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Estreno

La última película de Rodrigo García ‘Últimos días en el desierto’, de Rodrigo García

El colombiano Rodrigo García firma una interpretación personal de lo que pudo ser la etapa final de esos 40 días que Cristo pasó en el desierto, consiguiendo dotar de cierta frescura a un relato mil veces filmado.

El colombiano Rodrigo GarcíaCosas que diría con sólo mirarla (2000), Nueve vidas (2005), Madres & hijas (2009)- firma en Últimos días en el desierto (2015) una interpretación personal de lo que pudo ser la etapa final de esos 40 días que Cristo pasó en el desierto antes de su retorno a Jerusalén y posterior crucifixión. Un pasaje que los Evangelios mencionan sin prestarle demasiada atención, dejando la puerta abierta a la imaginación, una laguna dramática a la que más de un cineasta se han tirado de cabeza con antelación, desde Nicholas Ray en Rey de reyes (1961) y George Stevens en La historia más grande jamás contada (1965), sin especiales licencias poéticas a la hora de plantear las dudas y tentaciones del Señor, al Martin Scorsese de La última tentación de Cristo (1988), más dado a lo terrenal y la alucinación, convirtiéndose en el referente más inmediato del filme de García, que también firma el guion y consigue, contra todo pronóstico, dotar de cierta frescura al relato en cuestión.

Con mayor querencia por lo simbólico y menor maña para lo dramático de lo habitual en su filmografía, que incluye varios trabajos de estupendo oficio en el ámbito de la televisión –A dos metros bajo tierra (2001), Carnivàle (2003), En terapia (2008)-, García centra toda su película en el breve pasaje bíblico, adentrándonos in media res en el deambular de un Jesús (Ewan McGregor) cansado, harapiento y en plena crisis existencial, que vaga perdido por el árido paisaje enfrentándose a las inclemencias del clima, las penurias del asceta y los incesantes reproches del Diablo, incansable en su afán de llenarle la cabeza de temores, dudas, recelos y tentaciones. Por el camino conoce a una familia, integrada por una madre enferma (Ayelet Zurer), un padre severo (Ciarán Hinds) y un hijo resentido (Tye Sheridan), a los que ayuda y ofrece consejo, viendo reflejados en ellos los mismos problemas paterno-filiales en los que anda sumergido él mismo (Padre, ¿por qué me has abandonado?).

El director convierte así el famoso pasaje bíblico en una íntima historia de padres e hijos, ofreciendo una parábola mundana de los divinos dilemas del Señor. Parábola que se desarrolla de forma lenta en sus tiempos y distante en sus afectos, aunque nunca aburrida, merced a los continuos diálogos de Jesús con el paisaje, con otros personajes y consigo mismo, al aparecérsele siempre el Diablo con su mismo rostro (interpretado por el propio McGregor, quizás demasiado expresivo para encarnar a Jesús, pero adecuadamente pillo para dar vida a Satán). En cualquier caso el protagonista absoluto de la obra es el paisaje del desierto de Anza-Borrego (California), preciosamente fotografiado por el mejicano Emmanuel LubezkiEl árbol de la vida (2011), El renacido (2015)- y que el director nos invita a contemplar en todo su esplendor, ofreciéndonos un festín de nubes, arenas y rugosas colinas, que Dios parece haber arrugado a su antojo, cuál paño, tras secarse el sudor en él.

Lo que dota de gran belleza a un filme por lo demás interesante. Que nunca consigue, a pesar de desearlo, alcanzar el ascetismo estético y la trascendencia espiritual del Pasolini de El evangelio según San Mateo (1964), por culpa, se me antoja, de un hilo musical que no da lugar al silencio y un planteamiento narrativo demasiado clemente con su espectador, al que invita a la meditación sin exigirle ninguna privación (ya saben: el que algo quiere algo le cuesta, y el filme, a pesar de su tempo pausado, resulta de muy fácil digestión). Pero ofrece suficientes gratificaciones para convertir esta travesía por el desierto en una bella y fértil reflexión.

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