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L de Libros

A veces necesitamos ser otras personas y no hay mejor manera de conseguir eso que leyendo un libroSobre escribir y vivir

Ana Fernández, licenciada en Historia del Arte, es autora del blog La Paseante.

No seré yo la primera que piensa que los libros están contando mi propia historia.

Ocurre algo muy curioso cada vez que leo un libro. Supongo que no seré la primera que piensa que, como con las canciones, los libros están contando mi propia historia, pero cuando no eres tú la que eliges los libros, sino que ellos llegan por casualidad a tu vida, el aspecto curioso toma más sentido.

El primer libro que recuerdo haber tenido entre mis manos es ‘Si tienes un papá Mago’, de Gabriela Keselman. Comparaba a mi padre con el de la protagonista, ya que el mío era actor y se podía convertir en lo que quisiera. Algunos años después, como todas las niñas entre 7 y 12 años, tuve mi etapa de “yo de mayor quiero ser veterinaria”. Así que me volví adicta a comprar libros de perros y caballos.

Mi pobre madre pensaría que se le iba a caer la estantería en la cabeza cualquier día y mi padre, cada vez que en la librería de turno yo pedía de nuevo un ‘Perros y perritos’, ‘Educa a tu perro’ o ‘Razas de perros’, me miraba con una mezcla de resignación y esperanza. Así que cuando a los 13 años pedí la enésima ‘Enciclopedia del caballo’, me miró con esos ojos que miran los padres para convencerte de algo y me dijo: “te la compro si te llevas también esto”, y me acercó el primer libro de literatura juvenil que leí: ‘Mi gato Angus, el primer morreo y el plasta de mi padre’, de Louse Rennison.

Ese pobre hombre no sabía lo que estaba haciendo… devoré el libro. Y luego otro y luego otro. Acabé con la colección entera en unos meses y continué con literatura de ese tipo hasta que un día de invierno de 2003, me desperté con ‘Como agua para chocolate’, de Laura Esquivel sobre mi mesita de noche. Fue el día que cumplía 14 años y fue lo más parecido a un ritual de iniciación que he tenido.

Comenzar a leer este libro fue el cambio de adolescencia a mi juventud algunos años antes de lo normal. El realismo mágico acababa de entrar en mi vida y ya no saldría de ella, al menos en los 13 años siguientes. Isabel Allende, Gabriel García Márquez… ellos han conseguido atraparme en sus libros como nadie, con sus hechizos, familias y grandes caserones llenos de fantasmas de antepasados.

Años después, ya en la universidad, Mario Benedetti apareció en mi vida. Lo hizo de una forma sutil, como lo hacen los hombres que luego no se irán tan fácilmente. ‘La Tregua’, con su aire de tristeza y esperanza fue el compañero perfecto para un otoño en el que pasaba más horas en los autobuses que en casa. Hay frases de ese libro que sigo teniendo en la cabeza varios años después, y aunque podría volver a leerlo como si fuera la primera vez (algo bueno tenía que tener la sobreinformación de la que somos víctimas diariamente), la ternura que me transmite Martín Santomé sí que no la he olvidado. Luego, entre horas de biblioteca, ‘El amor, la vida y las mujeres’ me acompañó durante todo el verano. Me identificaba en cada poema y verme reflejada en esos personajes me consolaba de mis dudas amorosas preotoñales.

Yo había coqueteado con la poesía desde pequeña: Federico García Lorca, Rafael Alberti, Pablo Neruda… lo que te ofrecía de manera insuficiente y aburrida el sistema educativo español, pero mi única relación duradera la protagonizó él. Pero murió durante la primavera de ese mismo año y yo sentí que me quedaba sin alguien importante. Recuerdo que estaba desayunando antes de ir a la universidad y recuerdo también que esa misma mañana dejó de hacer frío.

Unos años antes en lo que fue mi propio despertar sexual, una amiga me habló de ‘Travesuras de la niña mala’, de Mario Vargas Llosa. Su personaje no se me parecía en nada, hacía cosas que yo era incapaz de hacer y eso me gustaba. Podía sentirme identificada con alguien que era todo lo contrario a mí, y me veía a mí misma en esas líneas, fustigando a alguien durante años, atravesando el mundo para manejarlo a mi antojo. A veces necesitamos ser otras personas y no hay mejor manera de conseguir eso que leyendo un libro.

Luego vinieron otros, los mejores siempre en otoño, nunca supe por qué. ‘Vida con Picasso’,  Françoise Gilot, ‘Un árbol crece en Brooklyn’,de Betty Smith o ‘Siete años’, de Peter Stamm.

Pero en 2011 ocurrió algo. Yo aún no sabía muy bien qué era esa crisis de la que tanto se hablaba, pero sabía que algo pasaba, y que estaba siendo el principio de algo grande. Ese año, mi padre apareció en casa con ‘Indignaos’, de Stéphane Hessel, y vaya si le hice caso. Descubrí que antes de hacer nada, tenía que informarme. Ese libro había hecho de mi estómago un hervidero de indignación y esperanza. Mi tío debió notar algo, porque días después apareció en una comida familiar con ‘Reacciona’ y una dedicatoria en su primera página motivadora e incendiaria (eso él no lo sabía).

Pero hubo otra crisis rondando por mi cabeza y mi estómago durante ese año. Empecé a dudar sobre mi carrera, sobre quién era yo y sobre para qué servía todo lo que estaba haciendo. Ese año también conocí a Luis, que me habló entre noches de insomnio, café y a veces estudio compartido, de Herman Hesse y su ‘Lobo estepario’. Fue como el antídoto a la soledad que sentía, porque nadie a mi alrededor se hacía las mismas preguntas que me hacía yo, pero el personaje de esa novela sí.

Y lo mejor era que se las había hecho en los años veinte del pasado siglo, lo que me hizo comprender que los hombres no habíamos cambiado tanto en casi cien años si los lobos que teníamos dentro seguían provocando las mismas sensaciones.

Un par de años después, me veía a mí misma con la carrera felizmente terminada y una centena de curriculums enviados sin haber recibido respuesta y empecé a hacerme otras preguntas. Mientras buscaba respuestas a lo que yo sentía como el comienzo del paso de la juventud a la vida adulta, ‘Demian’ pareció brillar desde la segunda estantería empezando por la derecha de lo que era la cueva en la que se había convertido mi habitación. Hesse volvía a responder a mis preguntas con más preguntas y yo comencé a sentirme más tranquila siguiendo el viejo sentimiento de “mal de muchos…” ya sabéis como sigue.

Pero aunque yo no soy tan mayor y no me han pasado tantas cosas en la vida, estoy siendo protagonista de otro cambio y me muero de ganas de saber qué libro va a ilustrármelo. Eso sí, si en veinte años de lectura esos pocos libros me han dicho tanto, no quiero imaginar lo que tengo por delante.

(*) Ana Fernández, licenciada en Historia del Arte, es autora del blog LA PASEANTE

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Una respuesta a Sobre escribir y vivir

  1. gabriela dijo:

    Gracias, querida Ana Cañizal, por hacerme conocer a esta lectora de mi tercer libro, Si tienes un papá mago…(SM, Madrid) Besos.
    (Gracias a El Hedonista, por suspuesto)

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