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El hedonista elige

Emocionante recorrido por la vida y obra del compositor Un museo para quedarse, el de Chopin

Varsovia cuenta con la mayor colección de objetos relacionados con el músico polaco

Hay museos por los que pasamos, otros en los que nos detenemos, y los hay en los que nos gustaría quedarnos. Entrar en el de Chopin es no ver el momento de salir.

Se nota cuando un museo está hecho con amor. Quizá sea imposible acercarse a Chopin con otro sentimiento, pero aquí se respira mucho cariño por el extraordinario músico que fue.

La mayoría de los objetos de esta colección fueron recopilados por sus padres y sus hermanas. Cabe suponer que la familia supo pronto que el niño Fryderyk iba a dar que hablar, así que lo guardó todo. Hay contribuciones de alumnos, admiradores y amigos. Aunque también se sabe que son muchas las ausencias, cartas y recuerdos destruidos intencionadamente por las mujeres con las que tuvo relaciones.

La colección

Este museo cuenta con la mayor colección de objetos que tienen que ver con Chopin o que le pertenecieron. Abundan los manuscritos, partituras, métodos y ejercicios de piano por él creados a medida de sus alumnos.

Emociona ver las cartas cariñosas que envía a su familia, desde Viena o París, sus preocupaciones cuando no se le permitía viajar a Varsovia; la angustia cuando se le ignora y la satisfacción una vez que por fin el mundo le reconoce como un gran músico.

Vemos su correspondencia de letra cuidada y las firmas de bellísimo trazo. Están sus cuadernos infantiles de caligrafía, entre otros objetos personales, como un reloj, una agenda, un tintero, un mechón de pelo propio, otro de George Sand…, guardado, suponemos, en sus buenos momentos.

Chopin fue también un notable dibujante, y en este museo encontramos caricaturas y bocetos salidos de su pluma.

En los paneles cuelgan cuadros de las mujeres que amó, de su familia, de él mismo, algunos pintados por su amigo Eugène Delacroix; también grabados, acuarelas, fotografías. Su vida y su muerte, el molde de su mano izquierda, la máscara final…

La colección no presenta a un músico aislado de su época. Va de su nacimiento a su muerte, nos cuenta su vida, pero recoge también fotografías de la Varsovia de su tiempo, de París y Viena, de la Europa antes de estar revuelta, de la en medio y de la de después.

A toda música

Pero con ser interesantes estos objetos, el museo de Chopin es también un espacio interactivo y moderno para disfrutar de su música. Entre iluminaciones precisas y sombras agradables hay lugares pensados para la perfecta audición de las piezas musicales que el visitante elija.

La información es exhaustiva, pero no abruma; se sirve a petición de cada uno. El usuario puede acceder a ella gracias a un ticket electrónico que le abre las puertas al mundo sonoro de Chopin.

En el improbable caso de que hubiera alguien a quien no le gustara su música, también podría disfrutar de todo lo que este museo ofrece, inteligentemente presentado para que sus como máximo 70 visitantes a la vez tengan una experiencia enriquecedora, ya sean niños o adultos insensibles.

El edificio

Empezó siendo el castillo de los Ostrogski, en el siglo XVI, y continuó siendo el palacio de los Gniński, en el XVII. Como todo en Varsovia, se ha reconstruido varias veces. Hoy su aspecto exterior, muy céntrico en la capital polaca, continúa fiel al origen. En el interior hay una mezcla de ambientes en cuatro plantas: zonas de magnífica arquitectura moderna alternadas con estancias palaciegas. En una de ellas se recrea el salón de la casa familiar del músico, con su piano, al que miramos con deseo de acariciar las teclas en las que él posara sus manos.

De este museo nos vamos antes de que nos echen porque nos da vergüenza ser el último pesado que queda a la hora del cierre, pero no podemos evitar ser el penúltimo.

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