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5 razones para ver la Copa Confederaciones

Tras una larga y tensa temporada, alberga la esperanza de disfrutar ante la improvisación.

Dice el gran Eduardo Galeano, uno de los escritores que mejor maridan cultura y deporte, que a los futbolistas frustrados la vida nos ha convertido en mendigos del buen juego. Uno acude al estadio o se repantiga ante la tele en el sofá y suplica ver algo distinto, algo nuevo, algo memorable. Y la Copa Confederaciones, que llega con la retina hastiada de fútbol después de una larga y tensa temporada, alberga la esperanza de disfrutar ante la improvisación.

1. Una prórroga tras la tensión. De acuerdo. Es un torneo menor, un renglón por debajo de la Eurocopa y el Mundial en la lista de los alicientes, pero precisamente por eso los jugadores se atreven a afrontar suertes que no intentarían en las grandes citas. Ahora un regate, luego una volea, más tarde un sombrero. Seguro que pasa algo, porque el trofeo, como tal, es apenas una impostura para llenar hueco en las teles y rellenar las arcas de la FIFA. Pero, salvo Argentina y Alemania (y, quizá, Holanda), en Brasil están los mejores.

2. Alicientes a bote pronto. Para el telespectador es una delicia degustar las pausas de Neymar, reciente fichaje del Barcelona; el aguijón de Cavani o la pericia Luis Suárez, los uruguayos pretendidos por media Europa; el diapasón de Pirlo, la genial rebeldía de Balotelli o la electricidad de El Shaarawy, los mejores de Italia… Y, qué diablos, la ilusión de ver juntos a Piqué, Xavi, Iniesta, Ramos, Iker… madridistas y culés en el mismo equipo, un verano más.

3. El magnetismo de lo raro. En un torneo al que acude el campeón de cada continente se alista también el exotismo. Y ahí reside la magia del fútbol. En rarezas como Tahití, el mejor de Oceanía, una selección que se nutre sólo de jugadores aficionados, pero que cuenta con la friolera de 800.000 licencias federativas, y que con seguridad dejará jugar a su antojo a los españoles. En esa isla polinesia solo hay un futbolista profesional, Vahirua, este año en el Panathinaikos griego. En España, por contra, existen 42 equipos profesionales que generan el 1,7% del PIB. Y la Federación Española maneja 120 millones de euros de presupuesto anual. Poco decide el dinero: otras selecciones menores, como Japón (Asia) y Nigeria (África) lucen ya galones en torneos internacionales, y sus figuras emigran y se curten en las grandes ligas europeas. El japonés Kagawa (Manchester United) y el nigeriano Mikel (Chelsea) son ya referencias planetarias.

4. La reivindicación. Hay futbolistas que acuden al torneo con la idea de romper el escaparate. Por ejemplo, David Villa, que acostumbra a transformarse con la selección, después de una temporada discreta en el Barça; el brasileño Marcelo, también un año en segunda fila con el Real Madrid; Javier Chicharito Hernández, el ariete del United, que se reivindica con México; Diego Forlán, un eterno talento uruguayo que apura sus días en la liga brasileña… El que no pone la tele es porque no quiere.

5. ¿Otro ‘Maracanazo’? Es difícil que la historia se repita, pero España tiene oportunidad de profanar el templo sagrado de los brasileños, el estadio de Maracaná. Ahí se juega la final, y el cuadro –y los méritos– pueden cruzarlos en el partido decisivo: la final. Y una final en Maracaná no es cualquier cosa. Menos aún en el país que más vive el fútbol. En 1950 perdió su Mundial en el mastodóntico estadio: pagaron su entrada 173.850 almas, pero algunos calculan que habría 220.000 personas allí dentro. Oviedo entera, más o menos. Contra todo pronóstico, Uruguay derrotó al anfitrión en la final. Alcides Ghiggia, el autor del 2-1 letal, acuñó una frase tan fanfarrona como empírica: “Solo el Papa, Frank Sinatra y yo hemos hecho el silencio en Maracaná”. Quizá Pedro, Torres o Villa logren otro silencio. ¿Por qué no?

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