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Ventajas para casi todosRazones para amar la Semana Santa (aunque seamos ateos)

Una celebración vista al margen de las creencias religiosas

Hubo un tiempo en España en que la Semana Santa era un decreto. La radio emitía música clásica en el mejor de los casos, y en el peor, saetas. En esos días, la tele, aunque ya hubiera descubierto el PAL color, parecía en blanco y negro; su mayor atrevimiento era volver a programar Ben Hur, y la veíamos otra vez, porque bares, cines y teatros se cerraban por el bien de nuestras almas. Comer carne era malísimo, y si se hacía en público, resultaba sospechoso.

Por eso cuando cuando llegó la democracia corrimos a hacernos muy anticlericales, pero en este país paradójico resurgieron como nunca las cofradías católicas.

Celebrar la Semana Santa dejó de ser una imposición y pasó a considerarse una seña de identidad. La Virgen propia es siempre más guapa que la del pueblo de al lado y la forma de cargar con el Nazareno tiene más gracia en nuestra cofradía que en la rival. Cada uno reivindica lo suyo y escarba en su pasado para dar con el origen remoto de su ritual. Y si no lo encuentra, crea uno nuevo, porque a la segunda se convertirá en tradición.

Una industria poderosa

Vista sin fe, la Semana Santa es un teatro para escenificar la muerte de Cristo; se da también un aire al carnaval, aunque la pasión resulta bastante más monotemática. Pero se mire como se mire, esta semana es un negocio.

Se necesitan muchos rollos de tela para uniformar a tantos como quieren procesionar. Los hermanos lucen túnicas de todo tipo, unas veces dignas de un obispo y otras más sencillitas.

Al hábito se une toda una parafernalia de tocados y capirotes, fajas, cordones y cíngulos; a lo mejor también una capa y, por supuesto, guantes. Hay que lucir medallas e insignias distintivas, encargar banderolas y estandartes. Se necesitan báculos y campanillas. Casi seguro que la cuenta de flores será para echarse a temblar, y habrá velas e incienso para aburrir.

La Virgen no puede salir otra vez con el mismo manto, quizá es hora de renovar también la cruz de guía, los faroles se deterioraron el año pasado…

Es hora de construir plataformas para los pasos, vigas, varales, zancos, horquillas, costales, palios. Y también hay que conservar y restaurar el patrimonio existente.

Antes de decir que no nos gusta la Semana Santa, deberíamos pensar en cuánta gente provee a las cofradías para el desfile procesional.

El resurgir de los artesanos

La artesanía es un lujo en la era de los robots y los chinos. Gracias a la Semana Santa los artesanos perviven, aunque sea a paso procesional.

La gente experta en bordar en oro no trabaja para Zara, así que el encargo de un paño para el Nazareno o un manto para la Dolorosa supone una gran alegría. Todos esos artesanos capaces de hacer un encaje de bolillos para los puños de la Virgen, de colocar alamares en el palio, de tallar las volutas del trono de Jesús como si en vez de ser de madera fueran de plastilina, que saben dorar un angelote, trabajar el yeso o cromar una reluciente corona… creen en los milagros cada vez que reciben una llamada. Ebanistas, orfebres, tallistas, pintores, escultores o fabricantes de tambores consideran que con esta tradición les viene Dios a ver.

Pero también es una ocasión para los músicos. Las agrupaciones musicales, que no suelen sacar de sus muchas horas de estudios y ensayos más que la satisfacción de hacer lo que les gusta, tienen en la Semana Santa un motivo para lucir su repertorio, deleitar a los presentes y poner dramatismo o alegría al momento con su imprescindible banda sonora.

Los demás también deberíamos alegrarnos de que se proteja a los músicos y a los artesanos, un bien para todos, para nuestra cultura y nuestro patrimonio.

Gastronomía de penitencia

A los españoles no nos hacen falta pretextos para comer. Sabido es que hemos exportado al mundo la paella, la tortilla de patatas, el gazpacho y el bocata de calamares. Junto a esto, tenemos varios «mejor cocinero del mundo», y nos podría ir mejor si no fuera por los peruanos. Nuestra gastronomía es tan variada como nosotros mismos. Hay platos típicos en cada pueblo, dulces tradicionales hasta en los conventos y concursos de tapas en el barrio más próximo.

No poder comer carne también ha dado lugar a una gastronomía propia de este estado de excepción. Hoy muchos cocineros se afanan en recuperar recetas tradicionales de Semana Santa y ofrecernos los típicos potajes de vigilia, los buñuelos de cuaresma, el ajobacalao, las torrijas. Ni restaurantes ni pastelerías tienen vacaciones en Semana Santa, ni las quieren.

Recuperar, enriquecer y reinventar nuestra gastronomía es una ventaja para todos. La mala noticia es que no se sabe de nadie que haya adelgazado durante estos días de penitencia.

El turismo genera riqueza

No hay muchos países que se tomen la Semana Santa tan a pecho como los españoles y los países que colonizamos, claro. Hacemos gala de estas celebraciones propias y además no tenemos dos iguales. Las de León no se parecen a las de Valladolid, ni las de Madrid a las de Lorca. Aunque se trate de pueblos próximos, cada uno tiene sus ritos, su organización, distinta manera de bailar los pasos como hacen con gracia en Vélez-Málaga o de llevarlos toda velocidad y cuesta cuesta arriba, como gustan en Antequera.

Promocionar la Semana Santa de cada localidad es bueno para todos porque atrae turismo nacional e internacional. Y eso beneficia a los pueblos, a hoteles, restaurantes, comercios locales, gasolineras… e incluso a las iglesias.

Y también a los turistas que tienen la ocasión de conocer nuestro excepcional patrimonio artístico. Puede que haya quien se queje de la invasión, pero pensemos que en este país no estamos sobrados de trabajo, y la Semana Santa es eso que ahora se llama una oportunidad de negocio.

Lo que Dios une…

Los sociólogos sabrán por qué nos gusta tanto pertenecer a un grupo.

En la Semana Santa hay hombres y mujeres que hacen equipo y músculo con sus iguales por un objetivo común. Se apoyan unos a otros, colaboran entre hermandades, trabajan denodadamente para que todo salga bien y se sienten más orgullosos de pertenecer a su cofradía que si recibieran un Nobel cada uno.

Preparar las flores, coser atuendos, limpiar imágenes, abrillantar maderas, distribuir aquarius entre los penitentes… Esto es un no parar antes, durante y después, un trabajo de todos. Los cofrades no se quejan, ni siquiera las mujeres que además de pasos sobre sus hombros llevan tacones por las calles empedradas.

En la mayoría de pueblos y ciudades, la gente visita en masa los pasos que van a procesionar. Las iglesias abren sus puertas para que las familias engalanadas se hagan selfies con la Virgen asomando por detrás y los niños tiren besitos a Jesús crucificado. ¡Parecen todos tan felices!

Los padres animan a sus hijos a que se disfracen como ellos, a que pertenezcan a la misma cofradía que acogió a sus abuelos y bisabuelos, a que conserven las tradiciones y hereden los escapularios. Y les hacen caso.

Ver una procesión en la tele es como ponerse un documental de La 2 sobre las islas Galápagos en lugar de ir: nada parecido. Hay que meterse dentro para comprender por qué a la gente se le saltan las lágrimas. Y no hace falta ser un capillitas para disfrutarlo.

Se viven momentos de tensión y a veces de peligro. Mucha gente se ha unido para conseguir un fin, han invertido tiempo, dinero y tremendos esfuerzos. Detrás hay siempre una fuerte identidad de grupo. Los sentimientos, la música, el fervor religioso (aunque no siempre) provocan emoción.

Los detractores podrán argumentar que nuestra celebración de la Semana Santa tiene un punto gore, machista, esperpéntico, retrógrado y mil cosas más. Pero, con independencia de las creencias de cada uno, tenemos razones para protegerla.

La Semana Santa une mucho.

(Todas las imágenes han sido tomadas en Vélez-Málaga y en Antequera).

5 respuestas a Razones para amar la Semana Santa (aunque seamos ateos)

  1. gabriela domingo dijo:

    Me has convencido, Ana! Pero sigo sin entender qué pinta la Legión en la Semana Santa…

    • Ana Cañizal dijo:

      Son una representación de miembros de distintos cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado. Acuden voluntariamente, por vocación y tradición, como el alcalde que lo desea, los concejales, etc.

  2. Amador De La Torrija dijo:

    IM – PRESIONANTE !!!!
    Da gusto leer y ver tus artículos .
    Cómo sería este si te gustara la Semana Santa??
    Menudas fotos. FELICIDADES !

  3. Anto Chozas dijo:

    Estupenda “saeta conceptual”.Poderosas imágenes y sabia voz…

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