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Estreno

Drama del chileno Pablo Larraín sobre Jackie Kennedy 50 sombras de ‘Jackie’

El chileno Pablo Larraín ofrece drama sobre los acontecimientos vividos por Jackie Kennedy en los días al asesinato de JFK.

Casi solapándose con su película anterior en las marquesinas, la también cuasi-biográfica Neruda (2016), el director chileno Pablo LarraínNo (2012),  El club (2015)- vuelve a las pantallas con una película sobre la ex-primera dama estadounidense Jackie Kennedy. Pero el director no tiene el menor interés en contar un biopic al uso sobre la extensa biografía de Jacqueline Lee Bouvier Kennedy Onassis, sino abrir en canal una de sus múltiples vidas, la de viuda reciente, centrando la historia en los días inmediatamente posteriores al asesinato de JFK en Dallas, el 22 de noviembre de 1963, ofreciéndonos un intenso retrato de la fractura emocional y la garra mediática de una mujer que se supo, por unos días, imagen de un país.

En lugar de intentar concentrar su vida en la duración de un largometraje, ofreciendo un retrato inevitablemente imperfecto de una figura irremediablemente escurridiza, el director chileno se decanta por concentrar su largometraje en la narración de una doble fisura: el quebranto emocional tras la trágica muerte de su marido, que los acontecimientos no hacen más que dilatar, y la cisura mediática entre su vida privada y su imagen pública, que se esfuerza en todo momento por colapsar.

En lugar de recrear eventos por todos conocidos, gracias a esa cinta Zapruder sobre la que tantos escritores y cineastas se han volcado (y reído), Larraín se decanta por escurrirnos tras las bambalinas de esos acontecimientos históricos que los medios y Jackie convirtieron en teatro, invitándonos a conocerlos no tanto de facto como de cordis, con el corazón, a través de la expresión por momentos enajenada, a ratos desgarrada, pero por lo general contenida de su protagonista, interpretada por una estupenda Natalie Portman que no solo recrea cada gesto, expresión e inflexión en la voz de la ex-primera dama, sino que los modula con sutileza y habilidad para representar a una mujer con mil caras y una determinación: esculpir la imagen de un mito.

El mito de un presidente que, como su propio hermano (Peter Sarsgaard) nos lo recuerda, pocos logros tuvo tiempo de alcanzar: en esencia, solventar una Crisis de los Misiles que quizás, por entrar a traspiés, hizo mucho por convertir en crisis. Ni rescató a un país de una Gran Depresión ni puso fin a una Guerra Civil o Mundial, dejando en todo caso al país con un pie en Vietman. Y aun así ha pasando a la posteridad como uno de los presidentes más (re)conocidos y (in)queridos de EE.UU., merced a una imagen mediática (su telegenia frente a un Nixon sudoroso, su asesinato frente a una cámara doméstica, su funeral ante un plantea los flashes de todo el globo) que la ex primera dama se esforzó por controlar y labrar ex professo, ex ante y ex post ese fatídico 22-N en que murió en su regazo salpicando su vestido rosa y las retinas de medio mundo.

Pero no es una película sobre el presidente, que solo aparece de soslayo, sino sobre la primera dama, que colma la imagen en primerísimo plano. Portman consigue que empaticemos con la protagonista en sus pasajes más íntimos, ensangrentada ante el espejo de un avión del que decide salir de frente, ausente ante una casa de la que tiene que salir de lado. Pero sobre todo que sospechamos de ella en las escenas más mediáticas, solicitándonos a través de su estupenda interpretación que busquemos conatos de actuación en los matizados cambios de las facciones y las dicciones del personaje que encarna. Porque Jackie no es un retrato de Jackie Kennedy, sino una deconstrucción de las diferentes imágenes que en ella convergieron, que ella misma ofreció al mundo, como si Larraín hubiera antepuesto, entre su rostro y el espectador, uno de esos prismas de Newton que convierten un haz de luz blanca en un arcoíris de color, algunos cálidos como el afecto, otros fríos como el dolor, solo observables al contrastarlos con la oscuridad. Un sinfín de imágenes fijadas sobre un mismo nombre y un mismo rostro, que el director chileno muestra ante las cámaras, ante el pueblo americano, ante un reportero, ante sus colaboradores, ante su familia, ante un espejo y, solo al final, ante su marido.

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