El Hedonista El original y único desde 2011

“¡Si uno conociera lo que tiene, con tanta claridad como conoce lo que le falta!”. Mario Benedetti

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L de Libros

principios que prometen (y 2)

El primer párrafo de un libro es una promesa. El resto es un compromiso que allá tú. Aquí van algunas pistas.

Mi padre me enseñó a fisgonear en el primer párrafo de un libro antes de seguir pasando páginas y a coger las sandías por el rabillo en perfecto equilibrio pendular según veníamos del mercadillo. La primera lección viene bien si eres un lector desconfiado y de ánimo débil, como yo, y la segunda no vale para nada porque por mucha maña que te des la sandía acaba explotando en mil pedazos al llegar al suelo.

Atención ahora. Lo que sigue es una selección de los mejores últimos párrafos que he hojeado:

“Émile Lecovreur sacó el reloj, que marcaba las dos y veinte. El señor Mercier, corredor de fincas, había quedado con él en el muelle de Jemmapes, cerca del puesto de vigía, a las dos en punto. Buscó mentalmente una excusa para el retraso, y dijo a su mujer y a su hijo, que se impacientaban: Es un tipo que sabe lo que hace, podemos fiarnos”. Hotel del Norte, de Eugène Dabit. Errata Naturae.

“Desde que oí la voz del director ya sabía el tipo de trabajo que iba a proponerme. Siempre me caían a mí los encargos excéntricos, pero aquella vez algo había en su voz, una cierta impaciencia por llegar a lo que me iba a decir, que lo hacía comerse la cola o la cabeza de las palabras”. Restos humanos, de Jordi Soler. Mondadori.

“Lo más extraño del regreso de mi esposa de entre los muertos fue la reacción de la gente”. El hombre que dijo adiós, de Anne Tyler. Lumen.

“Sí, caballero, siempre he sido gordo, siempre… Aquí tengo una fotografía, mírela. Soy yo, completamente desnudo, con cinco meses de edad, sentado sobre un cojín de terciopelo y chupándome el dedo. Dígame, ¿había visto alguna vez algo similar? Cada semana me pesaban en la balanza del panadero y parece ser que todas las chismosas del barrio venían a verlo. Mi santa madre experimentaba un gran orgullo”. El martirio del obeso, de Henri Béraud. Tropo Editores.

“Una de las frases más citadas en artículos y libros que hablan de deportes extremos y experiencias límite entre el ser humano y la naturaleza es la del apicultor neozelandés Edmund Hillary.

-Edmund, ¿por qué escaló el Everest?- le preguntaron.

-Porque estaba ahí- respondió seguramente para quitarse un peso de encima, y porque ya le habían hecho la misma pregunta miles de veces y otras tantas había insinuado cosas respecto de la superación, de la adrenalina y el espíritu aventurero”. ¿Por qué corremos? Las causas científicas del furor de las maratones, de Martín Ambrosio y Alfredo Ves Losada. Debate.

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