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Lectura amena de la historiaEl mundo clásico bajo el humor de Mary Beard

La premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales nos guía en un delicioso paseo desde la Grecia clásica hasta hoy

La historia antigua es una gran conjetura. Mary Beard nos conduce por el friso del templo griego de Basas, especula sobre su colocación y nos deja con ganas de más.

Si un extraterrestre aterrizara con su nave en la ciudad griega de Olimpia, puede que solo viera un montón de piedras. Pero si le contaran que esas rodajas de columnas desparramadas por los suelos formaron parte del templo de Zeus, y que lo que hoy es una colosal ruina albergó en el siglo V antes de Cristo una estatua del dios tan bella que fue considerada una de las siete maravillas del mundo antiguo, empezaría a mostrarse interesado.

Cualquiera, incluso un terrícola desorientado que hoy contemplase la explanada rectangular próxima al templo no sentiría nada hasta que supiera que se encuentra en el estadio olímpico. Solo con este dato, cuando recorriera el pasillo estrecho y pasara bajo el arco por el que durante siglos entraron los atletas a ese campo sagrado, se contagiaría de la emoción que, 25 siglos después, perfuma todavía el aire y permite intuir el griterío de los 50 000 espectadores a los que daba cabida.

El conocimiento lo es todo a la hora de acercarse a la historia. Donde el indocumentado no ve más que desolación, el sabio disfruta de un verdadero tesoro.

Así era el mundo clásico

En el libro que nos ocupa, El mundo clásico: Una breve introducción, sus autores, Mary Beard y John Henderson, nos abren los ojos para que podamos contagiarnos de su entusiasmo.

La narración comienza con una visita al Museo Británico. Un plano y unas indicaciones nos llevan hasta la sala donde está el friso que un día adornó el templo de Basas, dedicado a Apolo Epicurio. El sitio arqueológico se puede visitar en la Arcadia de la Grecia de hoy, pero ¿cómo llegaron hasta Londres las 23 piezas que formaron parte del friso?

Viajes como los de antes

Un mes de agosto de 1811, el arquitecto británico Charles Robert Cockerell y un grupo de amigos llegaron a Basas. Entre las ruinas se veía el friso, desperdigado por todas partes. Cockerell sabía mirar, y por eso no le parecieron fragmentos polvorientos. Los compró por un precio ridículo y se los vendió al museo de su ciudad natal.

En el camino de esta historia, por otra parte un expolio corriente, los autores de El mundo clásico: Una breve introducción nos hacen imaginar cómo fue la sociedad del siglo IV antes de Cristo, «donde la filosofía era una actividad que se desarrollaba al aire libre —en medio de la vida de la ciudad— y se integraba en un mundo social de bebida y banquetes». Nos cuentan cómo describe Pausanias, el viajero, geógrafo e historiador del siglo II, la belleza del templo datada en uno de los diez volúmenes de su Descripción de Grecia.

El lector puede deducir cómo debió de ser el viaje de Cockerell, una expedición en toda regla, en una época en la que Grecia enamoraba pero no era precisamente el destino turístico lleno de hoteles con encanto que es hoy. De Quincey describió muy claramente las molestias específicas del país: «Salteadores, pulgas y perros». Y sabido es que Lord Byron se dejó allí la vida.

La mejor de las hipótesis posibles

El friso del que nos habla este libro es, digamos, el storyboard de una batalla entre griegos capitaneados por Heracles y otra ente centauros y la tribu de los lápitas. Pero los autores nos advierten, claro, que aunque el puzle parece encajar en las cuatro paredes de la sala del Museo Británico, su disposición, como todo en la historia, no es más que una hipótesis, la mejor de todas las posibles.

En la lectura de El mundo clásico: Una breve introducción hay apasionantes descripciones, análisis geniales e interesantes reflexiones, como por ejemplo, sobre la esclavitud.

Imposible no disfrutarlo porque sus autores son dos eminencias. John Henderson es profesor de Historia del Renacimiento Italiano en Birkbeck, la prestigiosa Universidad de Londres. Mary Beard es profesora de Historia en Cambridge y reciente premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales. Escribe con erudición y pasión, pero también con el buen rollo que transmite su imagen.

Es conocido que Grecia tiene todos sus monumentos llenos de sempiternos andamios en el mejor de los casos y en el peor, también cubiertos con lonas, así que Mary Beard ironiza: «Ahora mismo me voy a Grecia a visitar sus famosas carpas».

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