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“ Yo sé que la poesía es imprescindible, pero no sé para qué.”. Jean Cocteau

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Minuto 91

Un móvil para correr

Hace años, para correr hacía falta una excusa. Ahora hace falta un móvil, como en los crímenes.

Cuando algunos empezamos a correr, hace la mitad de la vida, la gente se giraba por la calle. “¿Dónde irá ese loco, con lo que llueve?”. Las zapatillas eran casual (de vestir, para entendernos); la amortiguación del calzado sonaba a I+D+i, el chándal aún no había sido relegado a la compra del pan o al paseo del perro, y la preparación corría al dictado de la voluntad. Uno salía a correr un rato, para soltar el estrés del día o los gramos adheridos a la cintura después de dejar el tabaco. Cuando el hábito se convertía en adicción, había quien cometía la tropelía de apuntarse a un maratón. Sí, a la prueba de 42.195 metros. No había medias tintas. O maratón, o nada.

Hoy, la voluntad sigue siendo el motor de tan sana costumbre –estos días de calor y esos de invierno que anochece a las 18 horas, la voluntad se convierte en milagro–, pero han cambiado algunas cosas. Por ejemplo, al correr se le llama rodar (?). ¡Como si el aparato locomotor llevara bielas o ruedas! El chándal ha dado paso a la ropa técnica, aislante y/o térmica, de colores y tejidos irreproducibles. Por el asfalto trota un dineral en zapatillas para pisada “de pronador” o “neutra”, con amortiguación de aire o de gel, y muy pocos se lanzan ya a la épica sin someterse antes a una concienzuda preparación de cara a empresas mayores.

Uno puede apuntarse a cualquier carrera popular de 5, 10, 15, 20 kilómetros o media maratón, recoger el dorsal y la preciosa camiseta conmemorativa de la inscripción (¿qué fue de las camisetas de algodón?) y correr con su cuadrilla o su pareja hasta el kilómetro que le dicten los pulmones o los isquiotibiales.

Antes, en los 80, había locos pedestres que corrían un maratón con Keds o con Tórtola en los pies. Los más privilegiados lucían unas Paredes o unas Adidas Stan Smith con las que también jugaban al tenis y, si colaba, entraban en las discotecas bien pintones.
Hoy, nadie se lanza a la prueba reina del atletismo sin el material más sofisticado. Gel, Air o Torsion son apellidos adscritos al pedigrí de las zapatillas. Todo el mundo sabe que 42.000 zancadas son una severa prueba para las vértebras, las rodillas y las caderas, y conviene protegerlas.

A finales del siglo pasado, había quien corría con un reloj analógico, similar al de la primera comunión. Los pioneros lucían incluso pinzado al pantalón un rudimentario podómetro de péndulo, al que el propio corredor introducía la medida de su paso, para conocer la distancia que recorría. Hoy el pulsómetro de la muñeca se sincroniza con un velcro adherido al pecho que permite seguir un programa de entrenamiento planificado sin mirar de reojo al corazón.

Y llegó el problema: las firmas deportivas se han aliado con las de tecnología, que son también las de telefonía, y parece no haber más remedio que correr con el móvil. Proliferan en los parques atletas urbanos con brazaletes al bíceps para el telefonino. “Es que llevo mi programa de entrenamiento del último mes”; “Es que así hago un seguimiento de las series de carga”, se excusan. Llámese el ingenio iPhone, Samsung o Sony Xperia, no deja de ser un teléfono. Como el de Gila, pero en pantalón corto.

Llega el día de la carrera y la salida retrata un nuevo escenario: ya no hay reloj de agujas, ni camiseta de tirantes blanca, ni zapatillas de gimnasia del colegio, ni pestilentes calcetines de hilo (algunos con el olfato atrofiado siguen tirando de ellos), ni gafas de sol Ray-Ban… La planta y la estética son otras: colores flúor, mallas piratas, gafas de espejo, tatuajes de futbolista…

Dos o tres de cada diez lucen el dichoso brazalete, un censo que, tarde o temprano, amenaza con sembrar la carrera de politonos. Lo peor llega cuando el/la atleta descuelga. No es raro escuchar conversaciones de este pelo:
–¿Sí? Voy por el kilómetro 35. ¿La rodilla? Bien, bien. Lo que llevo mal es el ritmo.
–¿Dónde me esperáis? Qué cachondos, ya de cañas.
–Ahora no le puedo atender… No, no. Es el teléfono de la empresa y no quiero cambiar de operadora.
Y, la más temible de todas:
–No, cariño, aún no eches el arroz, que en la meta hay mogollón de gente y luego tengo una hora a casa en metro.

Inaudito. Hasta hace bien poco, en el Maratón Popular de Madrid, uno estaba loco por llegar a la calle en la que los vecinos ponen a toda pastilla la melodía de Carros de Fuego; a ese rincón de la Colonia del Manzanares en el que una cacerolada anima a la procesión pedestre, o a ese sobrecogedor Mesías de Haendel, que saluda la entrada al Retiro en el kilómetro 42.

Ahora, no. Ahora uno va pendiente del móvil. Del suyo o, lo que es peor, de los otros. Como en casa, como en la oficina, como cruzando un semáforo, como todos los días. Antes el móvil era correr. Ahora el móvil es un programa de entrenamiento. Pero también un incordio.

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