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Restaurantes

La Coloquial

No es un lugar nuevo, tampoco longevo. Dos años avalan el trabajo de Óscar Morata en este amable establecimiento de Padre Damián.

Amplio, luminoso y con un neón que anuncia su nombre. Es La Coloquial, un espacio que, sin demasiado ruido, se ha hecho un hueco entre las direcciones imprescindibles del buen comer. Entre sus paredes se entiende el comer como un acto cotidiano que, por supuesto, también se celebra cuando así apetece. Porque la suya es una cocina ambiciosa, tanto por técnica como por presentación, pero que llega, que es asequible en todos los sentidos. Eso sí, sólo hay alguien que puede firmarla y no es otro que el chef Óscar Morata.

Ocupa el número 21 de la madrileña calle Padre Damián. Es bonito, sin estridencias decorativas, un lugar tranquilo, al menos a la hora del almuerzo. Sin ruido pero no debido a la ausencia de clientela, que ocupa mesas y la barra, poco a poco. Y resulta perfecto desde el desayuno y hasta esa primera copa –que no quizá la última- de la noche.

Isabel Álvarez, propietaria de El Puchero, sabía que en éste su último restaurante podía innovar con la puesta en escena pero no asumir riesgos con el producto. En La Coloquial se permite otras licencias como apostar por un servicio más relajado, un horario más amplio y propuestas para probar, compartir y saborear de aquí y de allá.

El chef, Óscar, es escrupuloso con su trabajo. Sorprende, precisamente, una cocina de factura impecable en un marco, digamos, desenfadado. Llama la atención y engancha. Él hace gala de una absoluta coherencia al tratar el producto, no arriesga, se mueve sobre seguro. Son platos como las croquetas a base de leche de oveja del País Vasco y buey; el pollo de corral para comer con los dedos y rebozado con kikos y cereales; la lasaña con morcilla o su afamada, por derecho propio, ensaladilla rusa.

¿Más? También el hummus con berenjena crujiente y miel de trufa, la oreja a la plancha con salsa brava o el cochifrito con puré de limón. Los pescados tampoco se le resisten: merluza de pincho, lubina salvaje del Cantábrico, por citar algunos.

Y eso sin superar los 30 euros, si se presta atención a las bebidas.

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