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L de Libros

Un volumen sobre la pasión por descubrir nuevos mundosEl mejor libro para exploradores (reales o de sofá)

Cartas, mapas, dibujos de viajeros de todos los tiempos, recopilados bajo el subtítulo de «Cuadernos de viaje y aventura»

Si usted es de ese tipo de gente que no entendía por qué tenía que ir todos los días al colegio y estar sentado en la misma silla una jornada tras otra, este libro le va a encantar. Va de exploradores, esa gente que ha conseguido hacer con su vida lo que muchos envidian.

Pero si usted es más de sillón, de disfrutar de la lectura con un buen vino a mano, Exploradores también le va a gustar.

La humanidad debe estar muy agradecida a la gente que ha sido y es capaz de descubrir nuevos mundos, siempre a costa de su bienestar y a veces también de su vida. Todo avance se basa en la exploración.

Gracias a la gente que renunció a las comodidades, hemos sabido que existen otros mundos. Fueron viajeros pertinaces que, en condiciones lamentables, realizaron proezas no solo para su gloria, sino también para nuestro conocimiento. Hombres y mujeres que lucharon exhaustos, hambrientos, congelados o achicharrados, en situaciones de extrema dureza, a veces en terrible soledad, soportando fiebres, escorbuto y disentería. Unos volvieron para contarlo, otros estarán aún conservados bajo la nieve y los hay que simplemente fueron tirados por la borda.

¿Por qué eligieron este camino? «Explorar no es una opción; es un imperativo», dice el astronauta Collins, uno de los doce hombres que han pisado la luna y que deja su testimonio en este libro. Cada uno tuvo sus motivos para la aventura; o no, como escribió la viajera compulsiva Freya Stark: «No tengo ninguna razón para ir, salvo que nunca he estado allí».

Más que un libro bonito

La belleza de este libro reside también en que es una metaexploración, un trabajo de exploradores sobre exploradores, autores empeñados en recopilar el valioso material de las imágenes que acompañan los textos: notas, cartas, cuadernos y diarios localizados en desvanes, bibliotecas o incluso en el bolsillo de alguna chaqueta raída.

A este libro le debemos el conocimiento de la historia de 70 exploradores, pero sobre todo la emoción de ver documentos emocionantes, como los dibujos del naturalista Audubon y algunos de su Birds of America, el croquis de Shackleton para cruzar la Antártida garabateado sobre la carta del menú de un restaurante, los bocetos de Evans durante su expedición al Everest, la carta de Scott «para mi viuda» o la descripción de una matanza que Livingstone anota entre las líneas de un periódico por haberse quedado sin papel. Inolvidables son las pinturas de Margaret Mee y sus peligrosas expediciones para pintar plantas que ya no existen, o los versos de Shakespeare que Norton escribió en su boceto del Himalaya. Hay que detenerse, por favor, en la página 311 para ver el dibujo del mar de hielo que hizo Wilson durante el peor viaje del mundo.

La importancia del formato

Exploradores no se concibe en formato digital. No es un coffee table book al uso, aunque también quedará muy bien sobre esa mesita que tenemos delante del sofá. Es un libro para leer la historia de viajeros que descubrieron nuevas rutas para el comercio y la comunicación, cartografiaron territorios, espiaron para sus Gobiernos, trataron con tribus desconocidas, descubrieron especies animales y vegetales, dedujeron teorías científicas, escalaron montañas antes inaccesibles en la época pre-GoreTex, trazaron fronteras y documentaron sus hallazgos para nosotros.

Es este un libro que no se acaba nunca porque el lector querrá volver una y otra vez a los bocetos de Peale, a las descripciones de Lineo, a las acuarelas de Amelia Edwards, a las aguadas de Hodges o a los cuadernos de Amundsen. Es un volumen para tocar, hojear, acariciar, ir hacia delante y hacia atrás, abrir por cualquier página para degustarlo a pequeños bocaditos o darse un atracón de golpe.

Más de 400 imágenes con mapas, dibujos, bocetos, croquis, anotaciones escritas por esta gente admirable aparecen en la bella edición que publica GeoPlaneta. Un nuevo elogio al papel.

Pero aunque parezca que no, lo mejor de Exploradores no son sus imágenes, sino las tres páginas finales de lecturas recomendadas. Este libro debe ser también un aperitivo para profundizar en las biografías y obras de gentes tan admirables. Un verdadero explorador, real o de sofá, no puede conformarse con una página sobre cada uno de estos individuos. Hay que deleitarse con El último diario del doctor Livingstone para admirar la vida del médico que dejó su corazón (literalmente) en África o disfrutar con Bruce Chatwin de su extraordinario relato En la Patagonia.

La trascendencia del cuaderno

Tormentas de nieve, ventiscas, temperaturas extremas, hambre, privaciones, mosquitos… Los exploradores no temen nada de eso; lo que verdaderamente les aterra es perder su cuaderno de viaje. «Lo más importante que debe llevarse en un viaje es un cuaderno de notas», escribe Hanbury-Tenison, multirreincidente en expediciones, porque «¿qué sentido tiene viajar si no se puede contar una gran historia sobre ese viaje?».

El cuaderno es la memoria externa del explorador: «Escribo todo lo que sé que olvidaré al cabo de unos meses», anotó Colin Thubron.

«La vida es un viaje», escribe Chatwin en uno de sus cuadernos Moleskine, y gracias a eso podemos conocer la letra de este viajero, esa característica única que tanta curiosidad nos provoca, la caligrafía que nos conmueve.

Estos documentos son verdaderamente importantes. Exploradores habrá siempre, porque el mundo cambia cada día. Pero sus instrumentos hoy son los teléfonos satelitales, y no el papel y la tinta que sobrevivieron al tiempo y las adversidades.

«Este libro trata sobre lo que algunos hombres y mujeres vieron y pensaron que también les gustaría ver a otros». Si usted ama al prójimo como a sí mismo, compre dos ejemplares. Va a acertar con el regalo y usted se lo merece.

Una respuesta a El mejor libro para exploradores (reales o de sofá)

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