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“Si te encuentras solo cuando estas solo, estas en mala compañía.”. Jean Paul Sartre

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L de Libros

El libro que se publicará el mes de octubre en La línea del horizonteCrónica japonesa, de Nicolas Bouvier (prepublicación)

Avanzamos un capítulo del relato, inédito hasta hoy en castellano, del viaje que Nicolas Bouvier hizo en los años 50 y 60 por Japón.

Nicolas Bouvier (1929-1998) fue un escritor, fotógrafo, poeta y viajero suizo cuyos relatos son hoy apreciados como una obra de culto.  Su obra entrelazó una vida dedicada a la poética del desplazamiento. Pero la gran experiencia que marcó esta pasión fue el viaje memorable de tres años que le llevó desde Yugoslavia a India, Sri Lanka y Japón entre 1953 y 1956 cuando contaba veintisiete años.

La primera parte del viaje la realizó con su gran amigo el dibujante y pintor Thierry Vernet. De este viaje nace su importante trilogía: ‘Los caminos del mundo’, ‘El pez escorpión’ y Crónica japonesa’ (La línea del Horizonte, 2016), traducido ahora por primera vez al castellano.

A estos tres grandes relatos le siguieron con los años una veintena de textos, poemarios, ensayos y diarios.

Cuando Bouvier llegó a Japón en 1955, los efectos de la derrota en la guerra aún eran visibles, el país era rural y pobre. Al igual que el poeta Matsuo Basho, al que admira, quiso recorrerlo a pie cuando fuera posible.

Desembarcó en Yokohama y se instaló en el barrio de Araki-Cho en Tokio. Después viajó por otros lugares durante doce meses. Diez años después regresó, con su curiosidad intacta, sin juzgar, dispuesto a capturar la realidad y la historia del país, a conocer -y contar- su compleja relación con China, Occidente y la modernidad; lo espiritual y el arte, el pasado y la vida cotidiana.

Avanzamos un capítulo inédito (El primer día):

Yokohama-Tokio, 20 de octubre de 1955

El comisario del MM Cambodge llegado esa mañana no tenía mucho que proponerles: una cantante realista del estilo Damia; un profeta mormón que inundó el barco de folletos color malva con anuncios sobre el fin del mundo —exactamente en 1986— y llamados a la plegaria y la contrición; un fulano que había embarcado en Ceilán, cumplía tareas básicas en las entrañas del navío para pagarse parte de la travesía y al parecer había pasado mucho tiempo dando vueltas por Asia. ¿Con qué motivo? El comisario lo ignoraba.

            Yo ni siquiera había oído la pasarela descender y el barco atracar. Metido desde hacía tres días en una bodega abrasadora debajo de la gran cocina, desengrasaba con una espátula y un chorro de vapor unas besugueras y unas bandejas para el aceite del tamaño de ataúdes, con la ayuda de Alcis y Francis, dos negros de Martinica que entablaban durante todo el día, en un francés florido y bellamente arcaico, un diálogo trufado de cancioncillas, proverbios e imágenes bucólicas, exclusivamente dedicado a la penetración del pene en la vagina. Esas graciosas letanías eróticas ayudaban a pasar el tiempo. Pensar sin pausa en el amor en medio de la comida constituía realmente el signo de una naturaleza alegre. Más aun teniendo en cuenta que el hedor y el calor volvía el trabajo tan arduo que con frecuencia había que interrumpirlo para ir a vomitar la «suprema de Turbot» o el «souflé Marengo» que uno acababa de robar en los hornos de la cocina. En la bruma amarilla y grasosa de nuestro cuartucho, apenas reconocí los galones del comisario cuando vino a buscarme.

            Adiós, Francis, Adiós, Alcide, buena suerte, muchachos. Dejo al lector adivinar los deseos que aquellos dos trovadores, sin apartarse de su tema predilecto, formularon para mi estancia en el país.

            El capitán Cook portaba espada y saludaba a los jefes maoríes con un bicornio tan brillante como el sol. La Pérouse distribuía sin contar hojas de hacha y perlas de vidrio azul. Phileas Fogg nunca se separaba de su maleta de piel de cerdo atiborrada de billetes. Yo llegué al puente seboso como una vela y sin nada que ofrecer salvo el trapo que llevaba en la mano. Los viajes han cambiado.

            Hacía un tiempo magnífico. Relámpagos blancos de gaviotas bajo el sol de octubre, que es el mejor mes en Japón. Relámpagos de flashes. Había media docena de hombrecitos con caras marcadas que me rodeaban y me preguntaban en un «japonglés» desacomplejado: ¿Quién? ¿Por qué había venido? ¿Qué intenciones tenía? ¿Qué esperaba del país?

            En aquel tiempo —ya pasado— los viajeros como yo pernoctaban en los ashram de la India y no llegaban hasta allí. Mis interlocutores iban casi tan desharrapados como yo. Había chaquetas gastadas hasta enseñar la trama, gafas con las patillas pegadas con tela adhesiva, pero no obstante las cámaras made in Japan eran instrumentos de precisión, y las miradas eran penetrantes, precisas, francamente cordiales. Uno de los reporteros —yo aún lo ignoraba— se llamaba Yuji… «Va a ser difícil, muy difícil, la cosa no marchará así como así —me decía con pequeñas reverencias que no me parecían ni cómicas ni obsequiosas—, ¿y sabe usted la vida que llevamos aquí?».

            ¿Difícil? ¡Al menos allí estaba fresco! Acababa de pasar ocho meses en los trópicos, confinado por el calor y la malaria a un albergue venido a menos que la carcoma estaba convirtiendo ruidosamente en serrín. Tragaba el aire de Yokohama como si fuera champán.

            No imaginaba gran cosa —y es lo mejor— acerca del país.

            Lo que sabía era demasiado superficial para importunarme. En Delhi, Colombo, Saigón, había conocido a cónsules amables y taciturnos, que se daban breves toquecitos con pañuelos inmaculados en las caras sudorosas, se lavaban las manos cien veces por día y parecían cirujanos desamparados sin desinfectantes ni consignas en la agitación apática y locuaz del sudeste de Asia.

            De niño, había visto las «conchillas japonesas» abrirse en el fondo de un vaso de agua y soltar flores rosadas y blancas que subían a la superficie lastradas con minúsculas bolitas de saúco; también había marcado en los catálogos de juguetes navideños —sin recibirlos— las maquetas a escala 1/10.000 de los dos acorazados más grandes del mundo: el Musashi y el Yamato, hoy hundidos. Más tarde, había oído a Madame Butterfly —en italiano— sobre la desesperación de ser abandonada, y, como los impresionistas, había observado unas estampas que por cierto no eran las mejores. Recordaba asimismo el capítulo de La vuelta al mundo en ochenta días en el que Passepartout, habiendo reencontrado a su amo entre las filas de espectadores y abandonado sin permiso su sitio en la «pirámide humana» de un circo de Yokohama, había causado la ruina de todo el edificio y hecho quedar fatal a sus patronos. Pero medía mal todo lo que la moraleja tenía, en definitiva, de propiamente japonés.

            De manera que jugué con la suerte del principiante.

            Desembarqué, dejé mi equipaje en la consigna de Tokio Central y me aventuré al azar por las calles de aquella ciudad interminable, con apenas un cepillo de dientes en el bolsillo. Daba gusto caminar mirando las caras por las largas avenidas refrescadas por la brisa. Parecía que todas las mujeres estaban recién bañadas, que todos los transeúntes se dirigían a un sitio preciso, que todos los trabajadores trabajaban, y había tiendas minúsculas por doquier donde servían un café fuerte y sabroso por unos pocos yenes: pequeños milagros en los que, al cabo de dos años en Asia, había dejado de creer.   

            En Tokio Central Station, los bancos de la sala de espera no están mal. Llevaba doce dólares en el bolsillo: suficiente para ir tirando. Por curiosidad, pasé por los hoteles western style para averiguar a cuántas noches me daba derecho mi capital: una y media en el Dai-Chi, lleno de soldados rozagantes, con puños como leños; una y un cuarto en el Prince Hotel; apenas una en el Imperial, diseñado por Frank Lloyd Wright en estilo Inca o Atlántida sobre cimientos correderos que habían resistido el terremoto de 1923. Y casi una semana en los albergues japoneses que estaban al norte de la estación, apergaminados, con esteras, a seiscientos yenes la noche. Seguía siendo mucho. 

            Aquella tarde caminé unos buenos veinte kilómetros al azar por la ciudad. El aire era delicioso. Entré en una exposición de fotos japonesas de un gusto tan exigente que nada en ellas se movía. Miré los camiones de bomberos pasar a toda velocidad entre remolinos de hojas muertas. Con sus campanas de bronce sonando al vuelo, daban la impresión de ir de fiesta con grupos de hombrecitos negros y rojos agarrados de las escalerillas, coronados por cascos con guarda nuca como los guerreros de Gengis Kan. Descansé las piernas en una iglesia rusa escuchando coros tan numerosos y vehementes como para absolver a la ciudad entera. Aquellas avenidas sin orden, aquellos almacenes, aquellas librerías llenas de gente, aquella marea de jardincillos, de casitas desiguales que venían a romper contra un canal estancado, contra un bloque de edificios ultramodernos, contra el terraplén de las vías…, al cabo de andar ocho horas me preguntaba si aquello constituía una ciudad bella o incluso una ciudad sin más. Luego el sol cayó hinchándose en el cielo naranja, resaltando la silueta incongruente de los tejados, la loca escritura de antenas, cables de luz y globos publicitarios contra un horizonte que viraba al rojo, hasta que apareció la lluvia multicolor de los carteles de neón. No me hice más preguntas. 

            Desde la  iglesia rusa, el camino descendía. Con la cuesta y el cansancio a favor, cerca de las once me encontré en el pequeño barrio de Suragadai, envuelto en aroma a café tostado y a brochetas asadas. Callejuelas atestadas de familias con niños dormidos, farolillos, letreros luminosos, carretas alumbradas con lámparas de  acetileno, desde las que pregonaban a gritos lo último en algodones, botas de caucho, juguetes de bambú o de plástico. A ambos lados de la calle, cubos de basura destartalados que vomitaban su contenido sobre la acera. Fondas una al lado de la otra. Y todo ello diminuto, coqueto, como ensamblado la víspera con los restos de una calle más grande. Tenía hambre, abrí una puerta que decía Café-Bar Shi Shi —pregunté, quería decir poema—. En absoluto me asombró: durante el paseo me había topado con dos salones de té Rilke, un bar François Villon, un billar Rimbaud y una tienda Julien Sorel —lencería descocada—. Aquí gusta lo picante. En un local no más grande que una caravana, apenas me sorprendió hallar un grabado de Daumier y oír que el gramófono murmuraba música de Ravel. Una camarera liliputiense, acicalada y muy guapa, «arreglada» de las uñas a las pestañas, tan personal como una flor de papel. Clientela de alumnos de instituto, con zuecos de madera sin calcetines, uniformes negros, gorras negras, que deletreaban sus negros manuales y se caían de sueño. Apenas me dio tiempo de pensar: seminaristas… Chéjov, y me quedé dormido en una silla minúscula sin siquiera hacer el pedido.

            El patrón me despertó sobre la una de la mañana. La sala estaba vacía y la luz apagada. El hombre sostenía con una mano una bicicleta grande que debía de haber estado oculta detrás de la barra; con la otra puso un vaso de leche en mi mesa. Pinta de joven y tímido. «Me llamo Shoji —dijo en mal inglés—, soy ingeniero, estoy en el paro y llevo el bar mientras espero un trabajo. Si quiere dormir encima de una mesa, haga como en su casa. Yo me voy a la mía, son dos horas en bicicleta. El baño está junto a la barra. Nos vemos mañana.» Se marchó y cerró la puerta a sus espaldas.

            Cada tanto, un trasnochado volvía de los baños públicos, y yo oía el canto de sus sandalias de madera —afinadas en tercera mayor: fa, re, fa, re— que aumentaba y luego se extinguía en la callecita.

            A la espera de que volviese el sueño, hojeé el periódico vespertino que había comprado al pasear. Algunos artículos empezaban todavía por: «Nosotros los japoneses no sabemos realizar esto… bien haríamos en inspirarnos en… es preciso corregir tal defecto nacional», etc., pero era obvio que faltaba convicción, y que el tiempo de los peccavi había pasado; había muchos sueltos sobre fugitivos llegados de Rusia, sobre toda la gente que seguía viviendo a golpe de suerte, argucias o estafas ingeniosas bajo identidades o en empleos que no eran los suyos. Pero aquellos alias, aquellos imprevistos, aquellas existencias picarescas insuflaban aire a las ideas y creaban un clima abierto y vivaz. Se tenía la impresión de que con la derrota unas cuantas imposturas antiguas habían volado por los aires y aún no habían vuelto a echar raíces. Los anuncios de estudiantes japoneses que buscaban intercambiar sellos o escribirse con pen friends llenaban una página entera. La cosecha de arroz de 1955 había batido todos los récords. La vida seguía siendo difícil, pero el «milagro económico» empezaba a dar dividendos y Japón volvía a creer en su buena suerte.

            A continuación, examiné los paquetes de cigarrillos cuidadosamente alineados bajo el mostrador; se llamaban Paz, Amor, Sinceridad, Perla, Vida Nueva. Sin duda era buen momento para desembarcar allí.

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