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Restaurantes

De corte mediterráneo con guiños internacionales, de flores y vinos.El Gordo de Velázquez

Cocina de siempre y de hoy. Una nueva dirección en Madrid donde disfrutar de una variada carta.

Reposo y dedicación se dan la mano en la propuesta de este restaurante. Trayectoria y saber hacer definen la batuta de su cocina. Producto y tradición son el hilo conductor de la carta. El Gordo de Velázquez nos cuenta que lo de siempre funciona. Nosotros nos acercamos a comprobarlo.

Y comprobamos que estaba lleno, que su atractiva terraza salpicada de plantas y flores atraía los ojos de cualquiera que paseara por la madrileña Velázquez; que su cocina es una honesta declaración de que la tradición es tan actual como cualquier otra tendencia y que un buen servicio es clave para que una experiencia sea redonda.

Nacido de la inspiración en la novela The Pickwick Papers de Charles Dickens, El Gordo de Velázquez abrió sus puertas hace apenas unos meses y es la apuesta más personal del chef José María Ibáñez. El que fuera durante trece años el director de cocina de Semon, con posos de Pedro Subijana y el mítico Jockey, encabeza ahora una cocina más propia, más suya. La oportunidad de poder desarrollar su estilo a través de platos que viajan entre recuerdos, sabores mediterráneos y otros que hablan en idioma foráneo.

Esto se traduce en que uno puede pasar de clásicos que han marcado su carrera -como los canelones trufados o el pastel de berenjena- a un tierno pulpo a la brasa sobre patata confitada y ajada o unas albóndigas de ternera en salsa con colmenillas. Sin olvidar esos guiños en forma de ceviche peruano de corvina, gamba y pulpo o el silpancho boliviano, un escalope de ternera picada y especias que se machaca cual milanesa.

La carta es amplia, muy variada y adaptada para compartir. Diferentes opciones de picoteo, como unas sabrosas croquetas o la brandada de bacalao, pero también sopas, verduras, arroz, pasta, legumbre, mar y carne… platos frescos que hablan de verano como el tartar de tomate con torta de El Casar o la ensalada de langostinos rayados con vinagreta de aguacate y mango.

Una carta de vinos, de clásicos y no tan clásicos, muchos por copas, hace el resto. Como su variedad de cafés o esa tarta de chocolate crujiente sorprendentemente ligera que, dicen, es la más famosa de Lisboa.

Nos acomodamos, recibiendo el buen tiempo, en la terraza, aunque dentro el escenario es tan grande como acogedor. Dos plantas de lo que fuera un banco convertido en restaurante donde los detalles naturales se mezclan con estética industrial; tarros de cristal y color sobre estanterías, una gran barra de madera, velas, espejos, flores. Que si quieres comprar, por cierto, venden en ramilletes y macetas.

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