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“ Yo sé que la poesía es imprescindible, pero no sé para qué.”. Jean Cocteau

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Cherchez la femme

… en uno de tantos cafés parisinos

En el renovado café Bonaparte reflexionando sobre las ventajas de ser un 'habitué' y que los camareros te den la mano.

Siempre quise tener un café preferido: en el que te haces un habitué, los camareros te dan la mano, te llaman por tu nombre…, que sientes como una proyección de tu casa. Ha habido varios a los que he acudido con asiduidad, siendo la infidelidad la que al final ha ganado la partida. Me refiero a los cafés no a otros menesteres. París se presta al asunto. Al de los cafés y al de los otros menesteres. Puestos a elegir, en la rive gauche me decantaría por el que me encuentro, el Bonaparte, renovado hace un año. A todos sorprende -aunque más a los turistas- eso de que, con la llegada de los primeros rayos de sol, en las terrazas apenas suele haber distancia entre nosotros y el vecino. En cafés muchos hemos escrito algunos de nuestros mejores textos, nos hemos citado con amigos, mujeres, unas que se convertirían en amigas… y otras que desaparecerían para siempre. Está bien esa cultura de café, como los escritores de otros tiempos. Un café bien escogido es primordial para que la cita se desarrolle bien o el texto sea de calidad.

Hay quien prefiere un bar a un café. En gustos va la cosa. Yo he citado tanto en unos como en otros. Depende del momento del día, de la persona… Hay varios de lo más agradables por el canal de Saint-Martin, en la rive droite, enclave joven, vivo, alegre. Por la zona del Louvre, el Marly es una maravilla. Allí llevé a G. y S. Por separado, claro. G., con quien parecía estar predestinado, y S., con quien compartí cuatro años -sería también fruto del destino-; la mujer que más me amó, tras mi madre. S., además, me animó siempre a vestirme con ropa de color, consejo que he seguido porque tenía toda la razón y, encima, te quita años. “Ahora que ya no estamos juntos te veo mejor, con más colores…”, se lamentaba un día, precisamente en otro café no muy lejano al Marly.

Hay otras mujeres que no soportan un hombre con ropa colorida, dentro o fuera de un café. Es el caso de la buena de T., que cada vez que me ve con algo así me dice que me hace pédé (homosexual en argot o de manera popular). Que más de una de sus conocidas rusas, al verme así, han pensado de inmediato que lo que a mí no me gustaba eran las mujeres. Infelices. No negaré que si uno viste con colores, trabaja en el mundo de la moda y no oculta cierta sensibilidad, tiene todas las papeletas para que lo tomen por gay. A algunos el cuento les va de fábula. Me miro y me percato de que hoy llevo poco colorido. ¿Será por influencia de T.? No, es por influencia del tiempo, que no acompaña.

Me doy cuenta de que mi querida T. lleva dos décadas en París y de que es rusa, país en el que hasta hace cuatro días, el que destacaba era más que señalado con el dedo -no me refiero a hogueras-. Lo que me sorprende, alma mía, es que la opinión venga de alguien que escribe de moda en destacadas revistas, como ella! T. no es ninguna niña (roza los 60), aunque a veces actúe como tal. Quizá por eso nos llevamos tan bien. Termino de apurar mi café y de seguir combinando la lectura de los dos libros que tengo sobre la mesa. Uno es Le Père Goriot, de Balzac , y el otro, uno de los volúmenes de la Louis Vuitton city guide (que no gay) 2012. ¡Menuda combinación! No hay nada como un café parisino, pero bien elegido, a pesar de que su café no hay quien se lo pueda tomar.

Una respuesta a … en uno de tantos cafés parisinos

  1. G. dijo:

    Fue una mañana muy bonita. Precioso el café Marly, también.

    Bonjour A. !

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