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‘Venecia’ es una de las partes más hermosas de ‘En el país del arte’Cuando en Venecia había paz

Vicente Blasco Ibáñez pasó por la ciudad a finales del siglo XIX

En 1896, Blasco Ibáñez tuvo que huir de España. Durante su recorrido en tren por Italia envió crónicas al periódico El Pueblo. Estos escritos formaron luego uno de sus libros de viajes, En el país del arte. La Venecia que ahora nos ocupa, publicada por la editorial Gadir, es el final del trayecto.

Los turistas nunca están equivocados. Venecia recibe 34 millones de visitantes al año por algo. La primera impresión que produce es de incredulidad. Pero no hay paz para disfrutar de tanta belleza. En estos días, los poco más de 50.000 venecianos que resisten la invasión de casi 75.000 extranjeros al día se manifiestan porque la vida aquí es invivible.

Pero hubo un tiempo en que se podía escuchar el silencio de sus calles de agua y disfrutar apaciblemente de su condición anfibia.

A finales del siglo XIX, ya había turistas flotando en sus góndolas. Uno de ellos fue Vicente Blasco Ibáñez. Aunque él no estaba de vacaciones, sino que huía de una España que no le consentía que fuera anticlerical, republicano y agitador.

Blasco el periodista

Quien se haya acercado a los diarios de la época de Blasco Ibáñez se habrá sonreído con el estilo periodístico, tan distinto del de ahora. Más rico, más culto, pero algo cursi y engolado.

El relato sobre Venecia tiene ese aire ligero destinado al lector de periódicos, pero también está lleno de interesantes reflexiones y graciosas andanadas anticlericales (una constante siempre que Blasco tenía ocasión).

El viajero curioso que fue y  la agilidad de su relato hacen que Venecia se lea con mucho gusto. Blasco Ibáñez describe los lugares más famosos, se interesa por los aspectos sociales, por el arte, la cultura y, cómo no, por las mujeres (otra característica de su personalidad).

El escritor describe un pueblo «que durante siglos fue una aglomeración soberbia de millonarios», y admira que fuera la cuna de Tiziano, Tintoretto o Tiépolo, porque él es un hombre sensible al arte (en Venecia resulta imposible no serlo). La ciudad le gusta especialmente: «Hasta la gente es aquí mejor que en el resto de Italia». Se maravilla con el palacio de los Dogos porque «no existe en el mundo un monumento que tenga con este el más ligero aire de familia», cuenta anécdotas, recuerda la historia, especula con el origen del nombre del puente de los Suspiros y hasta narra la leyenda del il fornaretto di Venezia.

Cuando Blasco Ibáñez pasa tres meses recorriendo Italia ya sabe lo que es estar en la cárcel. Disfruta del viaje y lo aprovecha como buen viajero que es. Pero a su regreso, vuelve a estar en prisión. Hasta treinta veces fue encarcelado. Quizá por eso son más admirables sus reflexiones llenas de sentido del humor. Deliciosa en Venecia es la que hace sobre la buena vida que se pegan las palomas y que concluye: «Si alguna vez he de retornar a este mundo, donde la vista es una interminable serie de crímenes morales por conquistar la peseta, solicito del encargado de arreglar estas cosas, que me tenga presente en el escalafón, reservándome una plaza de palomo en San Marcos».

Sobre el libro

La editorial Gadir, en su colección Ítacas, publica esta crónica con una magnífica impresión, como suele hacer. Venecia es una joyita que gusta para regalar y más aún para que nos la regalen, pequeño formato (11,5 cm x 18,5 cm), encuadernado en cartoné, con guardas, portada en símil tela y un encarte en color con acuarelas de Turner, el pintor fascinado, como Blasco Ibáñez, o como cualquiera, por la belleza de Venecia.

Gadir, además de editorial, tiene también librería. Si aman los libros, no vayan: querrán llevárselos todos.

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