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“Si te encuentras solo cuando estas solo, estas en mala compañía.”. Jean Paul Sartre

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Cherchez la femme

… muy cerca de la place Vendôme

Sobre L., sobre su asistente E., sobre comidas en el el Shangri-La, sobre J. y sobre el Mandarin Oriental.

L. me recibe en el lobby. Francesa, veintipocos años, morena, estatura media. Viste traje chaqueta oscuro y camina sobre zapatos de tacón. Me saluda con cordialidad y me lleva directamente a la habitación más impresionante. Leyendo hasta aquí uno puede imaginarse lo que no va a ser. En realidad, L. es la asistente de E. y me va a mostrar las diferentes estancias de este cinco estrellas. Lleva abierto casi un año. Me perdí la inauguración. No estaba en París. Rostros conocidos, entre ellos la otrora mítica pareja junta, Alain Delon y Mireille Darc. La suite Royale Mandarin ocupa 350 metros cuadrados en dos alturas. Desde la bañera uno puede divisar la torre Eiffel. El sueño de todo gringo forrado de billetes o de los nouveaux riches chinos… Bueno, sí, y el de cualquier romanticón o romanticona al uso y sobre todo con posibilidades, claro.

Un día quedé a almorzar con mi amigo J. Fue en el Shangri-La. Tan atareado andaba aquel día J. que tomó un taxi y se vino directamente al Mandarin Oriental. Ambos tienen connotaciones de lo más asiáticas. Ambos son establecimientos cinco estrellas y abrieron hace poco… No pasó nada. Bueno, simplemente un taxi de más y el tiempo que los dos perdimos: J. yendo luego a la dirección correcta y yo aguardándolo en la mesa. Encuentro apasionante –algunos preferirán utilizar el adjetivo morboso– citarme con una mujer en un hotel. Con una mujer a la que uno quiere, con la que comparte más que una conversación o unas cuantas sonrisas. Con S. disfrutamos de noches en Le Bristol, Plaza-Athénée… Con N. en La Ferme Saint-Siméon, en Honfleur; el De L’Europe de Ámsterdam, el Acqualina de Florida… Con C. solo estuve en uno, el Inglés de Valencia, mi favorito de esa ciudad…

Más de una vez, de paso en un hotel de cualquier parte del mundo, he creído que aparecerá esa persona que me cambiará la vida. Demasiada influencia del cine, ¿no les parece? Es como si tras un cruce de miradas, me acercara a ella como si nos conociéramos de siempre, intercambiáramos unas palabras y saliéramos con lo puesto rumbo al aeropuerto. ¿Destino? Poco importa. Lo importante es que por fin nos encontramos. El resto es secundario… Fin de la escena. Reaterrizando en la realidad, confieso ser un fanático de las piscinas y los SPAs hoteleros. Mañana domingo, sin ir más lejos, probaré la vedette en cuanto a masajes del Mandarin Oriental: dos horas y veinte minutos. Eso sí, luego tocará volver a aterrizar en la vida.

Al retornar al lobby, en compañía de L. y E., me percato de cuatro amigas. No mías, sino cuatro mujeres que están juntas y parecen conocerse de tiempo. Tienen toda la pinta de ser libanesas. Por su tez, el desparpajo con el que se desenvuelven, sus modelos entre Cavalli y D&G, por la alegría de los motivos, y porque pidieron unas copas de champán de buena mañana. Acaba mi visita en el bar, de nombre 8, por aquello de que es el número fetiche para los asiáticos; obra del arquitecto de interiores Patrick Jouin, discípulo de Starck. Me impresiona la enorme barra, en mármol español trabajado en Italia, de más de ¡cincuenta toneladas! “Traerlo hasta aquí fue toda una odisea, sin que se resquebrajara”, me cuenta E. En este bar citaré una de estas noches a S. La conocí hace pocas semanas. Rubia, 35 años, danesa…

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