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Delicadeza con todos los sentidosEn el barco de Ise. Viaje literario por Japón

Con una prosa deliciosa y poética Suso Mourelo nos lleva por un Japón intenso, literario y real.

Comencé a leer ‘En el barco de Ise. Viaje literario por Japón’ (La línea del horizonte) en la barra de un bar, a 100 km de casa. Pasadas un par de horas pagué, dejando una buena propina, por haber ocupado aquel taburete durante más tiempo del que merece un café; pero no podía dejar de leer y las horas pasaron solas. Al salir paseé e intenté mirar a las personas con las que me cruzaba como el autor miraba a lo tokiotas; pero me faltaba algo, el conocimiento cultural del que Suso Mourelo se había provisto antes y durante ese viaje.

En un tiempo en el que -como explica el libro- a través de la vista se puede conocer sin salir de casa, encontrar un ejemplar como éste es un regalo que le ha devuelto las ganas de explorar a esta viajera dormida. Este libro es un viaje geográfico, a una cultura y a uno mismo, porque al terminarlo no seremos iguales que a su comienzo, ya que algo en nuestro interior habrá mutado, tal y lo está haciendo este país.

Explorar, observar, escribir

Leer un libro que es una suerte de “grand tour” literario es el mejor de los planes para un lector amante de los viajes. Suso Mourelo despierta las ganas de explorar, de observar, de escribir sobre lo que se ve, y lo ha hecho mediante un recorrido cartográfico a través de libros, ciudades y personas, con unas descripciones tan deliciosas que podrían conformar todas ellas un libro de forma independiente.

Otro detalle con el que el lector se sentirá mimado son esas hojas en blanco al final, para llenarlas de anotaciones; pero acabarán siendo insuficientes. Siempre digo que los libros son el comienzo de algo, pero éste lo es de muchas cosas, desde el conocimiento de la literatura japonesa, hasta el punto de partida mediante el cual vertebrar un futuro viaje.

Imaginar sonidos y colores

Continué leyendo durante los días siguientes, con una sensación en mi interior parecida a la que experimento cuando viajo y tengo ganas de descubrir. Me quedaba parada en algunos párrafos, cerraba los ojos y me trasladaba allí, e imaginaba sonidos y colores. Durante los días siguientes me dejé llevar por ese “flâneur” que deambulaba, mientras pasaba las páginas de un libro que me apetecía leer sin prisa pero sin pausa, deseosa de descubrir a dónde llegaría el viajero al día siguiente.

Al terminar cada capítulo lo cerraba, lo acariciaba, lo hojeaba, como si fuese el cuaderno que acostumbro a llevar encima cuando viajo, pero escrito por otro. Ahora que lo he terminado, siento que he sido yo la que ha permanecido en Japón durante semanas, conociendo personas y lugares y redescubriendo autores. Pero me doy cuenta de que no he sido yo, sino este autor quién ha explorado y ha sido capaz de describir de algo tan desprovisto de atractivo como el entorno de un paso de cebra, con tanta delicadeza que parece el lugar más hermoso del mundo.

(*) Ana Fernández, licenciada en Historia del Arte, es autora del blog LA PASEANTE

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