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El hedonista elige

El festival de Flandes apuesta por la calidadLos chefs se apuntan a Tomorrowland

La gastronomía belga se fusiona con la música electrónica

En el festival de música electrónica más sonado del mundo (nunca mejor dicho) no se vende comida basura sino alta gastronomía. 

Boom es una tranquila localidad de Flandes, uno de esos lugares donde el césped crece sin los desvelos de nadie, las casas bajas con tejados altos están rodeadas por árboles bien criados, los niños pasean en bicis de colores y se escucha abíasta la lluvia que cae sobre las hortensias.

A sus 18 000 habitantes tranquilos se suman de golpe 180 000 visitantes dispuestos a darlo todo al ritmo que les marquen los DJs de Tomorrowland. Una vez al año llega el famoso festival de música electrónica y se instala en De Schorre, el parque natural de Boom, uno de esos lugares con ríos, puentes, bosques y lagos con patitos, al que le crecen los escenarios de un día para el otro.

Cualquiera pensaría que lo mejor que pueden hacer sus vecinos es salir corriendo, pero estos belgas están tan acostumbrados a la gente de fuera que hasta cuelgan banderas de bienvenida para que toda esa gente en camiseta de tirantes se sienta como en su casa.

La madre de todos los festivales

Tomorrowland acaba de celebrar la 13 edición. No puede más de éxito. Este año, en vez de un fin de semana, ha doblado. 360 000 entradas en total que se vendieron en menos de una hora, 2.4 millones de clics en todo el mundo, gente al borde del infarto para conseguir su pulsera de acceso previo pago de unos 900 euros de media, 3000 si vienes de muy lejos, dependiendo del pack que se elija o que se pueda elegir.

Los afortunados proceden de 198 países, más que en la ONU. Es evidente que la música nos pone más de acuerdo que António Guterres.

38 000 personas caben en el DreamVille, un área de acampada con todas las cosas que necesita la población en estos casos, incluso hay una panadería tradicional. Los que no quieran quedarse tienen montones de hoteles esperándolos, 27 para ser exactos, y transportes incluidos. Boom queda cerca de Bruselas y más de Amberes.

La música ruge en 16 escenarios con decoraciones fabulosas. Uno, The Rose Garden, tiene un dragón que se mueve, guiña el ojo y echa fuego por la boca. Tomorrowland es un recinto con aire Disney que de punta a punta mide un kilómetro. La gente se desplaza exclusivamente andando de uno a otro auditorio mientras son vigilados por cámaras que permiten organizar el tráfico humano y el sentido de los caminos para evitar aglomeraciones.

Todo funciona a la perfección. Una app propia informa de lo que queremos saber a cada momento. Abundan los lugares donde cargar el móvil para poder seguir subiendo fotos a Instagram. Hay suficientes baños, zonas wifi, áreas de relax, peluquerías. Un punto suministra tapones gratis para quienes se sientan empachados de decibelios. Y, faltaría más, cuentan con puestos en los que a uno le pulverizan con desodorante, no sea que moleste a sus compañeros de desenfreno.

Como es de suponer que nadie va a un festival a cuidarse, existe el Detox Day. Los que se pasan de rosca tienen a su disposición masajes, comida saludable, zumos y hasta sesiones de yoga. Así podrán volver a casa como si nada hubiera pasado.

En Tomorrowland se llevan los músculos, sobre todo los tatuados; es una ocasión magnífica para lucirlos. Los que no se hayan matado a hacer flexiones pueden enfundarse en un disfraz de superhéroe o en el propio de su comparsa. Queda muy bien ir envueltos en la bandera del país de origen, y es práctico, porque en las noches de Boom hace fresco. Todo vale para exhibirse ante el mundo y provocar a los cientos de cámaras que transmiten en streaming los brazos en alto, los morritos y la felicidad.

La música electrónica no es punchis punchis punchis ni parece siempre igual. En Tomorrowland actúan cerca de mil artistas de muchos géneros y estilos. Steve Aoki, Tiësto, Martin Garrix, Armin Van Buuren…, superestrellas que se sienten orgullosas de poder actuar aquí. Y sí, también está David Guetta.

Tomorrowland se podía mejorar

Música de calidad, escenarios a lo bestia, magnífica organización. Los asistentes se divierten, se empujan lo justo, expelen buenrollismo, se van a dormir temprano, reciclan las basuras… ¿Cómo mejorar todo esto? Parecía imposible, pero apostar por la gastronomía era lo único que le faltaba al festival para ser perfectito.

En España podemos añadir bocadillos de panceta a la dieta de festivales, pero no había mucho más que hamburguesas, perritos calientes y patatas dos salsas. Hasta que los grandes chefs se han colado en Tomorrowland.

No es extraño. Tener ciudades tan mágicas como Brujas, tan elegantes como Amberes, tan majestuosas como Gante, y haber sido la cuna de pintores como Van der Weyden, Van Eyck, Pieter Bruegel, Rubens, James Ensor, Magritte… nos impide decir que Flandes es un sitio ideal para el turismo gastronómico. ¡Pero lo es!

Había cinco grandes restaurantes en Tomorrowland. En el Belgian Steak House se podían degustar las carnes de De Laet & Van Haver con las perfectas patatas fritas belgas; en el Sea Food Restaurant tenían los mariscos seleccionados por De Oesterput. Estaba la propuesta loca de B-EAT, un recinto cerrado que ofrecía una hora de actuación mientras pasaban tres platos creados por chefs de Las Vegas; eso sí que era fusión: actuaban ViniVici y se degustaba a Anthony Amoroso, de MGM Resorts International; sonaba Maurice West y pasaban bandejas de Joshua Smith, el chef de Bardot Brasserie.

El clásico era el Tomorrowland restaurant, con una vista privilegiada sobre el Mainstage, el escenario gigantesco del festival de música electrónica. No solo había chefs como Wout Bru Viki Geunes, también estaba Hans van Wolde, con estrella Michelin, algo que abunda en el universo gastronómico de Bélgica. Por unos 35 € (aquí se paga con pearls, la moneda local que equivale a 1,54 €) se podía digerir la experiencia; eso sí, había que terminar en una hora para dar paso al turno siguiente.

Los Flanders Kitchen Rebels

El espacio más interesante en gastronomía era el Tastes of the World Restaurant. Allí se lucían los kitchen rebels seleccionados para la ocasión, un movimiento de 58 (en este momento) jóvenes cocineros que viven en Flandes pero que pueden ser de cualquier lugar, siempre menores de 35 años, que experimentan y renuevan la cocina belga y la de todo el mundo con sus propuestas frescas, innovadoras, creativas, naturales. Da gusto contar con un grupo así. Ellos mismos suelen recolectar los ingredientes en las granjas proveedoras, servir las mesas, preparar los platos en sus restaurantes y, dos veces al año, cocinar para otros kitchen rebels con el fin de intercambiar propuestas, avanzar, colaborar y promocionar la gastronomía de Flandes. Son jóvenes que creen en lo que hacen y se entusiasman, sin diferencias entre ellos.

Estaban los chefs Tom Van Lysebettens, de Cochon De Luxe; Broes Tavernier, de ’t Vijfde Seizoen, o los encantadores hermanos Laurence y Jonas Haegeman, De Vijf Seizoenen, todos encantados de hacer aún más currículum del que tienen y confesando que se morían por estar allí.

Bélgica es mucho más que sabrosos mejillones, 400 clases de cerveza o el paraíso del chocolate. Para demostrar que la comida rápida no tiene por qué ser comida basura, en Tomorrowland había también numerosos puestos fuera de los restaurantes. En uno de ellos, el chef Sam D’Huyvetter, con dos estrellas Michelin, 28 años, al que puede saborearse en la Brasserie Boulevard, servía en su quiosco una propuesta de cuatro platillos con costillas, pollo, salchicha y bocata de zanahoria para veganos, perfecto para pringarse los dedos.

El Food Market completaba la oferta con restaurantes especializados en cocina con flores, cocina con quesos…

Bailar es una de las cosas que da mucha hambre en este tipo de festivales. Y estaba previsto que nadie se quedara sin comer, ni veganos, ni vegetarianos, ni crudiveganos… Para eso estaban también los 120 stands con comida coreana, vietnamita, mexicana, libanesa, de todas las nacionalidades y para todos los caprichos, incluidos los hipercalóricos: no podían faltar los gofres.

El punto más enigmático era The Secret Restaurant, un espacio en el que los comensales llegaban a pagar 600 € por los platos de Sergio Herman y Syrco Bakker de Pure C, pero era por una buena causa: la Fundación Love Tomorrow, de Tomorrowland, que sostiene proyectos como una escuela de música y arte para niños desfavorecidos en Nepal.

Para cualquier DJ del mundo actuar en Tomorrowland es un sueño, ahora también lo es para los chefs.

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