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José María Guelbenzu sigue la senda de 'Mentiras aceptadas'‘Los poderosos lo quieren todo’, del pelotazo y otros demonios

A propósito de la última novela de José María Guelbenzu sobre corrupción y corruptelas.

Hermógenes Arbusto, Tomás Beovide Soñador, Altagracia Miamol, don Fernando García de las Letras, María Ilustración Frondoso, Maribel Arbusto Frondoso… No es extraña en el autor la elección de nombres curiosos y con significado, ni es nuevo situar la obra en el teatro -en la realidad- de la España de la corrupción y de las corruptelas: en ‘Los poderosos lo quieren todo’, José María Guelbenzu (Madrid, 1944) continúa la senda abierta en ‘Mentiras aceptadas’, (Siruela, 2014), esa historia de ambiciones y pelotazos en la que se reflejaba aquella idea de que no forrarse era cosa de tontos.

Ni es, por  supuesto, nuevo en esta obra el recurso al humor. Pero José María Guelbenzu, crítico, editor y autor, merecedor entre otros de los premios de la Crítica y el Torrente Ballester de Narrativa, da un paso más en esta entrega, ‘Los poderosos lo quieren todo’ al plantear la maldad por dejación, la no bondad convertida en maldad al no hacer el bien.

Un nuevo paso que acude a un un nuevo personaje: el diablo, por muy carnal, atractivo y tentador -eso, claro, se le supone- que se presente (luego descubriremos que en este ramo, como si de un ministerio se tratara, también hay jefes, puestos intermedios, diablos menores y suponemos que becarios). Aparece el diablo, pues, con su vieja oferta que no se puede rechazar, aunque aquí, será cosa de los recortes, aparece matizada: Hermógenes no vende su alma para siempre, sino que podemos decir que la alquila en un leasing temporal, pues la entrega solo hasta que le llegue la fecha, cronológica o coherente, de su muerte.

La muerte, esa Muerte con mayúsculas, esa vieja señora de la guadaña, que se convierte en el desencadenante de la historia.

La Muerte se presenta un día en el despacho, poblado de muebles de anticuario, de Hermógenes, un asesor fiscal dotado y reconocido que se mueve bien en los altos negocios y en las bajas morales, y que gracias a esas cualidades ha conseguido un bonito patrimonio, una casa de lujo, una esposa de envidia, un círculo de poder y dos hijas afortunadas.

Pero la Muerte ha calculado mal las reacciones de su objeto de deseo, de forma que este, con sesenta años, salta del escritorio con la agilidad de un chiquillo, encierra a la Muerte con llave y escapa a digerir la situación. Es entonces cuando el diablo, o ese diablo llamado Forcas, se le presenta y le propone el trato.

A partir de ahí, comienza la disparatada fábula en una corte de las maravillas que, tal vez, no sea tan extraña: un poeta perdedor y enamoradizo, un mendigo vocacional y cabal, un exorcista cuestionado, un biólogo aficionado a las menores, un príncipe vividor y cosmopolita, algún que otro defraudador, un periodista de poca monta… y, principalmente, una mujer -la esposa pero sobre todo la madre: la madre de la hija que el diablo toma en prenda para asegurar que el fiscalista no hará trampa- y se mostrará capaz de cualquier cosa para salvar a esa hija que duerme como la bella durmiente, ajena a todo: a las trampas de su padre, a los desvelos de su madre, a los otros desvelos de su enamorado y a los enamoramientos de su hermana pequeña.

Guelbenzu pone a actuar a la mujer que se muestra capaz de tentar al diablo, y de ofrecerle una más joven y tentadora femme fatale, para entretenerlo y así emprender su cruzada liberadora.

Se desarrolla así, con ritmo y entretenimiento, la última novela del autor de ‘El mercurio’. Y entre las peripecias y los disparates, entre líneas y capítulos, el autor -que aparece en algunos capítulos como narrador y, por tanto, como personaje- desliza ese mensaje moral, o de aviso, que se nos había anunciado en las primeras páginas: cuando el diablo le propone el trato, al asesor no le cuesta mucho aceptarlo: no se trata de hacer el mal sino, simplemente, no hacer el bien, algo que el personaje ha hecho a lo largo de su vida y le ha granjeado grandes réditos.

No es casual la elección de este mundo que oscila, con imprecisos contornos, entre los grandes negocios y la corrupción. Como tampoco lo es la aparición, o contraposición, de escritores sin obra ni éxito, de encarnaciones de sueños que dejan de serlo, perdedores, a fin de cuentas, en el mundo real que un personaje resume: “Teniendo en cuenta la cantidad de mala gente que anda suelta por aquí, no veo la necesidad de apelar al diablo. En este país podrido hasta la médula nos basta y nos sobra con el material nacional”.

Menos mal que, como Guelbenzu, en la vida siempre podemos optar por el humor.

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