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Simetría, belleza eficiente

Más allá de cuestiones estéticas, la simetría presente en la naturaleza condiciona nuestra evolución y nuestra forma de pensar.

¿Cuántas veces se ha fijado en la forma de un panal de abejas? ¿Y en la de un copo de nieve, los pétalos de una flor o la forma misma de una persona? La simetría en el mundo macroscópico, ¡y qué decir del microscópico!, es responsable de las más bellas imágenes que puedan contemplarse.

Aun cuando el hombre no era siquiera capaz de cultivar el campo ya dibujaba contornos peculiares. Las piedras talladas, los amuletos y las joyas que hubieran desvelado al mismo jefe de la tribu presentaban entonces curiosas simetrías. En cierto siglo XV poco dado a la psicodelia, Leonardo Da Vinci dibujaba las proporciones que habría de tener el cuerpo humano. Sin embargo, antes, mucho antes, tanto como 570 millones de años, la simetría ya estaba presente en la naturaleza y se disponía a condicionar nuestra evolución y nuestra forma de pensar.

Bonita de contemplar y difícil de definir (como todo lo importante), cabría en primer lugar saber qué es la simetría: la invarianza manifestada tras sufrir alguna transformación o cambio. La simetría es, frente a otros conceptos, una cuestión transversal: ha interesado a físicos, matemáticos y biólogos por igual. Si fuera este tema de su interés, acepte esta modesta recomendación y no dejen de leer ‘Belleza y Verdad: Una historia de la simetría’ de Ian Stewart y ‘Simetría, un viaje por los patrones de la naturaleza’, de Marcus du Sautoy publicados respectivamente en Crítica y Acantilado.

La simetría ha permitido los saltos evolutivos más destacados de nuestra historia. Los seres primitivos, como los cnidarios, -sí, esa medusa que cree ver cada vez que se adentra en un mar algo turbio- tienen simetría radial. Estos organismos cuentan con un sistema nervioso basado en ganglios interconectados que se distribuyen a modo de red. Fue la aparición de la simetría bilateral la que permitió que surgiera el sistema nervioso avanzado tal como lo concebimos. En las etapas más tempranas de este proceso los ganglios se distribuían a pares a los lados del organismo y progresivamente fueron concentrándose en lo que habría de ser la región anterior del cuerpo. Este proceso se conoce como cefalización.

Gracias a este pequeño detalle surgiría la escritura, la música y las matemáticas: había nacido el cerebro. La simetría bilateral no es solo propia de los seres humanos sino del 98% de las especies animales. Pero aún hay más. Tan importante es la simetría como la ausencia de ella. Las células se componen grosso modo de citoplasma y núcleo. Que la división de las células sea simétrica o asimétrica, esto es, que se reparta el citoplasma por igual para las células hijas o que una lleve más que la otra, es un aspecto clave. En el desarrollo embrionario temprano el paso de las divisiones simétricas a asimétricas implica el camino hacia la pérdida de potencialidad. Las células totipotentes, poderosas máquinas creadoras, pierden su capacidad de generar cualquier órgano o tejido en pos de producir otras células especializadas: la maquinaria que realizará con mayor pericia y más eficientemente su muy concreto cometido dentro de todo el organismo.

La belleza eficiente tiene por fortuna dos caras: la simetría microscópica trabaja en silencio para que nosotros podamos contemplar la sorprendente simetría macroscópica en toda su extensión.

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