El Hedonista El original y único desde 2011

“¡Si uno conociera lo que tiene, con tanta claridad como conoce lo que le falta!”. Mario Benedetti

Menu abrir sidebar

L de Libros

La escritura se convirtió en terapia para atravesar el duelo María Leach, poesía y supervivencia

Muy joven, perdió a su marido. A ella y a su bebé les tocó continuar caminando, mirar hacia delante. Su poemario es una bellísima carta de amor.

Escribir poesía no es fácil. Escribir poesía a la persona amada tampoco. Hacerlo cuando esa persona ha muerto, menos. María Leach firma una pequeña joya que emociona por su desnudez, sinceridad y valentía. Ella decidió sobrevivir a la pérdida de su marido, encontrar la calma, abrazar fuerte a su hijo pequeño y continuar viendo el lado bello de la vida. Fruto de su experiencia es No te acabes nunca, su primer poemario publicado por Espasa es Poesía y que ilustra Paula Bonet, con quien le une una estrecha amistad. Es una lectura conmovedora que recuerda que la muerte es la otra cara de la vida. 

Enhorabuena, No te acabes nunca es una carta de amor maravillosa. ¿Surgió del dolor y, quizá, de otros sentimientos como la ira o la incomprensión?
Absolutamente. Es una carta de amor que dura dos años, el tiempo que me hizo falta para despedirme y aceptar que mi marido no iba a volver. Al mismo tiempo, recorre todos los escenarios que surgen tras una pérdida: primero la incredulidad, luego la rabia, más adelante la pena, el dolor, la desesperación, el agotamiento… hasta la paulatina reconexión con la vida.

El duelo tiene diversas fases que van surgiendo a cuentagotas y que no queda más remedio que atravesar. ¿Sabías que hay una, muy típica, que es la negociación? Ese momento en el que ya ha pasado un tiempo de la muerte y te dices: “Bueno, ya he demostrado que puedo vivir sin ti, ¡ahora vuelve! ¿Qué más tengo que hacer a cambio?”.

La muerte de tu marido, y padre de tu hijo, no sucedió de repente. 
A Charlie le diagnosticaron el cáncer en marzo de 2013 y murió en noviembre del mismo año. Mi duelo en realidad empieza cuando los médicos me cuentan que el pronóstico es terminal. Desde ese día hasta el último me estoy despidiendo constantemente de él en muchos sentidos. Le beso y le digo que le quiero millones de veces al día y le pregunto todo lo que puedo para guardarme la información de las respuestas como un tesoro para el futuro.

Hasta en el peor de los escenarios, la vida sigue adelante, ¿verdad?
Mi opinión es que sí. Cuando mi marido murió, me prometí que iba a luchar y que iba a valorar siempre más lo bueno que lo malo. Él había sido un ejemplo para mí. ¡Incluso me demostró que con un cáncer se podía ser feliz!

Además, ser madre de un bebé también me ayudó a tirar hacia adelante. Hay que dejar de juzgar lo que nos pasa, no es justo ni injusto, simplemente pasa y hay que aprender a lidiar con ello, a aceptarlo. Con el tiempo, pasado lo peor del duelo, descubres que sigue habiendo mucha vida.

¿De algún modo te salvó la palabra?
Sí, totalmente. A los tres días de fallecer mi marido, me planto en la consulta de una psicóloga experta en duelos por cáncer dispuesta a empezar la terapia cuanto antes. Ella me dice, sin embargo, que vuelva al cabo de 15 días. El shock inicial no te deja aún darte cuenta de lo que te ha pasado. ¡15 días me pareció una barbaridad de tiempo! ¿Y qué hago hasta entonces? –le pregunté.

La psicóloga, tras conocer que me gustaba escribir poesía, me recomendó que escribiera y que lo hiciera cada día, no importaba la calidad del texto, lo importante era el acto. Y, así, sin saberlo, convertí el hecho de escribir en una rutina que duró dos años y que me ayudó a ir sacando afuera mis sentimientos. Aunque haya acabado siendo un producto literario, el inicio fue absolutamente terapéutico.

Hay quien prefiere no hablar, no analizar, dejar pasar, dejar ir… y eso conlleva no cerrar las heridas, no poner nombre a las emociones.
Hay que vivir el dolor, por mucho que cueste, porque, si no, corres el riesgo de que se enquiste y entonces sí que será complicado curar la herida, cicatrizar. Es una tentación muy grande mirar para otro lado. El cerebro continuamente intenta que no hables, no analices y dejes pasar el tema.

La psicóloga me dijo: si ahora no afrontas lo que te está pasando y das la espalda a tu situación, de aquí cinco años puedes sufrir una depresión. Eso me asustó. Sin duda, es un camino difícil el de mirarse la herida directamente, el de ir identificando las dolorosas emociones que conlleva la pérdida, pero vale la pena para luego poder volver a vivir. El duelo tampoco es algo que venga de golpe y te aplaste, se trata de un proceso gradual que también tiene una parte muy bonita de aprendizaje personal y viene envuelto en una ola de cariño de mucha gente.

Si tuvieras que definir el término ‘duelo’…
Período de guerra sin un enemigo definido en el que debes construir lo que no tienes ni sabes al tiempo que mantienes un diálogo callado con los muertos.

¿Tú cogiste al duelo por las solapas?
¡Ésa fue mi intención desde el principio! Pero me costó, claro. Lo ataqué por varios frentes utilizando todas las herramientas que estaban a mi alcance: escritura, terapia psicológica, deporte, buena alimentación, planes con amigos que me llenaran de buenas vibraciones…

Aún así, había muchos momentos en los que “me ponía una barrera” y evitaba sentir cualquier cosa. Hay días, además, en los que estás cansado de luchar y te parece que nunca saldrás del agujero. La constancia es clave y, al final, da sus frutos.

Ahora, manejamos con soltura el término resiliencia. Impronunciable pero que nos recuerda que los seres humanos tenemos, o podemos tener, la capacidad de adaptarnos positivamente ante situaciones adversas. Esa es la teoría, ¿pero en la práctica cómo se hace, cómo se sigue adelante?
Desde el primer momento, Charlie afrontó su enfermedad con mucha valentía, con optimismo, con sentido del humor y con una aceptación brutal. Despertaba cada día con una sonrisa y hacía bromas continuas sobre su estado. No se martirizaba buscando un por qué y no perdía el tiempo en aquello que no le iba a ayudar en su situación.

Al final se trata de vivir el momento presente y no anticiparse, no dramatizar. Se puede ser muy feliz con un cáncer, yo lo he visto con mis propios ojos. En esa etapa de quimios y hospitales, tuvimos momentos hilarantes y disfrutamos del nacimiento de nuestro primer hijo como un milagro, ¡hasta nos parecía maravilloso que no nos dejara dormir por las noches!

¿Hablamos poco de la muerte, es decir, de la otra cara de la vida?
La muerte es un tema tabú en nuestra sociedad. Preferimos vivir pensando que somos eternos, con un estilo de vida que no concuerda con la posibilidad de una muerte. Pero, por mucho que la ignoremos, está ahí y, de pronto, un día, la noticia de un cáncer puede cambiar radicalmente tu rumbo.

Pensar en ella, leer o escribir sobre ella… en fin, tenerla un poco más presente, lejos de deprimir, ayuda a ser más feliz, a vivir de forma más consciente, a relativizar muchísimo y a dedicar nuestro tiempo a lo que realmente importa.

A través de la poesía echas de menos a la persona que conociste y con la que viviste, sus recuerdos. Pero también echas de menos a la persona en la que se hubiera convertido. ¿El duelo tiene multitud de tiempos: pasado, presente, futuro?
El duelo lo inunda todo, el pasado, el presente, el futuro…¡hasta tus sueños por la noche! Y sí, hay un momento que no sabes qué echas más de menos, si lo que has vivido con esa persona o todo lo que hubieras podido vivir a su lado.

Uno de tus versos es: ‘Me sigues gustando muerto’. Sin medias tintas. Pura verdad. Pura valentía.
Muchas veces digo, ¡ojalá fuera tan valiente como cuando escribo! Y es que sí, yo seguía enamorada de Charlie. Se fue cuando nuestro amor estaba en su punto más álgido. Me casé enamorada y mi admiración por él se multiplicó al ver cómo afrontaba la enfermedad, con ese coraje infinito. ¡Era mi héroe!

Lo que conllevó su muerte a nivel sentimental fue como aceptar unas calabazas. Como cuando estás enamorado de alguien que no te corresponde y sólo el tiempo consigue sacarte de la cabeza tus ganas de estar con esa persona. Al final, aceptas que no puede ser y que debes seguir adelante.

Posiblemente no eres ni volverás a ser quién eras hasta la muerte de tu marido, ¿pero has dejado de sobrevivir y has empezado a vivir de nuevo?
Sí, la mayor parte del tiempo. Aunque hay momentos en los que parece imposible, el grueso del proceso de duelo pasa y hay un día en el que empieza a aligerarse el peso que llevas sobre los hombros. A partir de ahí notas que poco a poco tomas parte activa en tu vida, que tomas decisiones, que ya no estás tan a merced de las circunstancias.

¿Necesitamos ciertos rituales para cerrar etapas, abrir nuevas puertas y seguir caminando?
Creo que los rituales sirven de mucho. Son mensajes que le mandas a tu inconsciente, a tu corazón, para que entienda lo que te ha pasado. A mí me sirvió de mucho establecer el ritual diario de ir cada noche a al piso que había compartido con Charlie a escribir lo que sentía e ir vaciando poco a poco sus cosas materiales.

Yo necesitaba que el adiós no fuera algo agresivo ni violento, sino convertirlo en un acto cariñoso, paulatino, lento, delicado. Publicar el libro fue como poner fin al proceso de despedida, poner en orden todo lo que había vivido, liberarme de los sentimientos del momento (autocompasión, rabia…) y ver los hechos desde la distancia.

En esta bella carta de amor hay otra persona: vuestro hijo. ¿Cómo ha vivido él la muerte de su padre?
Nico tenía 5 meses cuando murió su padre. Desde siempre lo vio en fotos y, cuando empezó a hablar, empezó también a preguntar por él. Me decía: ¿Pero papá cuándo vendrá? Una psicóloga infantil me aconsejó que le contara la verdad pero en forma de cuento. Y, así, le conté que su papá se había puesto enfermo y que en el hospital no lo pudieron curar.

Nico habla con total naturalidad de la muerte de su padre. Ahora, con cuatro años recién cumplidos, me dice que lo echa de menos y que le gustaría abrazarlo. A mí me parte el alma escucharle, claro, pero también sé que oírle verbalizar lo que siente es buenísimo y necesario. Tiene asumida su orfandad de forma muy sana y nada traumática.

L de Libros

Todo esto
y mucho más
en L de Libros
+