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“Para ser realmente grande, hay que estar con la gente, no por encima de ella.”. Montesquieu

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Cherchez la femme

… en una cena rodeado de féminas

De rebajas en Hermès con dos corbatas, un chaleco, unos vaqueros, dos juegos de toallas y una chaqueta de lino y algodón de corte hípico.

Ayer (9 de julio) hice mi agosto en Hermès (en sus ventas especiales; o mejor dicho, hiperespeciales). Al ser el ultimo día, y al igual que el pasado año, los precios fueron increíbles. Me llevé una cazadora de cuero reversible, encargo de un buen amigo de la familia; dos corbatas, un chaleco, unos vaqueros, dos juegos de toallas y una chaqueta de lino y algodón de corte hípico y a la que le voy a saca chispas este verano. El año pasado, vine a estas ventas con N. Qué lindos días pasamos juntos entre París, Normandía y Ámsterdam, aunque demasiadas emociones –y sensaciones– en tan pocos días… Me topo con D. y G. Me divierten un rato. No iría más allá con ellas, por lo menos así, en frío.

Como convenimos hace varias semanas –muy parisino eso de convenir con tanto tiempo, para cuadrar agendas–, esta noche toca cena en casa de V. Estará su hija L., de poco más de 30 y una colega italiana. Voy con ganas de conocer a L. Con tiempo, anotando la dirección y los códigos de acceso al inmueble –también muy parisino eso de los códigos de acceso al edificio–. Vive no muy lejos de los jardines de Luxemburgo. Es sobrina de S.V., aquella célebre política francesa que defendió en el Parlamento galo el derecho de las mujeres a abortar. Familia judía, aunque no practicante, que sufrió lo suyo. Salgo con tanto tiempo que, sin darme cuenta, elijo el camino más largo para llegar. Cuando ya estoy en la calle en la que se halla la casa de V., me doy cuenta de que en el papel que agarré no figura su dirección, sino otra bobada que anoté. La llamo. Sale el contestador. Estoy en su calle y no sé ni el número y mucho menos el código… Telefoneo tres veces más, dejando varios mensajes. Al final, cuando estoy volviendo para mi casa, V. me llama. “Perdona, no escuché tu mensaje. El móvil estaba en modo silencio…”

Llego con tres cuartos de hora de retraso (qué digo, más bien una hora) y estrenando el chaleco gris que compré la víspera. Me las encuentro tomando champán, antes de pasar todos à table. Nos acompaña N.V., perfumista de origen indio basada en la capital del Sena. Hablamos en inglés, por aquello de que la perfumista no domina muy bien la lengua de Molière. Presido la mesa, algo que al principio me inquieta pero que luego me proporciona una agradable sensación tras varias copas de un exquisito tinto (aclaro: unas pocas) y que hacen que me percate de que mi inglés es más fluido de lo que creía. A la italiana le llama su marido, la perfumista vive con él (el suyo, se entiende, no el de la italiana), como la hija de V. (en este caso, en pareja). Solo me queda V… Muy joven para mí, pero todo lo contrario. Le gusta mucho la begonia que le he traído y el libro sobre Neruda.

“A las mujeres que están de paso en París les suelo regalar flores. A las que viven aquí, plantas”, le suelto. En realidad, regalaría a todas plantas. No porque sean más baratas, sino porque están vivas. La cena, casera; como tiene que ser. Nada de encargada a un traiteur, como hacen muchos. Un pollo exquisito, con su salsa y sus legumbres. Esta misma mañana fue a comprarlo V. Los quesos y el postre también de chuparse los dedos… Me encanta eso de que tanto el pasillo como otros espacios de la casa están empapelados de libros. Siempre que visito una vivienda así, me pongo a leer los lomos de muchos de los libros de los estantes. “Ven, que te voy a enseñar mi mueble de relojes”, me dice V. Más de cuatrocientos, organizados por colores. Después, salgo a la calle con la italiana, L. y N. La primera se monta en su bici, la segunda en su taxi y la tercera me acompaña un trecho caminando…

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