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“Para ser realmente grande, hay que estar con la gente, no por encima de ella.”. Montesquieu

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El hedonista elige

La editorial Turner publica su nuevo libro Santiago Beruete: “En el jardín nunca estás solo”

Entrevistamos al autor de Jardinosofía, una obra indispensable sobre el ser humano, sus jardines y la búsqueda de la felicidad.

Santiago Beruete (Pamplona 1961) es antropólogo, doctor en filosofía, escritor, profesor, poeta y jardinero, o como él dice jardinósofo, una pasión esta última que le ha aportado la paz y paciencia necesarias para abordar su última obra: Jardinosofía, una historia filosófica de los jardines recién editada por Turner, (533 pags.), donde nos adentra en el mundo del jardín. Metáfora de la felicidad y reflejo y espejo de la sociedad que los crea, Beruete hace un repaso magistral a la historia de la humanidad a través de los jardines: los filósofos, artistas, arquitectos y políticos que han influido en el arte de domesticar los espacios verdes. Nos enseña además su estrecho vínculo con la felicidad de los seres humanos y nuestros ideales morales y éticos. Comenzamos la entrevista como no podía ser de otra manera, hablando del hedonismo.

En El Hedonista nos gusta la buena vida, en el sentido de disfrutar, y los jardines son para ello ¿no?

El jardín es uno de los placeres más genuinamente humanos, como escribió el famoso filósofo inglés Francis Bacon hace más de tres siglos. Ver crecer lo que hemos plantado es, sin duda, una de las fuentes de gozo más elementales y duraderas.

Además, el nombre de vuestra revista, al igual que mi libro, rinde homenaje a Epicuro, el padre de la escuela hedonista, que no por casualidad era conocida como El Jardín. Su enseñanza se orientaba a la búsqueda de una forma razonable de placer, que permitiese a los seres humanos alcanzar la paz interior y la libertad para ser ellos mismos.

Por lo demás, los jardines nos dicen muchas cosas acerca de lo que entendemos por una buena vida, de cómo nos representamos la felicidad los seres humanos y de la manera que tenemos de relacionarnos con nuestro entorno físico y nuestros semejantes. En esos oasis de verdor reverberan nuestros ideales morales y estéticos, y resuena la vieja y ambivalente melodía del amor por la naturaleza.

¿Qué tienen en común la filosofía y la jardinería?

Jardín y Filosofía se orientan hacia un mismo fin: lograr una buena vida. Por caminos distintos procuran el bienestar y el bienser. Sea como fragmentos del paraíso o como esbozos de un mundo mejor, los jardines invocan las intemporales aspiraciones de la filosofía y nos permiten visualizar cómo sería una vida más plena y gozosa. Son una metáfora visible de la felicidad.

Por consiguiente, Jardinosofía es un libro sobre nuestras ideas acerca de lo que es una buena vida. Acuñé precisamente ese término para referirme a aquellas obras filosófico- literarias que, desde los lejanos tiempos de Epicuro, Lucrecio y Virgilio, celebran el gozo sensual e intelectual de los jardines, la experiencia vivificadora de cultivar y el contacto benéfico con la naturaleza. Se trata de una larga tradición, de un género si no nuevo al menos sin bautizar hasta hora, al que se suma e intenta  dar visibilidad mi libro.

El caso es que la filosofía nunca se ha alejado mucho del jardín. Su historia está íntimamente unida desde sus orígenes a los espacios verdes. Tendemos a pasar por alto que la Academia platónica y el Liceo aristotélico eran unos parques. Resulta evidente que el jardín no sólo ha representado a lo largo de la historia un marco privilegiado para la práctica de la filosofía sino también un vehículo de transmisión de pensamientos y saberes.

Hablas de que además de ética y estética, los jardines tienen una dimensión política…

La experiencia del jardín posee no sólo una dimensión ética y estética sino también política que completa y amplía las anteriores. Los hábitos y valores que, valga la redundancia, cultiva la jardinería bien podrían guiar la búsqueda del bien común y mejorar la convivencia social. Además de una fuente de placer privado, un entorno de cariño vinculado a una ética del cuidado y un escenario para la buena vida, el jardín ha llegado a ser también en nuestra época un espacio de resistencia y contestación social, de solidaridad y rebeldía. En el fondo plantar no es más que otra forma de plantarse ante el frenesí y la maníaca celeridad de la vida urbana, el consumismo compulsivo y el narcisismo imperante. Cultivar un jardín o un huerto invita a los seres humanos a mantener una relación con la naturaleza no basada en la explotación y el saqueo, y anima ver la Tierra como un jardín planetario. El fenómeno de los huertos y los jardines comunitarios, que proliferan en las ciudades del mundo occidental, ilustra a la perfección las relaciones existentes entre la jardinería y el activismo político.

Cuentas que el libro surgió a raíz del trabajo construyendo un jardín en Ibiza. ¿Cómo fue aquello? ¿Qué te hizo sentir?

Jamás hubiera escrito un libro como Jardinosofía si no hubiera construido antes un jardín. Durante una crisis personal y, sin otra pretensión que evadirme de los problemas cotidianos y tener la cabeza ocupada en otra cosa, me puse a trabajar la tierra, sembrar y cultivar. Sin casi darme cuenta, me descubrí pensando con las manos sucias de tierra y encallecidas por el uso frecuente de las herramientas. A medida que iba enjardinándome, descubrí algo que había leído muchas veces sin acabar de entenderlo en las obras de los grandes maestros del pensamiento: la sabiduría de necesitar poco y la felicidad de no esperar nada. Descubrí que en el jardín nunca estás solo. Hasta el más insignificante y vulgar, cuando lo contemplamos el tiempo suficiente, se vuelve infinito.

Has dicho que “salir al jardín siempre supone entrar en nosotros mismos”…

He aquí el verdadero significado de la Jardinosofía. La mejor manera de procurar la salud del alma tal vez sea «cultivar el propio jardín», como proponía de Voltaire al final del Cándido. Cuidar de las plantas nos reconecta vital y espiritualmente con la tierra que pisamos y favorece la concentración en el presente, el diálogo con uno mismo y la paz interior. La experiencia del jardín activa la vida de la mente y de los sentidos, y nos prepara para vivir en el presente. Nos acerca a la sabiduría de ser y pensar sin escisiones. Cultivar es una forma de cultivarse. Nos desensimisma y colma. No hay jardineros insatisfechos.
Entre las dos sílabas de la palabra jardín cabe la inmensidad de los sueños humanos.

¿Qué podemos aprender de un jardín?

Los valores implícitos en la creación y cuidado de un jardín: paciencia, perseverancia, humildad, esperanza,… animan e inducen a otras formas de compromiso con la tierra y con la sociedad. Muchos de los placeres físicos y los beneficios psicológicos que depara cultivar: serenidad, libertad, reposo, inocencia,… constituyen ingredientes esenciales de una buena vida. Sea cual sea esa receta, hay una corriente subterránea, un vínculo secreto que une la felicidad con los huertos y jardines desde los inicios de la civilización (Paraíso Terrenal, Edén, Campos Elíseos, Jardín de las Delicias,…), y que convierte a estos en islas de perfección, fragmentos del paraíso, oasis de verdor. La utopía se respira en todos los jardines.

Jardines de oriente, románticos, francés, inglés, natural, vertical, exóticos, sostenibles, ¿todos un reflejo de la sociedad que los crea?

Los jardines no son solo una construcción material sino también un creación intelectual. Más que otras manifestaciones culturales, materializan y representan los ideales y aspiraciones de una sociedad. Son documentos de una época y un lugar. Así como el jardín clásico, a la francesa, fue la expresión del espíritu de un tiempo y una etapa histórica: el Barroco y la monarquía absoluta, el jardín paisajista inglés representó la expresión simbólica de una nueva era ilustrada y liberal, caracterizada por el constitucionalismo, la exaltación de la libertad de pensamiento y la reivindicación de lo natural-irracional en sintonía ya con los presupuestos románticos.

Una de las ideas que preside Jardinosofía es que los seres humanos a lo largo de su historia siempre han ajardinado sus sueños, han engalanado con flores y árboles sus ideas de una buena vida, como si no pudieran vislumbrar la felicidad sin el verdor de las plantas.

En el jardín virtual no hay sequía ni heladas… ¿es mejor?

Las nuevas tecnologías abren un horizonte inabarcable e inquietante. Estamos ante una manifestación nueva, característica de la era digital, que utiliza programas de realidad virtual y telepresencia para generar simulaciones electrónicas de jardines. El objetivo ideal de estos dispositivos, al que nos vamos aproximando de día en día, sería crear en el usuario la ilusión tridimensional de un espacio ajardinado con el que poder interactuar. En un futuro no muy lejano será posible sumergirse en una realidad perceptiva continua, semejante a la avalancha de impresiones sensoriales que inundan nuestros sentidos cuando nos desplazamos por un parque real. A partir de ese momento, la experiencia del jardín dejará de estar asociada a un espacio físico concreto. Ahora bien, en esos ciberjardines se habrá perdido algo que forma parte esencial de la sabiduría jardinera: humildad.

Esa la palabra más importante del lenguaje jardinero, pues describe ahora como hace miles de años nuestra relación con la naturaleza: la única manera de dominarla es obedecerla, como decía Francis Bacon. Cualquiera que haya cuidado de un jardín familiar, un huerto comunitario o, simplemente, de una terraza o un balcón con maceteros y jardineras ha aprendido a respetar los ritmos de la naturaleza, a obedecer los ciclos de las estaciones, a aceptar que hay un momento para podar y otro para abonar, un momento para sembrar y otro para trasplantar. Ha tenido, en definitiva, la profunda experiencia de no estar solo y de ser insignificante, de interdependencia con todo lo viviente y de humilde aceptación de que la realidad es como es.

¿Cualquier jardín  vale o es mejor contar con el entorno?

A mi entender un jardín se provee de un alma solo cuando capta el espíritu del lugar, el aroma de su tiempo, el aliento de la naturaleza. Solo así un trozo de tierra se convierte en un auténtico paraíso terrestre.

La sensibilidad hacia las plantas ¿es una cuestión económica, cultural?

No me cabe duda de que es más una cuestión cultural que económica, de sensibilidad que de recursos, de educación que de estatus. La pasión por las plantas no requiere de grandes medios para desarrollarse, únicamente exige dedicación.

Recientemente hay un movimiento por los jardines de vivaces en España, ¿que refleja de nuestra sociedad?

La introducción de las vivaces en el diseño de los jardines en nuestro país obedece, más allá de modas y más acá de razones económicas, a dos motivos principales: su fácil aclimatación y resistencia a las plagas, pues muchas de ellas son autóctonas; y también a su aspecto silvestre, espontáneo e informal, muy en sintonía con nuestra idea de lo natural.

¿Cuál es la virtud mayor que hay que tener ante un jardín?

El calificativo que mejor define a un buen jardinero seguramente es paciente. Pero conviene precisar que una persona paciente no es alguien al que le falta iniciativa para cambiar el mundo, sino que sabe soportar la espera sin perder su capacidad de sorpresa. Plantar es ya de por sí un acto de fe. Cuando en lo más crudo del crudo invierno entierras ayudándote del plantador los bulbos de los narcisos, los jacintos y los tulipanes en la todavía helada tierra, esperas y confías que, a su debido tiempo, broten. Cuando podas, abonas y riegas puntualmente los rosales, las camelias o las azaleas soñando con verlas un día florecer, haces una decidida apuesta por el porvenir. Cuando retiras las ramas y hojas secas de los frutales, cubres con paja los alcorques y nutres el suelo con compost, abrigas la ilusión de que un día los árboles den frutos. No hay mejor abono que la perseverancia. Me emociona pensar que muchos de los más grandes diseñadores de parques y jardines a menudo no vivieron lo suficiente para ver cómo las plantaciones se desarrollaban según su plan y sus proyectos se hacían realidad. Los jardineros trabajan para el futuro.

3 respuestas a Santiago Beruete: “En el jardín nunca estás solo”

  1. GABRIELA DOMINGO dijo:

    Maravilloso tema, magnífica entrevista. Enhorabuena!

  2. Una entrevista estupenda y sugerente Crear un jardín es una obra única e irrepetible pues las influencias externas luz, clima, suelo, orientación influyen en la naturaleza haciendo espacios irrepetibles Es cierto que el jardinero paisajista trabaja con parámetros de futuro donde lo inesperado se convierte en el verdadero placer de la obra Deseando leer el libro

  3. Bettina Ruiz dijo:

    Me ha encantado la entrevista. Cuántas cosas en común con este hombre y mi proyecto, gran sueño: los huertos urbanos sanadores. Tendrían alguna forma de ponerme en contacto con él? Yo vivo en Barcelona. Muchas gracias y un saludo! Bettina Ruiz

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