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Literatura de aventuras para una vida de aventurasAndrés Ibáñez y su novela ‘Brilla, mar del Edén’

‘Brilla, mar del Edén’ es una novela coral, pero es también una gran historia de amor.

Andrés Ibáñez (Madrid, 1961) ha escrito poesía, teatro, cuento y novela (con títulos como ’La música del mundo’, ‘La sombra del pájaro lira’ o ‘Memorias de un hombre de madera’). Su última obra, ‘Brilla, mar del edén’ (Galaxia Gutenberg), le ha hecho merecedor del Premio Nacional de la Crítica 2014.

En esta historia, una novela de aventuras, Ibáñez narra un naufragio –en realidad, un accidente de avión- que hace que los supervivientes, refugiados en una isla, tengan que enfrentarse a una vida desconocida y a sí mismos. Con ecos de la serie ‘Lost’ y numerosas referencias literarias, el autor nos lleva por caminos de amor y lucha, de supervivencia y cultura, de enfrentamiento y colaboración.

Escribir casi 800 páginas es casi suicida… ¡Vaya aventura! ¿No le regañaron sus editores?
No, en absoluto. Nunca se planteó la cuestión.

¿Hay que recuperar las novelas de aventuras?
¿Recuperarlas? ¿Acaso las hemos perdido? Yo creo que toda la literatura está viva, a nuestra disposición, como una casa llena de puertas, una casa a la que también se puede entrar por las ventanas. La literatura debería ser siempre de aventuras, porque la vida, hasta en sus momentos más nimios, es siempre una aventura. El reto consiste, supongo, en escribir aventuras del presente, descubrir cuáles son las aventuras del presente, esas que vivimos sin darnos cuenta, creyendo que lo que nos pasa es normal, o incluso un poco aburrido.

El argumento y el principio nos llevan a ‘Lost’, pero luego el camino se aleja. ¿Le aburría la serie y quiso arreglarla?
Siempre practico la imitatio renacentista. Hay una historia que me fascina, y yo la escribo a mi manera.

¿Es mejor la segunda parte de su novela, más suya?
No sabría decir. Lo que más me gusta de la novela es la historia de Wade y también la parte de la India. Las novelas intercaladas, la mexicana y la japonesa también me gustan mucho. La verdad es que en esta novela me gusta todo mucho, no podría elegir.

¿Cuánto pensó en Robinson Crusoe a la hora de escribir?
Pensé mucho. Robinson es un libro que me encanta desde la infancia. Recuerdo el placer de leer cómo Robinson hace una mesa, cómo construye un sistema para conducir el agua. El placer de fabricar, de hacer cosas con las manos, que se parece al placer de escribir, que también se hace con las manos. El placer de las enumeraciones también, el de los inventarios: tantos barriles de ron, tantos mosquetes, tantos barriles de pólvora. Hay mucho de eso en los diversos inventarios que hay en la novela, como cuando vacían el avión al principio y encuentran en el interior todo tipo de cosas. Pero quería también utilizar un poco el estilo dieciochesco de DeFoe, ese estilo condensado, narrativo, con pocas conversaciones.

¿Y en otros náufragos literarios? ¿En cuáles?
Bueno, cuando uno entra en el mundo de los náufragos es imposible no pensar en La tempestad de Shakespeare, o en las Soledades de Góngora o en El criticón de Gracián. Como la de Gracián, también esta novela tiene algo de enciclopedia. En el siglo XVII el mito de la isla es el mito del conocimiento y el de la civilización. ¿Cómo sería un ser humano que está completamente solo? ¿Cómo sería posible establecer una forma de vida en un lugar desierto? ¿Qué es natural y qué aprendido en nosotros? ¿La cultura es algo que construimos de forma arbitraria? ¿Cuál es nuestra relación con lo salvaje? Todas estas preguntas siguen siendo vigentes.

¿Y ese Roberto Bolaño, náufrago, cuyo espíritu anda libre por esa isla de libertad y normas?
Nunca se dice en la novela que Roberto B. sea Bolaño, aunque el dibujo de la portada y todas las referencias hacen que la identificación sea inevitable. He necesitado hacer muchas cosas raras para librarme de la presencia de Bolaño en mi vida y en mi escritura. Hay influencias literarias que ayudan, que dan inspiración y fuerza, como Borges por ejemplo. Otros, como Nabokov y Bolaño, en mi caso, te destruyen, te obsesionan, te enferman, te impiden escribir. Puse a Bolaño en la novela para intentar exorcizarle.

Por cierto, ¿no hay demasiadas normas y reglas y jefes y tiranos en esa novela, para ser solo una isla? ¿O el ser humano es así, necesitado de líderes y reglas?
Sí, es cierto, hay muchas. Pero es que hay demasiadas normas, reglas, jefes y tiranos en el mundo, que también es sólo una isla. Ese es precisamente el tema de la novela. A causa de mi temperamento (ya que en esto, como en todo, el temperamento es muy importante), jamás he comprendido el deseo que tienen algunos seres humanos de imponer su voluntad sobre los demás, de poner normas y de establecer reglas y prohibiciones.

Creo que el deseo de poner normas a los demás es una de las peores características del ser humano. Se hace en nombre de la religión, en nombre del orden, en nombre de la moral, pero también en nombre del bien, en nombre de la igualdad, en nombre de la convivencia. El deseo de poner normas se disfraza de lobo o de cordero, pero siempre es igualmente peligroso. Y nunca ha sido más peligroso que en esta época, donde los jefes y los tiranos han aprendido a crear una dictadura perfecta porque es completamente invisible. Es invisible de muchas formas: primero, porque respeta todas las “libertades” y los “derechos” democráticos, aunque convierte esas libertades en algo totalmente inútil y carente de contenido real. Es invisible porque no utiliza la coerción ni la violencia sino todo lo contrario. Por ejemplo, los derechos.

Tenemos hoy en día más “derechos” que nunca, derechos que nadie ha pedido, que nadie necesita, que convierten nuestra vida en una pesadilla. Sí, la dictadura ha aprendido mucho. A menudo me pregunto cómo puede ser inteligente este ente colectivo que se mueve por los motivos más abyectos: el deseo de poder, el beneficio, el dinero, el desprecio absoluto al ser humano, la cosificación de la persona.

La dictadura invisible hace que luchar contra ella sea hoy más difícil que nunca. Luchar contra los nazis era conceptualmente muy fácil, porque los nazis eran unos salvajes. Luchar contra Stalin era ya un poco más difícil, porque Stalin ocultaba celosamente lo que hacía y creó un sistema hipócrita, un sistema aparentemente bondadoso e idealista. Pero la nueva dictadura es invisible porque ya no hay campos de trabajo: los campos de trabajo son nuestras propias casas, todos somos guardianes del campo. Es un nuevo tipo de dictadura donde no sólo tenemos libertades, sino también recompensas, sobre todo en la forma de juegos, juegos fascinantes e ilimitados. Juegos mecánicos que nos sumen en el aislamiento, el estupor y la vergüenza. ¿Cómo podemos luchar contra una dictadura cuya cara aparente es libertad democrática, derechos y juegos sin fin en la gran maravilla de internet? Desde luego, primero tenemos que darnos cuenta de que tal dictadura existe.

Tenemos que ser conscientes de que estamos siendo cosificados, de que internet no es la panacea que nos prometieron, sino un horrendo sistema de control. No está bien estudiada, creo yo, la forma en que internet ha transformado el sentido de lo que es el dinero. Como el dinero y los pagos son ahora virtuales, los precios de todo se han convertido en una mera fantasía. Creo que uno de los sueños de internet es la desaparición del dinero. Cuando tal cosa suceda, todo ya será dinero, nuestra propia vida, emociones y circunstancias serán la moneda de cambio. Brilla, mar del Edén quiere investigar todo eso a través del lenguaje de la ficción. Quiere, además, hacer una propuesta. Una propuesta que se puede reducir a esto: que el pensamiento progresista tiene que evolucionar y tiene que incorporar la espiritualidad. Que no puede haber una evolución social si no hay también una evolución interior.

La religión, el capitalismo y el marxismo tienen los tres algo en común: son materialistas, ignoran el mundo interior, el mundo del alma. Se basan en normas, en beneficio y en control. Son tres formas de esclavitud, en nombre de Dios, en nombre del dinero o en nombre de la “revolución”. Todo eso está gastado. Estamos al final de un largo y polvoriento camino. Las viejas palabras de antaño ya no significan nada. Tenemos que evolucionar, y ya sabemos que ni la derecha, ni el capitalismo, ni la religión van a evolucionar.

Esos náufragos qué son: unos locos, unos robinsones, unos egoístas, unos ingenuos, unos seres perturbados por la circunstancias…
Son nosotros, supongo. Son nosotros con nuestros ideales, nuestras mezquindades, y sobre todo nosotros con nuestras creencias que nos limitan y nos esclavizan.

Una y otra vez, se lee: Nada es lo que parece… ¿Nada lo es en realidad?
Sí, eso resulta muy misterioso la primera vez que aparece. Esas palabras escritas en una pared, “esto no es una isla”. ¿Quién las ha escrito, por qué, y para quién? Las cosas no son lo que parecen porque siempre vivimos en un sueño, en un engaño. Una proyección de nuestro interior, diría Jung. Una conspiración, diría el conspiranoico. Pero la conspiración comienza en nuestra propia mente. Creamos un sistema de valores y de creencias y lo aceptamos como si fuera la “realidad” objetiva y absoluta, y vivimos de acuerdo con eso toda nuestra vida.

¿Qué verdades, y qué más, le ha enseñado la literatura?
Normalmente vivimos aburridos y ligeramente distraídos. Esta es la condición “normal”. Pero la literatura no nos permite estar así, nos obliga a despertar, a abrir los sentidos, a sentir de verdad, a ver de verdad, a recordar quiénes somos. Esto es cierto tanto para el que lee como para el que escribe, porque escribir no es más que una forma mucho más intensa de leer. La literatura nos saca de esa condición “normal” en que vivimos, que es una condición de plácidas máquinas, de seres dormidos, y nos trae un destello de realidad.

Y lo hace, desde luego, a través del lenguaje del arte, que es el lenguaje del placer, de la emoción y de la belleza. La belleza, la denostada, despreciada, desconocida belleza, tiene un carácter terapéutico y también revolucionario. Es el propio sistema que nos domina el que nos ha convencido de que la belleza es algo “burgués”, algo anticuado o algo que nos aparta de la realidad. La belleza no es nada de eso. Es un derecho, un territorio, una propiedad. La belleza va contra la cosificación, contra la mente del esclavo, abre un territorio de placer y libertad. La belleza despierta nuestra percepción, es buena para el corazón, aumenta el tono vital, despierta zonas dormidas del cerebro, estimula la producción de serotonina, nos llena de optimismo y de ganas de vivir. Nos trae ganas de jugar, de disfrutar, de ser nosotros, nos abre un deseo de juego que nos devuelve al yo que teníamos en la infancia, nos lleva a lo más real de nosotros mismos. Abre el lenguaje de la imaginación, que es el aquel con el que la psique superficial se comunica con la totalidad de la psique.

Nos pone en contacto con su verdadero origen, que no es otro que la naturaleza. Porque la belleza es la característica principal de la naturaleza tal y como nosotros la percibimos. Amar la belleza es amar la naturaleza, amar la Tierra. Esa radiante, asombrosa belleza nos rodea siempre, todos los días de nuestra vida: basta con mirar a cualquiera que tengamos cerca, a un árbol, a una nube. La belleza nos hace sentir un vínculo con el mundo, con la tierra, desde luego, pero también con los demás. Sentimos que esa intensidad de la belleza que alcanzamos a través de la emoción estética debería ser para todos, que es un derecho universal que todos los seres humanos deberían ser capaces de disfrutar. La belleza nos hace desear compartirla con todos, mostrarla a todos, hacer que todos la conozcan. Esta es la realidad de la belleza, no esos análisis tristes y absurdos que solemos sufrir hoy en día.

En sus grados más intensos, la belleza nos lleva al mundo espiritual. Este es el origen y final de la belleza: surge de la naturaleza, nos hace despertar, nos trae vida y realidad y nos conduce a lo espiritual. Yo definiría lo espiritual como el grado más alto de la belleza. Hasta las obras de arte aparentemente “menores” (un bolero, la letra de un tango, un vals de Strauss, una bossa nova) pueden conducirnos fácilmente al mundo espiritual. No hay música más espiritual que la del segundo acto de El caballero de la rosa de Strauss, la comedia más frívola y superficial.

Hay música y músicos por todas partes. ¿Es un regalo que se hace a sí mismo?
La Isla de las Voces “funciona” mediante el sonido, mediante la voz y la música. Por eso esa obsesión con el silencio, con mantenerse callado, de Abraham Lewellyn y los suyos. Cuando uno canta o cuando hace música, algo comienza a suceder en la isla. Una pradera aparece. Es la misma “praderabruckner” de mi primera novela, La música del mundo. Esta pradera es un lugar de nuestro interior.

¿Al final, lo único que puede perdonar es el amor?
Brilla, mar del Edén es una novela coral, pero es también una gran historia de amor. Tengo que decir que a mí esa historia es lo que más me gusta del libro. El amor, sí, pero ¿qué amor? También los criminales sienten amor. El problema es que no hay un solo ser humano, hay varios distintos. Pongámosles números: uno, dos, tres, cuatro… Y a cada tipo de ser humano le corresponde un tipo de amor. El amor número 1 no es igual que el amor número 4. Si hablamos de amor número 1 hablaremos de defender a los tuyos y matar a los que no son los tuyos.

El amor número dos es tener favoritos y odiados, ese paradigma de los que creen que “para amar es necesario también odiar”. El amor número tres es más ecuánime, más sensato, aunque carece de los extremos de pasión del número 2. Es el amor de la ética, de los principios morales. El amor número 4 es diferente: es el que nos permite amar no sólo a los que nos gustan y a los que nos apoyan o se nos parecen. El amor número 4 es el amor a la tierra y también ese “amor a la humanidad” del que tanto se reía Borges. Sólo aparece cuando descubrimos que el dolor del otro es exactamente igual que el mío, y que yo no puedo ser feliz si otro sufre. Toda la humanidad está atrapada en ese paso, el que va del hombre número 3 al número 4. Es un problema de evolución interior, no de ideas, ni de ética. La ética número 3 me dice que no debo causar daño a otro. El amor número 4 me hace sentir y ver con claridad que cuando hago daño a otro me hago daño a mí mismo. El amor número 4 me hace comprender que el otro y yo somos el mismo. Cuando el amor número 4 comience a extenderse, el mundo cambiará.

¿Esta es la más ambiciosa de sus novelas?
Creo que sí.

¿Nos recomienda una novela para este verano?
La típica novela de verano es larga, porque tenemos más tiempo, llena de emociones, viajes, aventuras y acontecimientos. Brilla, mar del Edén sería mi candidato.

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