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La vida a mil por hora

Javier Cercas narra la vida de tres personajes que entrecruzan sus vidas allá por los 70, en tiempos duros de vida o muerte.

Las leyes de la frontera, la última novela de Javier Cercas, narra la historia y evolución, en un periodo de 30 años, de tres personajes que entrecruzan sus vidas en la vieja Girona de finales de los 70. Una historia de amor, desamor, mentiras y violencia, en una época en la que la vida se consumía a mil por hora. Sin freno, como un galope desbocado. Tiempos duros de drogas duras. Tiempos duros a vida o muerte.

El hilo conductor son las entrevistas que realiza un escritor al que se le encarga escribir un libro sobre el Zarco, a la sazón un conocido delincuente convertido en mito de la delincuencia juvenil de la Transición. Por las páginas van pasando los protagonistas que de una forma o de otra protagonizan la vida del quinqui y todos van cerrando un círculo cuyo borde es la pobreza y la marginación social.

Ignacio Cañas, “Gafitas” para los colegas de la banda que capitaneaba el Zarco, llegó a su banda atraído por los encantos de Tere, una joven guapa, atractiva y echada para delante. Zarco utilizó a Gafitas como ese colega torpe pero leal, que al enamorarse platónicamente de Tere, se movía como una marioneta para lo que quisiese el avispado delincuente. Y Tere controlando a los dos: a uno porque era familiar y al otro porque bebía los vientos por ella, aunque al joven fichaje de la banda la vergüenza y la timidez no le dejasen progresar adecuadamente.

Tras muchos atracos y asaltos, la banda se rompió y cada uno tomó la vida como le vino de frente. Unos cayeron en los tiroteos con los guripas que iban tras su estela; otros fueron detenidos y pasaron años en la trena, muchos acabaron devorados por las drogas, y algunos, los menos, recondujeron su vida.
Treinta años después, Ignacio Cañas, abogado de profesión, cae de nuevo en las redes de Tere, que le vuelve a acercar a Zarco, quien por entonces se pudre en las cárceles españolas de la España posfranquista. Aquí empieza otra carrera contrarreloj de Gafitas por recuperar a su colega Zarco. Desde la justicia, el ex delincuente y ahora abogado pelea porque el delincuente se reconduzca socialmente.

La novela atrapa por su dureza, por su crudeza, por su sensibilidad, por su lenguaje, por su ritmo, por las relaciones de los tres personajes, por los sórdidos escenarios, por el amor y sexo que se destila y por la extraña amistad que une a dos quinquis y un abogado ex delincuente.

Y “Las leyes de la frontera” confirma el poder evocador de la lectura. Cuando se lee, unas veces se viaja a mundos fantásticos e irreales; en otras ocasiones se juega al escondite con la historia, y en muchas se revive, con la madurez que puede dar el paso del tiempo, parajes que de una forma u otra nos dejaron cierta huella. Por eso, la última obra de Cercas es también una novela de recuerdos para una generación que buscaba en la prensa de sucesos las noticias de estos delincuentes urbanos, de pelos largos y pantalones ajustados y acampanados, maestros en el manejo de los coches robados y de las recortadas. Sentíamos atracción periodística por ellos, y ese mismo deslumbramiento hizo que muchos de estos chicos marginales acabasen absorbidos por el cine, otra máquina capaz de crear mitos de la nada.

Fueron carnaza para directores y público que querían saber cómo era la marginalidad oculta por un sistema que empezaba a andar lentamente tras la muerte de Franco. Una juventud que venía en desbandada desde las chabolas y los barrios de absorción de las grandes ciudades y tomaba sin control la supuesta libertad de la Transición. Era un juego sin normas, con la única regla de conseguir dinero para consumir la vida a mil por hora. Sin freno, como un galope desbocado. Tiempos duros de drogas duras. Tiempos duros a vida o muerte.

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