí lo que conmueve a los habitantes hasta derramar lágrimas», o de Turquía: «Un coloso compuesto de partes heterogéneas e irreconciliables de turcos, árabes, griegos (…) que en nada se parecen entre sí, sino en el odio profundo e inveterado que se profesan mutuamente».

Una lectura que se disfruta.

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