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“La habilidad de observar sin juzgar es la forma más alta de inteligencia.”. Krishnamurti

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Un lugar en el mundo / La Habana, CubaLos límites del reino, La Habana de Abilio Estévez

El autor cubano nos habla de una geografía poética familiar, La Habana de su infancia.

Abilio Estévez es escritor. Su último libro es ‘Archipiélagos’ (Tusquets Editores)

“Como he dicho en otras ocasiones, vivíamos en Marianao, lo que significa decir que siendo habaneros, al mismo tiempo, no vivíamos en La Habana. De La Habana, nos separaba el río Almendares, con su retahíla de barquitos blancos con banderas en colores. No obstante, hasta aquella ciudad remota, de cuyo extraordinario centro sólo nos separaban veinte o veinticinco minutos en guagua, también tenía algo de establecido y familiar.

Ninguna turbación nos deparaba la elegantísima calle Galiano, tampoco el aún más elegante tramo de la calle San Miguel, desde la Esquina del Pecado, hasta el Paseo del Prado, donde terminaba honrosamente en el gran pastel de cumpleaños del centro Gallego. Incluso las aceras, que entonces eran de granito azul con ribetes dorados, se hacían habituales a fuerza de pasear por ellas.

Yo puedo contar, por ejemplo, que allí, en la calle San Miguel, en la tienda J Vallés, yo hablé con los Reyes Magos. Con seis años, no se me ocurrió pensar que eran tres hombres disfrazados, no debo haber reparado en los coloridos trajes de sastrería teatral. Para mí fue una epifanía al revés: era el niño quien descubría y se fascinaba con los reyes. Todo era festivo y gozoso.

Pasear por la calle muralla, donde los judíos, a quienes llamábamos Polaco, aunque fueran sefardíes, tenían allí sus tiendas de tela, como en un cuento de Bruno Schulz. Seguir por la calle Monte (llamada así porque en un tiempo conducía hacia los montes de El Cerro y Marianao) que comenzaba en la encrucijada de cuatro caminos, y terminaba de modo extraordinario, porque en un momento inolvidable se abría a la luz del Parque de la Fraternidad.

O la calle Reina, que tenía por inicio una iglesia gótica, de un gótico que, como se comprenderá, estaba fuera de tiempo y de lugar, y se encontraba luego con el Prado, también en el dichoso espacio del Parque de la Fraternidad. No tengo que decir qué sucedió para que de pronto los rincones conocidos, habituales, sólitos y trillados, en donde nuestra capacidad de observación se hallaba en el punto cero, perdieran la imagen rutinaria y adquirieran poco a poco, aunque, en efecto, sin excesiva lentitud, una nítida presencia.

Fue como si de pronto abriéramos los ojos y nos descubriéramos, para bien o para mal, en un sitio de la historia. Como, por ejemplo, supongo que debieron haberse sentido los habitantes de Guernica el día después del bombardeo que los situó en el mapa de la historia y de la historia del arte. Stendhal decía que cuando la política irrumpía en la literatura lo hacía como un pistoletazo en un concierto.

Un día estuvimos en el concierto, en el más elegante de los conciertos, y escuchamos, no ya el pistoletazo, sino verdaderas salvas de artillería. Y los cubanos, todos los cubanos, vimos cómo se abrían nuestras puertas, cómo empujaban las ventanas, obligados a mirar fijamente a lo político, a vivir en lo político. Es cruel y extraordinariamente fatigoso sentir que se vive cada día de cara a un gran suceso histórico. Al borde de acontecimientos asombrosos y de catástrofes permanentes.

En un cuento de Virgilio Piñera, cada tarde se ajusticiaba a Luis XVI. De manera que la realidad se hizo bruscamente nítida. Para empezar, y hablo por supuesto de mi experiencia personal, mi familia comenzó a planear su huida casi desde 1959. Resultó sintomático, y hasta cierto punto divertido, que mi madre confeccionara su primer pasaporte a los 32 años, y saliera de la isla cuarenta años después. Todo quedó en plan, porque mi abuela, verdadera matriarca, ordenó que o bien salíamos toda la familia, o bien no salía nadie. Y no salió nadie.

No se encontró el avión o la embarcación que transportara a una familia tan grande. Pero lo que importa no es lo que sucedió sino la sensación que teníamos (o tenía yo) de lo que iba a suceder. Desde mi primera fotografía en el Estudio Menéndez, a un costado del Hospital Militar, comencé a mirar a mi alrededor de manera nueva, como alguien que se va.

No sabíamos los que sucedería como nos pasa a los simples mortales que carecemos del don de la adivinación, así fueron años y años de despedidas diarias. Otros, además, se iban realmente, y sus ausencias nos dejaban la sorpresa de nuestras presencias y el misterio de lo que dejaban. Era como vivir en una espera y en una transición. Y era entonces el momento de observar y anotar mentalmente cuánto veíamos. Por otra parte, la revolución nos hizo ver la fragilidad de la vida.

En algún momento de la crisis de los misiles, creímos ser destruidos. En el mismo patio arbolado de los juegos infantiles, vi por primera vez un avión que bombardeaba. Recuerdo que nos escondimos en un pequeño museo de ciencias naturales y yo tiré en el suelo, bajo un ternero disecado. Desde entonces, vivimos en guerra, con un enemigo todopoderoso, a punto siempre de destruirnos.

Aquella guerra fue tan falaz como el viaje a Kansas de mi familia, pero eso sólo se sabe después. La guerra no es sólo el bombardeo. Hay un estado de guerra que se extiende incluso en la paz, y que a la larga, puede que no mate como un bombardeo real, aunque sí mata como un bombardeo imaginario, que es el de las muertes largas y lentas y mentales.

De modo que sí, que la rutina hace que el hogar sea el lugar donde se está sin estar. La amenaza de guerra, sin embargo, lo primero que mata es la comodidad y la rutina. Y los ojos comienzan a mirar lo habitual con los ojos de quien está necesariamente condenado. Los que se iban hacia el Norte, o hacia el Sur, a donde fueran, dejaban las casas vacías y nuestras vidas, y de paso la ciudad, muy empobrecidas. Eran como las bajas del bombardeo imaginario.

Para todo el que tomaba un avión y se iba a Miami o a México, reservábamos un tiempo pasado, inscribíamos su nombre en el mármol de un epitafio ficticio, nos referíamos a él como si hubiera muerto. Recuerdo, con especial nitidez (ya era un adulto), el éxodo masivo por el puerto de Mariel en 1980. Recuerdo la pobreza de la ciudad (la pobreza humana, quiero decir), después que pasaron los meses.

Faltaban tantos amigos, que ya no era lo mismo andar por la calle Empedrado rumbo al restorán el Patio, donde tocaba el piano Esther Montalván y se bebía té y se conversaba. Hasta una función de ballet (para mí que soy tan apasionado del ballet como Leonardo Padura del beisbol) hasta las funciones de ballet tenían algo de pueblerino con un público tan escaso, que no sabía aplaudir.

Yo comencé a mirar Marianao, La Habana, como supongo que miraba Casandra los muros de Troya. A diferencia de Casandra (puesto que yo sí tenía conciencia de que nadie me haría caso), no me propuse vaticinar, sino observar y describir la destrucción de todo lo que sentía mío y había dejado de pertenecerme. Había, pues, que pasear como un cronista que tuviera la posibilidad de hacer la crónica del paisaje, antes, durante y después de la batalla, todo al mismo tiempo, los tres tiempos en uno. Sin bombardeo real, las casas, los edificios se venían abajo.

El tiempo y la desidia, esas eran las bombas. El tiempo, la desidia, la imposibilidad de hacer algo, de trazar un destino propio, y la espera de no se sabía qué. Y en medio de todo, restaurar un antiguo esplendor. A pesar de su historia, qué espléndida La Habana. Y a pesar de la guerra no-guerra, qué luminosa y qué amable, qué acogedora y qué noble. Ahora vivo lejos de ella.

A veces, sueño que estoy allí, en el patio de mi abuela, en la calle, en el Instituto de Marianao, donde sufrí (es mentira no sufrí, rectifico) donde disfruté enamorarme inútilmente por primera vez de un muchacho espléndido llamado Héctor, de ojos achinados y sonrisa fácil. Cuando pienso en Héctor, no lo imagino como debe ser ya, un señor de 58 años, como yo. Lo sigo viendo como aquel joven sin camisa que jugaba pelota en el terreno del instituto. Del mismo modo imagino La Habana. Con sus luces y calles intactas, con todos los amigos deambulando por ella, con mi padre ahumando el arenque de los domingos, o mi madre escuchando a Toña la Negra que cantaba “Noche tibia y callada de Veracruz, cuentos de pescadores que arrulla el mar”.

Imagino a Beni Moré que llega a la bodega a beber y jugar cubilete. Todo bien, como si nada hubiera pasado. En definitiva, supongo que lo propio de un amor verdadero, es que por más que la realidad lo desmienta, no dejarse apabullar por la desesperanza. Y si la desesperanza se hace fuerte, entonces siempre queda un recurso único, ese que todos conocemos, al que nos aferramos y que llamamos literatura.”

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2 respuestas a Los límites del reino, La Habana de Abilio Estévez

  1. magda dijo:

    Me encanto…..

  2. Céline dijo:

    Très beau texte, merci !

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